Seguramente sea el poeta suicida más joven de toda la historia de la literatura, pero a mí me interesa como pose, como actitud, como deambulador por un mundo que despreciaba y que le sujetaba envuelto en vientos futiles a una vida que no consideraba excesivamente sublime. Pero los que algo leemos ya sabemos que no hay mejor sublimación de la muerte que el suicidio y Thomas Chatterton se quitó la vida a los 18 años con arsénico, después de darse cuenta de que la adolescencia o la primera juventud es lo más difícil de pasar en esta vida, pues el adolescente se está constantemente preguntando, doliéndose, ejecutándose entre los mecanismos de la inseguridad, de la timidez, del mal de amor, de los complejos, de la rebeldía. El joven adolescente debe ser siempre rebelde, pues, si se adocena en la clase social en la que habita, está perdido para siempre, pues sólo desde la revolución uno se encuentra a sí mismo, porque lo maldito no viene así, de sopetón,  como un petróleo en el mar, sino como una frecuentación y como una fabricación que suele acabar fracasando. Y he ahí esta profunda contradicción. Si lo joven es pura eliminación de retazos de la vida real, en donde se va desflorando no sólo la mortaja del tiempo, cuando todos sabemos que el tiempo entendido como tal nunca es, sino que atraca cual caballo de Troya en los amores invisibles entre Paris y Helena, dicha moribundia acostumbra a triscar en todo lo que hesita, todo eso que, inevitablemente, desdobla al duendecillo, en definitiva, lo que finalmente se diluye en las más abolido vacío. El vacío es todo aquello que, diluido en el no-ser, se engrandece cual universo baldío en toda expropiación de la identidad humana. El adolescente rebelde vivirá más mundo que el modoso, el cursi, el inteligente, el ropas, el marisabidillo, el familiar, el amalgamado. La juventud es rebeldía y por tanto esfuerzo, coraje, excesos y romanticismos. Si uno, de joven no vive románticamente el mundo, sólo podrá hacerlo cuando ya no sea posible, pues lo romántico es oscuridad de juvenalia, de belleza convulsa y de avatares de los días que nunca se sabe si habrá nieve o un viaje a Cuba o a Cotiledonia, donde el amor es una forma de vivir y de soportar el hambre, la miseria, la represión, la desconfianza en el progreso, hallando con ello, casi irremediablemente, el hartazgo de toda materia industrializada, de toda modernidad ya en principio extenuada, de toda impureza de lo que quizá debió ser mágico y extraño, bello en sí en una belleza incomprensible, búsqueda de uno mismo donde uno nunca está, pues toda búsqueda de la identidad es un ejercicio de desolación e infantilismo.

“Pero los que algo leemos ya sabemos que no hay mejor sublimación de la muerte que el suicidio y Thomas Chatterton se quitó la vida a los 18 años con arsénico, después de darse cuenta de que la adolescencia o la primera juventud es lo más difícil de pasar en esta vida”

Por tanto, como digo, lo joven es actitud no fijada, comunicación en silencio, extravagancia anonadada que suele ir a parar a la pérdida de los seis sentidos que habitan en cualquier alma atormentada y levantisca, papagayo y tornasolada peonza. El joven tiene como meta únicamente ir dando vueltas sobre sí mismo hasta que llega un momento en que o se detiene en la esencia de lo sagradamente imperfecto o, sencillamente, sale disparado hacia un lugar donde nadie nunca jamás ha estado, con lo cual periodísticamente relatado desaparece en este inconfundible accidente de las conciencias absurdas que es la vida. Vivir siendo joven, por tanto, no es vivir, sino ir existiendo geografiando una propia y personal vida. No es lo mismo vivir que existir. Vivir es verbo vulgar, mientras que existir ya transita lo trascendental o el más allá de lo mecánicamente vivo. El joven insatisfecho -lo tengo comprobado- siempre está leyendo -normalmente sentado en la azotea de los edificios de grotesca arquitectura- aquel libro de Salinger que mató a Lennon, El guardián entre en centeno.

