Los espectáculos del circo, al igual que los que se realizaban en el anfiteatro o en el teatro, tuvieron un papel muy importante dentro del ocio en la Antigua Roma. Era tal su importancia que, durante los días destinados a su celebración, se suspendían las actividades profesionales, comerciales y públicas, facilitando de esta forma la asistencia de la población a los actos. Se convirtieron, a lo largo del Imperio, sobre todo, en un fenómeno político y social de gran magnitud, debido a que el Estado o los diversos magistrados provinciales los organizaban de forma gratuita, sin coste para el espectador. Por ello, la población los consideraba un derecho, por lo que continuamente reclamaban su celebración. De todos ellos, los más destacados fueron las luchas de los gladiadores y las carreras de carros y caballos, de las que hablaremos a lo largo de estas líneas.

“Era tal su importancia que, durante los días destinados a su celebración, se suspendían las actividades profesionales, comerciales y públicas, facilitando de esta forma la asistencia de la población a los actos”

Las carreras de carros y caballos se celebraban en los edificios conocidos como circos. El primer edificio de estas características que se levantó en Roma fue el llamado Circo Máximo, cuyo precedente se encontraba en los primitivos graderíos de madera que se construyeron en el valle Murcia, situado entre los montes Palatino y Aventino, y donde se celebraron las primeras carreras. Con el paso del tiempo, el primer edificio fue sufriendo diversas modificaciones, aumentando su graderío y convirtiéndose en una obra monumental. El modelo del Circo Máximo acabó influyendo directamente en los edificios circenses de las provincias, que trataban de imitarlo, pero a menor escala.

Los circos contaban con la misma estructura en todos los casos, ya que se dividían en muy pocas partes que se repetían: la cavea o graderío, la arena (compuesta de tierra batida) y la barrera central o spina. El graderío, que proporcionaba asiento a los espectadores, tenia unas dimensiones y un diseño variables, ya que dependían del aforo que se pudiese alcanzar durante la celebración del espectáculo. En el caso de la arena, su tamaño estaba determinado por la anchura de las doce cuadrigas que podían participar en una carrera, alcanzando siempre como mínimo unos 33 metros. En cambio, la longitud era diferente, variando en cada edificio. En cuanto a la spina o barrera central, era la parte más monumentalizada, simbólica y propagandística del circo. En ella se desarrollaba todo un complejo aparato decorativo compuesto por templetes, altares y obeliscos junto a los huevos y delfines que servían para contar las siete vueltas que duraba cada carrera. Asimismo, en ambos extremos de la spina se encontraban las metae, de forma semicircular, que permitían el adecuado giro de los carros. Junto a todas estas partes del edificio, se encontraban las doce carceres (puertas de salida), localizadas a ambos lados de la puerta monumental de ingreso. En el otro extremo de esta, se encontraba la llamada Porta Libitinaria, puerta por la que salían los carros que habían perdido la carrera.

Estado actual de las ruinas arqueológicas del Circo de Toledo. Fotografía de la autora

Aunque estos edificios mantuvieron la composición descrita previamente, sus elementos fueron evolucionando, por lo que se convirtieron en la mejor manera de datar cuando se construyeron. Se considera que los circos que contaban con barreras centrales muy anchas y monumentales eran los mas antiguos, mientras que los más modernos contaban con unas barreras más estrechas. Asimismo, la variación de las longitudes de sus pistas permitía establecer dos categorías entre los circos del mundo romano, relacionando la longitud de la pista con el tamaño del graderío. En primer lugar, estaban los circos largos, llamados así porque sus arenas eran superiores a los 400 metros, contando con unos graderíos más amplios. En oposición a éstos, se encontraban los circos cortos, debido a que su arena apenas alcanzaba los 300 metros, por lo que admitían menos espectadores. Por tanto, los diversos elementos constructivos que formaban parte del circo nos permiten saber dos cosas: la fecha de su construcción y el número de espectadores que eran capaces de albergar en relación al tamaño de su pista.

