Vivimos malos tiempos para los carnívoros. Para los que disfrutamos con un solomillo poco hecho. Y, si sangra, mejor. Sin salsa de pimienta, claro, que le quita el sabor a músculo proteínico.

Vivimos malos tiempos para los carnívoros, que a veces nos sentimos malas personas, pecadores de la pradera, seres infernales, diabólicos, demoníacos, porque no somos capaces de hacer nuestro el sufrimiento animal.

Vivimos malos tiempos para los carnívoros, que empezamos a enfrentarnos con vertiginosa frecuencia a menús rebosantes de tofu, cous-cous, berenjenas con tomate y huevos poché. Platos todos ellos apetecibles como el que más. Pero es que no es lo mismo.

Malos tiempos para los carnívoros, que ayudamos a mantener una industria vista por muchos como el mismísimo Lucifer. Una industria que, según Igualdad Animal, mata a “más de 28 millones de cerdos, 2,5 millones de vacas (explotadas tanto por su leche como por su carne) y 700 millones de aves, además de incontables peces y otros animales no humanos que mueren cada año solo en España para acabar siendo ‘comidos’ por nosotros.” Ahí es nada. Debajo de este párrafo, la foto de un corderito blanco, como Copito de Nieve. Joder. Eso es jugar sucio.

Que pongan una panga. O un salmón. O un langostino del Mar Menor. Que ese pobre bicho marino también habrá sufrido lo suyo ahí, en un cubo a la intemperie, asfixiándose poco a poco mientras sus compañeros de destino le dan con las patas en la cara.

«Vivimos malos tiempos para los carnívoros, que nos agolpamos en reductos con olor a parrilla para dar rienda suelta a nuestra desfachatez»

Vivimos malos tiempos para los carnívoros, que nos agolpamos en reductos con olor a parrilla para dar rienda suelta a nuestra desfachatez. En el 72 de la calle 36, en la ciudad de Nueva York, con una entrada demasiado pequeña para la grandiosidad de lo que tras ella se sucede, está uno de los templos sagrados de la carne en Manhattan. Allí donde se insertan incisivos y se cortan nervios sin temor a represalias, con la paz del alcohólico anónimo que sabe que no va a ser juzgado.

Es el Keens Chophouse. Un local centenario, con camareros luciendo pajarita, suelos y techos de maderas nobles, colores granates y caobas, manteles de hilo fino y sonidos de chupar dedos. Paredes engalanadas con fotografías antiguas, símbolos de la grandiosidad americana, viñetas de periódicos del siglo XVIII y autógrafos de personalidades que frecuentan el local.

En uno de los cuadros que visten las paredes, una antigua viñeta satírica muestra a nuestro rey Fernando VII caracterizado como una mula española, y al Duque de Angulema como un asno francés. La mula le pide a su primo el asno que le ayude a “deshacerse de esos lazos constitucionales que me impiden colgar, disparar y torturar a gente como solía hacer antes”.

Es curioso que me hayan acomodado precisamente al lado de esta viñeta, con el peor rey que ha tenido España mirando con cara de cordero mula degollada mi filet mignon.

Hagamos aquí un inciso historiográfico: corría el año 1822 cuando Fernando VII se harta del gobierno liberal español y pide ayuda Rusia, Prusia, Austria, Francia e Inglaterra para reinstaurar el absolutismo. Y parecía tonto cuando lo compramos. El conocido como ‘el Deseado’, que había venido a empoderar a la monarquía constitucional y a respetar a ‘la Pepa’, era más de mandar por sus santos testículos reales.

Así que en enero de 1823, todos los aliados europeos –excepto Inglaterra, que ya sabemos que es más de ir forever alone– enviaron una carta al gobierno liberal español pidiéndole un cambio de orientación. ¡Enviaron una carta! ¿Se puede ser más cuqui? Para que luego no se diga que, antes de invadir y ponerse a pegar tiros y tal, las cosas se piden por favor. Me imagino a Isabel Gemio tocando al fonoportal de Evaristo Fernández de San Miguel y Valledor con un sobre nacarado y el nombre Alejandro I, Luis XVIII, Francisco I y Federico Guillermo III en el remite.  El caso es que -¡Oh! ¡Sorpresa!- el gobierno español se pasó la carta por el forro de las Cortes de Cádiz y los aliados se vieron obligados a pasar a la acción, que es lo que mola. La burocracia es para perdedores.