Thomas Chatterton pertenece a este tipo de juventud que he descrito, pues residía entre la pobreza, en la contranación de sí mismo, siempre hermostática o en ese intenso orgullo que no es otra cosa que ponerse siempre a la defensiva contra la crueldad de esa burlería que dejan los navíos de las fábulas como estela, la cual, cínicamente, gota a gota, asciende a los cielos para nunca más regresar. Por eso es fácil de entender que Chatterton no deseara ayuda de nadie, dado que quería valerse por sí mismo, profiriendo un profundo conocimiento de las cosas, de la cultura de la vida o de la vida de la cultura. Para tener más vida hay que profundizar en el mundo. Sin mundo, la existencia se vuelve ojerosa, fácil, roma, perjudicial para el alma. El alma del joven nunca debe estar en reposo, pues la soledad es el peor enemigo de la juventud. Para ello Chatterton leyó todo libro que se asomara por el balcón. Lo joven siempre es un balcón desde donde observar un horizonte completamente hermético. Asistió al siglo XVIII como un niño harapiento que escribía en pergamino con letra gótica para luego explicar que esos escritos no eran suyos, que los había encontrado en una iglesia. Chatterton intenta escapar de la miseria, como luego haría Dickens con su Copperfield, es decir, haciendo uso de una Bildungsroman en esa errática impaciencia que con que se asume toda heroicidad. Como joven poeta, Thomas Rowley, que así a los once años se tatuó el primer heterónimo después de escribir la égloga Eleonure y Juga, intentando forjar el monje mediaval de sus primeras escrituras, empezó a entablar amistad con afamados escritores y con bolsones de monedas. Así conoció a Horace Walpole. Nos encontramos en Chatterton con la avanzadilla de lo que luego sería Rimbaud, a la búsqueda de su mecenas, es decir, como en el caso del niño de Charleville, de su propio Verlaine. Chatterton también fue admirado, pese a su juventud o gracias a ella, por valiosos bienpensantes de la época, como Malone, el doctor Johnson, el mismo Walpole y otros. Chatterton salió mentiroso y embaucador, pues, cuando escribió en pergamino la égloga ya citada Eleonure y Juga, después adujo que se debía el escrito a un autor del siglo XV, al otro, a alguien que fuera nadie o todo, y he ahí donde, como explico, surge Thomas Rowley. El joven Chatterton fabulaba como niño que era, aunque maduro en su sabiduría y su extraordinaria habilidad para copiar manuscritos y para componer poemas propios y no sólo de monjes calvos y mediavalescos. Chatterton ya olía a arsénico.

“Asistió al siglo XVIII como un niño harapiento que escribía en pergamino con letra gótica para luego explicar que esos escritos no eran suyos, que los había encontrado en una iglesia”

Thomas Chatterton nació en Bristol. Su padre, aparte de aficionado al ocultismo, ser maestro de escuela, ante todo y con vocación llena de bocinas fue sochantre en la catedral de dicha ciudad. Murió antes de que naciera Thomas, quien pronto, quizá porque el tío que lo acogió y lo crió fuera un sacristán herniado y heraldo de la vulgaridad, ya se forjó en la infancia su artificial leyenda de héroe insoportable que no era -según lo he estudiado yo- otra cosa sino el  anuncio de un carácter imprevisible y lesionado, ese carácter que a todas todas -y es repetición en todo niño terrible- siempre procura ser el guardián de todos los centenos del mundo, de su pequeño mundo imposible e irrealizable. Expulsado del colegio, mendigo de las calles, con un cociente intelectual que alcanzaba los 170 puntos -el superdotado suele superdotar el taladramiento de la soledad-, pronto quedó fascinado por los manuscritos que encontró en los viejos arcones de la iglesia en la que daba la cháchara su tío Richard Phillips, con lo cual a gran velocidad -la velocidad del niño en su lentitud de universo colosal- adquirió una curiosidad que arribó hasta la obsesión por el tiempo y el espacio de la Edad Media.

Según nos cuenta su hermana, a los ocho años se pasaba leyendo día, tarde, noche y resopón, fuera lo que fuera y sobre las más diversos temas que no cualquier muchachillo con hambre comienza a deletrear como una manera de engordar intelectualmente, bien libros sobre heráldica, sobre astronomía, medicina, música y así hasta los papeles que encontraba por los mercados de su ciudad natal en los que hubiera unas letras, unos números, unos tachones matemáticos, ese lenguaje vulgar y con olor a pescado o a vino que para la gente normal es desecho o barullo, pero para el jovencito Chatterton ya eran los olores escritos en esa primera sinestesia que es la pobreza de las plazas con frío, sudor o escarcha. El joven Thomas en el fondo -siempre hay un fondo abajo o arriba de todo destino- lo que buscaba era la pronta fama para salir de esa orfandad económica que había dejado su padre al morir, porque los sochantres de las catedrales siempre acostumbran a morir dejando todas las monedas en el limosnero o en ese absurda piscinilla de las aguas benditas