“Los circos, especialmente los de las ciudades más importantes, se encontraban muy decorados, sobre todo en su cabecera (oppidum) y en el eje central de la spina”

Los circos, especialmente los de las ciudades más importantes, se encontraban muy decorados, sobre todo en su cabecera (oppidum) y en el eje central de la spina. La decoración de esta última es conocida gracias a la representación de circos dentro de los mosaicos y a la descripción de los textos clásicos, nuestras dos principales fuentes actuales, puesto que no se han podido documentar arqueológicamente. Sin embargo, gracias a las imágenes musivarias y a los textos, sabemos que la spina contaba con altares, esculturas, huevos y delfines, formando parte de su decoración y transmitiendo una serie de complejas ideas simbólicas.

 

Obelisco de San Giovanni in Laterano que formaba parte de la decoración de la spina del Circo Máximo. Fotografía de la autora.

Dentro de estas ideas, se consideraba que el circo era la plasmación material de una completa e interesante concepción cósmica. Para explicar esta doctrina, cada elemento perteneciente al circo contaba con su significado, de tal forma que, por ejemplo, las doce carceres representaban los doce signos del zodíaco, los doce dioses olímpicos y los doce meses del año. Las siete gradas que componían habitualmente el graderío y las siete vueltas de cada carrera se relacionaban con los siete planetas y los siete días de la semana, mientras que los cuatro equipos que competían (de los que hablaremos a continuación) representaban con sus colores a las estaciones. Igualmente, se consideraba que la arena era la imagen de la tierra, el euripo (el centro de la spina decorada) el mar, el obelisco central como la cima del cielo y las metae los límites de Oriente y Occidente. Todo este universo en miniatura que veían los romanos en el circo estaba presidido por Némesis, la diosa dueña del orden de las cosas y del destino de los hombres.

“El circo era la plasmación material de una completa e interesante concepción cósmica. Para explicar esta doctrina, cada elemento perteneciente al circo contaba con su significado”

Una vez conocido cómo era el edificio, nos queda saber cómo eran los espectáculos que allí se celebraban. Recibían el nombre de ludi circenses y consistían sobre todo en carreras de caballos o de carro, acompañados de espectáculos de tipo acrobático o atlético durante los intermedios. Estas carreras tuvieron también un profundo significado religioso, por lo que no se limitaban únicamente a entretener a los espectadores. Ello se debía a que, antes de dar comienzo con las carreras como tal, se realizaba una procesión religiosa, llamada pompa circense, que en Roma partía del Capitolio y en las ciudades de las provincias de algún templo y que terminaba en la arena del edificio. El cortejo, en el que desfilaban los aurigas y los magistrados que organizaban los juegos, estaba acompañado por músicos, bailarines e incluso carros con las estatuas de dioses, que eran invitados a presidir y presenciar el espectáculo en el pulvinar, la tribuna de honor para el emperador o los altos cargos de la ciudad. Precisamente, era este cortejo lo que daba significado religioso al espectáculo, junto con el profundo significado cosmogónico que se le otorgaba al circo a través de todos sus elementos.

“Los accidentes estaban a la orden del día y la violencia marcaba el desarrollo del espectáculo. Como en la mayoría de los espectáculos del mundo romano, la violencia y la sangre eran elementos comunes, lo que atraía al público”

Cuando aparecía el patrocinador del espectáculo (es decir, quien había pagado los juegos), se consideraba que éste había dado comienzo. Recibía el agradecimiento del público, por haber pagado las carreras de ese día, y daba la señal de inicio arrojando un pañuelo blanco (llamado mappa) a la arena. A continuación, salían los carros, representados por el color que portaba su auriga, para dar siete vueltas a la spina (en una distancia de unos 8200 metros, aproximadamente) hasta que uno de ellos se alzase con la victoria. Al auriga vencedor se le entregaba una corona de laurel y una palma, que mostraba al público cuando daba la vuelta triunfal al circo, además de una bolsa de dinero. Aunque nos pueda parecer una prueba fácil, no lo era. Los accidentes estaban a la orden del día y la violencia marcaba el desarrollo del espectáculo: los conductores se agredían entre ellos, había empujones con la intención de desestabilizar los carros, las ruedas de algunos de estos llevaban pinchos para herir a los caballos del auriga contrario…Como en la mayoría de los espectáculos del mundo romano, la violencia y la sangre eran elementos comunes, lo que atraía al público.

