España vive encerrada –ahora literalmente– en sus eternas contradicciones, y es un país de diván de psicólogo en el que hemos conseguido la proeza entre cuántica y ridícula de ser al mismo tiempo una cosa y la opuesta. La paradoja es nuestro estado natural, por eso el país es tan atractivo para el extranjero que nos visita y se empapa de nuestra ilógica diferencia. En la piel de toro que habitamos, gloriosos dirigentes comunistas se dan de tortas para sacar a Cristo en procesión, y los políticos que te confinan y reducen el aforo de nuestros locales acuden en masa y sin mascarilla a una fiesta VIP. El país de la eterna contradicción, como les digo. Somos los más solidarios (número uno en donaciones de órganos), y sin embargo tremendamente incívicos para tantas cosas, como esta pandemia está demostrando. Ser capaces de lo mejor y de lo peor es prenda del género humano, pero es que de un tiempo a esta parte los españoles somos demasiado humanos. Vivimos entre escándalos políticos y desconciertos organizativos tremendos y no pasa nada, porque al español, sobre los problemas, lo que realmente le gusta es hablar de ello en el bar. Despotrica y jura, pero al día siguiente pasa a otro tema sin pedir más explicaciones cuando otro nubarrón surca el horizonte y el tema anterior se aleja como eso, como una nube pasajera.

«… porque al español, sobre los problemas, lo que realmente le gusta es hablar de ello en el bar»

La peor enfermedad de nuestro sistema político es que nos hemos acostumbrado a que en su ámbito no funcione esa noción universal y justa de la causa/consecuencia, de la acción y su resultado. Por esta ruptura de lo que es justo, pueden ocurrir muchas calamidades sin que nadie dimita, puede haber cualquier cataclismo sin que haya un cambio de voto, podemos nadar en escándalos sin que cambiemos nuestra opinión. España no es país para la evidencia sino para la creencia, como está demostrado. Espero que entiendan que cuando escribo estas líneas, no estoy hablando de derechas o de izquierdas, de tal o cual partido, sino radiografiando nuestro ser y nuestra esencia como país. Si algo demuestra la historia reciente de España es que, por encima de si somos de derechas, de izquierdas, o muy centraditos, sobre todo somos españoles, y eso hace que nociones como el enchufismo, el nepotismo, la aleatoriedad o la imprevisión de las decisiones, el llegar tarde y mal a los problemas no sea el territorio de un partido sino seña constitutiva de lo que somos. La cuestión es aún más sangrante si nos paramos a pensar que algunos de los sujetos y partidos que por su comportamiento más parecen odiar la idea de España son, en sus defectos y comportamiento, profunda, abismalmente españoles. Tienen en su ser y biografía todo el catálogo de defectos que nos son propios.

Pero volvamos a lo de la causa y la consecuencia. Para regenerar este país, que en un tiempo de pandemia como el que vivimos se ha demostrado muy necesario, uno de los primeros hábitos que deberíamos restaurar es el de que los hechos, positivos o negativos, tengan una respuesta clara y efectiva. Y a ser posible rápida. Justicia en el pequeño detalle y la gran cuestión. En definitiva, retomar aquella expresión castiza –el refranero como saber popular infalible– de que el que la hace, la paga.  Escándalo y dimisión sería la primera causa- consecuencia que debería aplicarse, y también enchufe demostrado y rescisión del contrato. Que de verdad se castigue la inacción o el error con la inhabilitación del cargo.

«Escándalo y dimisión sería la primera causa- consecuencia que debería aplicarse, y también enchufe demostrado y rescisión del contrato»

No quisiera que esta doctrina de la causa y el efecto se quedara solamente en su vertiente negativa y justiciera, sino también en otra más luminosa: necesitamos un país en el que el esfuerzo encuentre su recompensa: si un joven se ha formado, debe poder encontrar un puesto de trabajo. Pasar de curso quien ha estudiado, quien realmente se ha esforzado. Eso de que se te siente a tu lado el compañero de clase que el año anterior no hizo nada derrota al alumno que hace lo correcto. La manipulación a la baja del sistema escolar, para que sea un trampolín de la mediocridad, es otro ejemplo de la ruptura de la causa/consecuencia.

Quitarnos ante Europa y el mundo el sambenito de país poco serio y medio improvisado nos había costado mucho. Este nuevo crédito ante el mundo que ahora se nos agota es mérito de buenos empresarios, de excelentes profesionales, de organizaciones sólidas y funcionarios hábiles. Entre todos habíamos obrado el milagro de que el exterior nos viera como un lugar feliz, limpio, ordenado y con una democracia de confianza. En estos últimos meses hemos hecho tan mal las cosas que estamos enterrando todo lo avanzado envueltos en una espiral de improvisación, contradicciones y sinsentidos. No volvamos a nuestros grandes defectos, no nos hagamos merecedores de esa definición tan dolorosa como expresiva de país de pandereta.

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