El jovencito Thomas no soportaba pasar hambre, y esa infelicidad le produjo una infausta tristeza que nunca abandona al que empieza a empezar y enseguida se da cuenta que lo que le está ocurriendo es que está acabando de acabar. Se suicidó por la tarde, mientras por el suelo se encontraron hojas sueltas rotas de pergamino donde tenía anotados algunos de sus últimos poemas. Chatterton en seguida alcanzó la concesión de mito y de mito pasó a ser referente de todos los jóvenes románticos que se miraban en el espejo Chatterton y se sentían igual de chattertianos que él. Londres y una buhardilla fueron el escenario de un cadáver blanquecino que luego pintaría Henry Wallis. Alfred de Vigny realizó un drama sobre su vida y muerte.  Y Leoncavallo lo tenorizó en una ópera. El mito Chatterton fue mito por su muerte temprana, pues es consecuencia estudiada e historiografiada que el que no concede como ofrenda al mundo una muerte joven comete la ofensa de envejecer ya sin ninguna historia que contar y por la tanto sin que la Historia, esa gran puta digna y rotulante, cuente con él. Cuando uno se propone tener éxito y no lo consigue en grandes prisas corre el riesgo en que se situó Chatterton, quien deseaba enriquecerse con la escritura y, al ver que no lo conseguía, al darse cuenta que su misma familia nunca saldría de aquel espacio misérrimo se suicidó en la tarde londinense del Londres más atardecido.

“El jovencito Thomas no soportaba pasar hambre, y esa infelicidad le produjo una infausta tristeza que nunca abandona al que empieza a empezar y enseguida se da cuenta que lo que le está ocurriendo es que está acabando de acabar”

Como suele ocurrir ante las biografías tentadoras y atentadoras, en seguida los eruditos le aplicaron el sistema de depuración de todas sus falsedades, heterónimos, jugadas al azar para llamar la atención y estar en la boca de los ilustrados. Chatterton a su corta edad ya cabalizó su pequeña fama, quizá no la suficiente, pues el joven siempre quiere más de lo que realmente desea. De este modo el deseo del adolescente se manifiesta prontamente en fracaso cuando observa con claridad esa claraboya de su interior que toda su heroicidad, todo su malditismo, no sirven para nada, sólo para el juego del tócame Rita, de la rayuela o del beso, atrevimiento y verdad. ¿Quién realmente posee la realidad consanguínea de toda ley de cualquier literatura, de cualquier forma de creatividad, de eso que a veces equivocadamente se denomina la gran cultura? Mi respuesta es que todo depende del cruel, vivaz o esquizofrénico eufemismo. La literatura no es de nadie, así que no es de obrar derecho creerse con el monopolio del pensamiento, del enciclopedismo, de los diccionarios alfabetizados o de una presunta intelectualidad mongoloide, sobre todo en lo que tiene que ver con lo creado de la nada, de lo blanco o de lo oscuro, con lenguaje normativo o con lenguaje anormativo. Nadie, que no viva ingresado en un sanatorio para enfermos mentales, puede calibrar ni juzgar ningún estilo, informarnos esa diferencia que algunos piensan que existe entre calidad y cantidad estética, poseer la verdad rígida y paleta al mismo tiempo de lo epocal, de las generaciones, de los estilos como plazas de verbenas, en definitiva, ni siquiera de una sola palabra que alguien a lo mejor nunca escribió. La literatura sólo es un ejercicio lunático, lunar y de plenilunio. Todo lo demás, depende de cómo al alba se levanten los que leen, los que abren libros recientes o tan viejos como la propia vejez que el mundo siempre impone. La literatura, pues, sólo es un desayuno con diamantes o con sonidos de un coro universal dirigido casi siempre por las manos del eterno sochantre de las catedrales, las cuales o ascienden hacia los cielos o, por el contrario, según cualquier otra observación, desciendien hacia el Hades.

Chatterton se fue -y eso nunca lo sabremos- creyendo que toda juventud es para siempre o, por el contrario, se quitó la vida por simple curiosidad, en el spleen de una tarde de invierno, jugando al juego de dejar de jugar, un 24 de agosto de 1770, en Londres, en una buhardilla, bruñido por su propia lava o por sus inquietas transparencias, con todos los poemas rotos. Cuando un poema se rompe, a lo mejor es mejor abandonarlo en el suelo de los mercados de las plazas de todas las ciudades o simplemente evitar que formen parte de la eterna hojarasca de todos los otoños de los mundos. O mejor, dejarlos así, quietos en trozos para siempre, porque así es la vida y así siempre será la muerte.

 

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