El próximo 30 de julio se conmemoran los 200 años del nacimiento de Emily Brontë —la autora de la célebre Cumbres Borrascosas que compartió, junto a sus hermanas Charlotte y Anne, una vida alejada de los cánones de la época y de total entrega a la escritura. Tal vez sea por eso que mencionar a cualquiera de estas tres grandes escritoras acabe siendo la antesala para hablar de las Brontë.

Basta con adentrarse en las páginas de Jane Eyre, Cumbres Borrascosas o Agnes Grey, para percibir esas atmósferas tan particulares, tan áridas y sombrías bajo las que se oprimen violentamente todos los anhelos de sus protagonistas. No es casualidad. Tal vez las hermanas Brontë vivieran en un páramo, rodeadas de naturaleza y hermosos lugares hacia los que dirigir y perder la vista pero, sin embargo, la percepción que tenían de su vida era la de tres pájaros que no podían desplegar las alas.

Todo ese fuego es una biografía novelada que transporta al lector a lo largo de una jornada —la del 16 de julio de 1846— en la rectoría de Haworth, una población del interior de Inglaterra donde el Reverendo Brontë ejercía como pastor. Ese 16 de julio es tan anodino como otro: empieza bien temprano con las tareas de la casa y acaba por la tarde con las tres hermanas reunidas en el salón y trabajando afanosamente en sus respectivas novelas. Mientras escriben, adormecen su conciencia de un mundo exterior que les da la espalda por ser mujeres, humildes, poco agraciadas y (además) obstinadas en escribir novela y poesía, algo reservado para los grandes hombres de su época:

«Durante un instante, (Charlotte) cerró los ojos y deseó que aquel momento durase eternamente, sin principio ni fin. Que la crueldad del tiempo imbatible se detuviese para ellas y les permitiera quedarse allí, olvidadas de la muerte, inclinadas sobre sus cuadernos baratos, con los ojos irritados del cansancio y el espíritu lleno de palabras. Si alguien le hubiese preguntado qué era el paraíso, hubiera dicho, simplemente: eso».

Ese 16 de julio de 1846, mientras ellas realizan sus tareas domésticas, rememoran las pérdidas tempranas de su madre y sus dos hermanas mayores, recuerdan en silencio sus amores frustrados y sobrellevan los vaivenes del único hermano varón que arruina su vida preso de la debilidad y la desidia. El lector las acompaña a lo largo de esas reflexiones que acaban conformando el sólido relato íntimo de sus vidas. Después de ese día sabremos de sus novelas publicadas bajo seudónimos de género ambiguo —y a espaldas del padre—, de sus éxitos apenas cosechados y del adiós demasiado prematuro de cada una de ellas.

Todo ese fuego, más allá de hacernos partícipes de la vida y del sentir de sus protagonistas, es una obra con personalidad propia gracias a una ambiciosa y cuidadísima apuesta estética. La autora consigue que algo aparentemente tan poco interesante como las tareas domésticas de una dama victoriana se convierta en toda una experiencia sensorial envolvente, casi pictórica, plagada de detalles:

«Estaban además los sonidos del propio interior de la casa. Sonidos comunes, llenos de esa melancolía que emana de las cosas sin importancia. Alguien deja caer la escoba sin darse cuenta al barrer el suelo de grandes losas de piedra. Una cama rechina mientras se sacuden las sábanas antes de estirarlas de nuevo. En la cocina, un tenedor rebota en un plato al ser colocado en la pila. Y Tabby gruñe en voz muy baja una maldición (…) al volver a quemarse las manos de piel endurecida cuando abre el horno para meter el pan del día».

Una experiencia sensorial que no se limita al momento presente de la narración y que también se inmiscuye en los recuerdos y pensamientos de todos aquellos en cuya mente el lector tiene el privilegio de adentrarse. Esto se produce gracias a un narrador en tercera persona con la suficiente pericia para ir desplazando el punto de vista sin que la narración se resienta; de ese modo vamos de Charlotte a Anne; de ésta a Maria, la madre difunta a la que recuerda en ese instante y después a Emily y a Charlotte de nuevo, reforzándose de ese modo el carácter envolvente de la obra así como la idea de que la familia Brontë pivotaba alrededor de una especie de conciencia común, un todo que incluía la casa, los páramos e incluso el cielo sobre sus cabezas:

«Ellos y el paisaje y la casa componían una unidad. Y cuando faltaba una pieza de ese conjunto, cuando uno de ellos se alejaba de los demás llevado por la necesidad, el resto se resquebrajaba».

Todo ese fuego consigue que el concepto de las Brontë adquiera toda su merecida complejidad. Ya no es una entidad gris e indefinida, colmada de intelectualidad y de rareza; cada hermana desvela su personalidad ante un lector que, gracias al rigor y mimo de Ángeles Caso, puede identificarlas mediante términos que suelen reservarse al ámbito familiar: Charlotte la desorientada, Emily la tímida, Anne la dormilona. Pero también: la segura Anne, la apasionada Emily, la tenaz Charlotte. Y tras ese breve e intenso momento de comunión, cualquiera de las obras de estas escritoras geniales adquiere aún más consistencia, y palabras como las que Jane Eyre le dirige a un estupefacto Rochester, alcanzan todo su esplendor:

«¿Cree usted que porque soy pobre, oscura, simple e insignificante no tengo alma ni corazón? Tengo tanta alma y tanto corazón como usted, y si Dios me hubiera dado belleza y dinero le costaría tanto separarse de mí como a mí de usted. Y no estoy hablando del cuerpo mortal, es mi alma la que se dirige a su alma, como si estuviéramos más allá de la tumba iguales ante Dios, tal y como somos»

Porque detrás de esas palabras está Charlotte Brontë verbalizando su propia frustración, la de sus hermanas y la de tantas mujeres relegadas a una vida sin alientos; con esas palabras nos muestra sin reservas todo ese fuego que alberga en su pecho y que no tiene ningún otro modo de ser expresado.

Feliz día de la mujer.

Todo ese fuego
Ángeles Caso
Planeta, 2015
256 páginas

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