 

Detalle del Mosaico de los Aurigas Victoriosos. Museo Nacional de Arte Romano. Fotografía de la autora.

 

Muchos aurigas y caballos adquirieron gran fama, convirtiéndose en verdaderas “estrellas” para el público, que apoyaba con verdadero fanatismo. Por ello, se conocen a día de hoy muchos de sus nombres, especialmente gracias a los relieves funerarios donde a los aurigas les gustaba dejar constancia de su palmarés para mostrar sus éxitos. Los aurigas se convertían en héroes que hacían ganar y ganaban grandes sumas de dinero y honores a las cuadras y los colores por los que competían, lo que les hacía merecedores de esta alta estima por parte de sus seguidores. Sin embargo, no solo conocemos los nombres de estos hombres, sino que también nos han llegado los de muchos caballos que asombraron a los romanos con su velocidad y su valentía:

“Yo, el famoso Marcial, conocido por las gentes por mis versos de once pies y por mi mucho salero, no soy más conocido que el caballo Andremón.” 

Marcial, Epigramas, X, 9.

La mayor parte de los aurigas eran de origen esclavo, aunque en los orígenes de este espectáculo, los carros eran conducidos por sus propios dueños. Sin embargo, comenzó a considerarse una profesión poco digna, por lo que acabó dejándose en manos de esclavos, como ocurrió con los gladiadores. Habitualmente procedían de la provincia donde competían, o incluso, podían ser propiedad del patrocinador de los juegos, con lo que éste abarataba el coste de su organización ya que era uno de los espectáculos más caros del mundo romano. Donde se gastaba más dinero era en la contratación de los caballos, ya que su precio era bastante elevado. Comprar un buen caballo podía ser casi igual de caro que organizar estos espectáculos y se debe tener en cuenta que en un solo día de carreras participaban casi un centenar de estos animales, por lo que comprar esta cifra era impensable. Por ello, lo más habitual era alquilarlos por un día a las distintas cuadras que adiestraban para el espectáculo a los caballos, permitiendo destinar otras cantidades de dinero a diferentes partes de los juegos. Sin embargo, en el caso de que hubiese accidentes o lesiones se pagaba al propietario de los caballos su valor, lo que aseguraba que no perdiesen la inversión que hicieron al criarlos.

“Donde se gastaba más dinero era en la contratación de los caballos, ya que su precio era bastante elevado. Comprar un buen caballo podía ser casi igual de caro que organizar estos espectáculos y se debe tener en cuenta que en un solo día de carreras participaban casi un centenar de estos animales”

Los carros estaban tirados habitualmente por dos caballos (bigae), tres (trigae) o cuatro (cuadrigae), siendo más difícil encontrarlos compuestos por 6, 8 o 10 animales (deceminges). El mejor caballo, cuya elección era crucial para el desarrollo de la carrera, se enganchaba siempre en la parte izquierda del carro, ya que ayudaba a facilitar el giro de la spina, considerado uno de los momentos más peligrosos de la carrera. En cambio, para los laterales del carro se escogía a los caballos mas veteranos y veloces, mientras que los que quedaban sujetos al timón eran los menos experimentados.

 

Relieve con aclamación de un auriga victorioso en el circo. Museo Nazionale Romano (sede del Palazzo Massimo). Fotografía de la autora.

