Todo aficionado al fútbol atento a sus sensaciones ha experimentado alguna vez una muy concreta e inquietante: la anticipación de que su equipo se disponía a encajar un gol en cuestión de segundos. Cuando el desastre se confirma, una juguetona trampa retrospectiva transforma en su cerebro lo que había sentido como intuición en una profecía de corto alcance. Por supuesto, no se trata de los casos frecuentes en que el delantero rival encara la portería en solitario, y el chut letal es más que probable: el fenómeno es más sutil, y se da en esos intervalos en que se encadenan, por parte de nuestro equipo, un cúmulo de despropósitos en forma de opciones de despeje malogradas, de balones divididos a los que se llega tarde, de torpeza desesperante para hilvanar tres pases consecutivos que sirvieran para conjurar el peligro. Pero lo que de verdad perturba al aficionado es que, más tarde, ya no sabría decir si aquella certeza íntima de los instantes previos anticipaba lo inevitable o los acontecimientos, en realidad, pudieron haberse conducido de mil maneras distintas. ¿Estaban condenados nuestros defensas a seguir siendo burlados o el último de ellos pudo haberse impuesto en la misma línea de gol?

Algo parecido a estas fantasías sobre lo contingente y lo necesario en el fútbol se da en las mentes de muchos catalanes, si hacen memoria de la escalada de acontecimientos de septiembre y octubre de 2017: en ellos ha quedado la impronta de haber asistido a una sucesión de despropósitos desesperante, en aquellos momentos de perplejidad en que el nacionalismo barría todos y cada uno de los balones divididos que el Estado era incapaz de controlar. Tampoco aquí les resulta fácil decir si, a partir de un cierto momento, el clímax pretendido por el secesionismo era ya evitable, aunque sí que han aprendido a confiar en su intuición para calibrar el nivel real de la amenaza. ¿En qué momento nos hallamos ahora? ¿Qué les diría su intuición? Lo más probable es que noten que, en la fase actual del juego dentro del partido general, el balón se halla dividido en un centrocampismo que no parece llevar a ningún sitio pero que, como mínimo, mantiene la pelota alejada de su portería. La reacción de su equipo, encajado el gol del secesionismo, es cierto que no fue abrumadora, pero sí rápida y suficiente como para empatar y reiniciar el partido con un talante distinto. Alguien que entendía bien las dinámicas del juego dijo una vez que, tras marcar, todo equipo se convertía en vulnerable.

“La reacción de su equipo, encajado el gol del secesionismo, es cierto que no fue abrumadora, pero sí rápida y suficiente como para empatar y reiniciar el partido con un talante distinto”

En realidad, todas las incógnitas anteriores quedarían disueltas con atender a una noción elemental: lo que llamamos iniciativa, ya sea en fútbol o en política, no es solo una realidad reconocible que nos sirve para sacar la instantánea de la correlación de fuerzas en el desarrollo de un conflicto. Es, sobre todo, y en función de quien la tiene, un predictor fiable del comportamiento de los actores involucrados, de su desempeño inmediato, una vez que ellos mismos no pueden evitar interiorizar su posición de superioridad o de inferioridad respecto a su rival. La conciencia de no tener la iniciativa es, en realidad, esa invisible fuente de impotencia que tomamos por fatalidad si rememoramos el modo sistemático en que nuestros defensas han sido incapaces, uno tras otro, de llegar a tiempo al corte. Al contrario, al sentir que está logrando imponerse, el rival consigue el plus de energía necesario que le permite alargar su dinámica ganadora. Al nacionalismo, con la aplicación del 155, se le privó de la iniciativa, pero el constitucionalismo no la ganó por su parte. Tras el fulgurante empate, la deriva de la política general está propiciando, en realidad, una recuperación del aliento por los secesionistas, aunque también ha resquebrajado, de momento, su juego de conjunto del arranque del partido. Lo sustancial desde octubre de 2017, aun así, permanece: se juega en tierra de nadie, sin peligro, y sin que podamos anticipar el futuro inmediato.

¿Y qué lectura hace el secesionismo de esta cuestión, tan crucial, de la iniciativa política? Para responder será útil retroceder al período del dilatado clímax que significó ese octubre de hace casi año y medio. El día uno se convierte en mito contemporáneo al que el nacionalismo oficial recurrirá como nueva derrota taumatúrgica y, por tanto, como victoria moral y puesta a punto de su pasado imaginado para el 11 de septiembre de 1714. Sin embargo, tal día no aporta nada sustancial al análisis estratégico: la auténtica clave política la hallamos poco más tarde, con las intensas movilizaciones de la huelga convocada el día 3 de octubre, que se pueden comparar al momento exacto en que el tsunami llega a la costa y arrasa con lo que toca.

Recuperar para la calle el músculo de aquel 3 de octubre es, hoy, el mensaje y la obsesión de la parte inconmovible del secesionismo, una fracción mayoritariamente juvenil y antisistema que ha cristalizado en los últimos años y apuesta ahora por la acción unilateral como única vía para doblegar al Estado. Mientras el secesionismo oficialista lanza el mantra de la ampliación de la base social para un futuro que queda en el limbo, esa fracción radical reniega de una reedición del procés por parte de los profesionales de la política, más aún tras las cargas durante el Consejo de Ministros de Barcelona. También denuncia con frustración el carácter casi folclórico de las acciones emprendidas por el nacionalismo en el poder, volcadas a reivindicar la condición de presos políticos de quienes van a ser juzgados a partir de mañana: toda acción que no sirva para acercarnos a la República, en realidad no cuenta. Es una paradoja que, por un lado, los jóvenes de izquierda radical y sus propagandistas en medios digitales sean el actor político que hace el diagnóstico más coherente de lo que le ha ocurrido al secesionismo desde ese 3 de octubre –cénit y, a la vez, arranque de su rápido declive- y, sobre todo, de lo que necesita de modo imperioso: acciones que, a modo de engranaje, sirvan para acercarse de modo progresivo al frenesí y a la temperatura emocional de aquel día. Sin embargo, a pesar de ser los independentistas que mejor diagnostican el problema de la iniciativa, su condición radical les hace confundir lo necesario con lo suficiente: el fetiche creado alrededor de ese día les oculta en su análisis la facilidad con que el Estado revertió la situación; lo significativo que es que el apagón de la calle fuera tan inequívoco y descomunal; lo grotesco para el independentismo del hecho de que, en realidad, tres funcionarios bastaran para aplicar el 155; la solidez de la reacción en su contra que hallaron en las propias calles los días 8 y 29 de octubre.

“Los jóvenes radicales tienen, respecto a sus mayores acomodados en las instituciones catalanas y en sus sueldos estratosféricos, la virtud de intentar hacer análisis no condicionados por la defensa de unos privilegios materiales obvios”

Estos jóvenes radicales tienen, respecto a sus mayores acomodados en las instituciones catalanas y en sus sueldos estratosféricos, la virtud de intentar hacer análisis no condicionados por la defensa de unos privilegios materiales obvios. Son ingenuos en relación al papel milagroso que otorgan a la acción de la calle, pero apuntan el camino acertado mediante el cual el secesionismo puede volver a recuperar la iniciativa: la combinación de una nueva dinámica ascendente que aproveche el chispazo del inminente juicio. Habrá que recordar que hasta el partido más atascado en un centrocampismo inane puede mutar de improviso, gracias a una acción aislada, en un intercambio de golpes en que el más débil puede sacer provecho y convertirse en ganador. Si el Estado reacciona tarde y empieza a perder otra vez los balones divididos, no solo sumirá en el deja vu de la confusión a incontables catalanes. También encontrará enfrente una reacción más decidida que la que halló tras su primer empate.

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