En las carreras, los aurigas aparecían representados por un determinado color, que podemos comparar con los de las cuadras actuales. Cada color era apoyado por sus seguidores, llegándose a suscitar verdaderas pasiones y enfrentamientos con los rivales, además de apostarse enormes cantidades de dinero a su favor. Durante la República, solo corrieron los colores blanco (albata) y rojo (russata) pero ya durante el Imperio se añadieron el verde (parasina) y el azul (veneta). Domiciano intentó añadir las facciones púrpura y áurea, pero no tuvieron éxito y a su muerte se retiraron. Sin embargo, a finales del siglo III d.C., los rojos fueron absorbidos por los verdes y los blancos por los azules, lo que aumentó su poder e influencia, además de su rivalidad. Cada uno de estos colores podía intervenir en las carreras con una o más cuadrigas, lo que multiplicaba sus posibilidades de éxito, ya que no existía una reglamentación restrictiva al respecto. En cuanto a los tipos de partidarios que tenía cada color, sabemos que la aristocracia y la clase pudiente solía ser partidaria de los azules, mientras que la plebe lo fuera de los verdes. Sin embargo, algunos emperadores calificados de “populistas”, como Calígula, Nerón o Cómodo, también apoyaban a los verdes. Ello se debía a la gran desconfianza que sentían por la aristocracia y, en parte, para ganarse la aprobación y el amor incondicional de la plebe. El mejor ejemplo es Vitelio, partidario de los azules que, cuando obtuvo el trono, volvió todo su apoyo hacia los verdes, en un intento de acercarse al pueblo.

«Al principio sólo había dos colores, el blanco y el rojo: el blanco estaba dedicado al invierno, por el recuerdo del candor de la nieve; el rojo al verano, porque recordaba el fulgor del sol; la cosa con el tiempo tomo otro desarrollo, la superstición llevó a que algunos dijeran que el rojo era el color de Marte, el blanco lo consagraron a los Céfiros; a la Madre Tierra dedicaron un color entre verde y amarillo y por tanto a la primavera; al cielo, al mar y al otoño dieron el azul»

Tertuliano, De Spectaculis, 9,5.

Mosaico con aurigas del circo, identificados por los diferentes colores. Museo Nazionale Romano (sede del Palazzo Massimo). Fotografía de la autora

Ya hemos mencionado como se incluían otros espectáculos menores durante los intermedios. Oscilaban desde las competiciones de atletismo (especialmente cuando la ciudad no contaba con un estadio, algo muy habitual en las provincias occidentales del Imperio) hasta las exhibiciones de jinetes (desultores), que mostraban sus habilidades con los caballos, saltando de uno a otro mientras los animales corrían a gran velocidad. Sin embargo, estos entretenimientos no suscitaron la misma pasión que las carreras.

Contrariamente a lo que se piensa en la actualidad, los juegos gladiatorios no eran los más populares entre los romanos, quienes preferían las carreras del circo. Fueron, asimismo, los que más tiempo perduraron: en el 549 d.C. el rey ostrogodo Totila aún pudo presenciar las carreras celebradas en el Circo Máximo. Pese a su gran popularidad y longevidad, lo cierto es que a partir de este momento desaparecieron de la historia, aunque gracias a las investigaciones actuales hemos podido volver a conocer cómo eran los espectáculos favoritos de los romanos.

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Lucía Avial-Chicharro
Licenciada en Historia y Máster de Arqueología del Mediterráneo en la Antigüedad Clásica (UCM) y actualmente, doctoranda del programa de Historia y Arqueología (UCM). Autora de varias publicaciones en revistas y Actas, además de ponente en diversos seminarios y jornadas. Asimismo, es autora de "Breve Historia de la Vida Cotidiana en el Imperio Romano" y de "Breve Historia de la Mitología de Roma y Etruria" (Editorial Nowtilus). Ha participado en diversas campañas arqueológicas como en la de Hala Sultán Tekke (Lárnaca, Chipre) formando parte de la New Swedish Cyprus Expedition, o la del Castillo de la Estrella (Montiel), entre otras.

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