«el gobierno español se pasó la carta por el forro de las Cortes de Cádiz y los aliados se vieron obligados a pasar a la acción, que es lo que mola»

Convocaron entonces a los ‘Cien Mil Hijos de San Luis’, un ejército de casi 100.000 hombres, formado por soldados franceses y voluntarios españoles, que entró en España el 7 de abril de 1823 para darle el caprichito a Fernando. Que, acostumbrados como estamos a ‘Los Vengadores’, ‘Los Guardianes de la Galaxia’, ‘Los Increíbles’… esto de los hijos de San Luis suena a un grupo de monaguillos en misa de domingo. Pero aquí que se plantaron los tíos, al mando del Duque de Angulema –el de la viñeta, primo de Fernando VII- dispuestos a derrotar a los 130.000 soldados del ejército constitucional.

Y aquí viene cuando la mula Fernando se luce y, con Cádiz asediada por los franceses, promete al ejército español que, si se rinde, él defendería la Constitución de 1812. Los españoles, desmoralizados, se rindieron, y acto seguido nuestro querido monarca se unió a los invasores y abolió todas las normas aprobadas por los liberales. Así de fácil. ¡Holi, monarquía absoluta! Comenzó entonces la conocida como ‘Década Ominosa’ –más claro, agua-, en la que ‘el Fernan’ se dedica a reprimir, censurar y ejecutar a liberales.

«Un pieza, ¿verdad? Pues, además de todo esto, y por si os pareciera poco, a Fernando le encantaba la carne. Un pecador empedernido»

Un pieza, ¿verdad? Pues, además de todo esto, y por si os pareciera poco, a Fernando le encantaba la carne. Un pecador empedernido. Su plato favorito era el cocido, lo que le propició una tendencia a la obesidad que, junto con sus pocos agraciados rasgos, hacían del monarca un hombre al que daba cosica mirar.

También le pirraba la olla podrida, una receta clásica de las casas reales españolas que Calderón de la Barca describió como la “princesa de los cocidos”. He aquí un ejemplo de la gula fernandiana. En el reinado de Carlos IV, la olla se cocinaba con vaca, ternera, jamón, gallina, garbanzos y verdura. Muy poca cosa para Fernando, que la prefería con 8 libras de vaca, 3 libras de carnero, 1 gallina, 1 perdiz, 1 par de pichones, 1 liebre, 4 libras de pernil, 2 chorizos, 2 libras de tocino, 2 pies de tocino, 3 libras de orejas de tocino, verduras y garbanzos. Virgen del camino seco. La digestión de semejante bufatil debía ser una labor titánica.

Dicen por ahí que tomaba cocido casi a diario y que, en su lecho de muerte y con un ataque tremendo de gota, los médicos le recomendaron rebajar el consumo de carne. Recomendación que Fernando aceptó, sustituyendo el rojo manjar por sopa… de cocido.

Madre mía. No solo ejecutaba a liberales, sino que ejecutaba también indirectamente a media población de vacas, carneros, perdices, gallinas… Miro la viñeta, el tenedor ensartado en mi pieza de carne y el cuchillo sobre ella, mantenido en el aire en posición de corte. Fernando VII era mala persona. Deberíamos tener todos una diana con su cara en la pared de la salita de estar, o una taza de estas que cambian el dibujo cuando se calientan en el microondas, que fría mostrase a Fernando y caliente a, no sé, Serafín Zubiri, por ejemplo.

Le sigo mirando. Le miro y le vuelvo a mirar. Miro mi trozo de animal muerto que espera ser seccionado. Miro a Fernando. Miro el plato. “Este desgraciado y yo tenemos algo en común”, me digo, la hiel exaltada y la conciencia de malas. “Todos los que estamos aquí somos como monarcas absolutos”. Y recuerdo la escena inicial de ‘Relatos Salvajes’ en la que Gabriel Pasternak mete en un avión a todas las personas que le han hecho mal, y lo estrella. Como Agatha Christie en ‘Diez negritos’. Aquí estamos lo más bajo de la sociedad, gente que preferimos devorar animales indefensos, taparnos los ojos ante las barbaridades que sufrirán en los mataderos, antes que tomarnos otro hummus de remolacha. “Alguien nos ha metido aquí para exterminarnos”.

«Aquí estamos lo más bajo de la sociedad, gente que preferimos devorar animales indefensos, taparnos los ojos ante las barbaridades que sufrirán en los mataderos, antes que tomarnos otro hummus de remolacha»

Giro entonces un poco más la vista, y me encuentro con el careto alargado y benévolo de Abraham Lincoln. No, por favor, Lincoln no. Lincoln tiene que estar por encima del bien y del mal. Es demasiado icónico como para que disfrutase comiendo animalicos. No, por favor. Decidme que amaba las coles de Bruselas y las bayas de goji… Pues resulta que su último guardaespaldas, el Coronel William H. Crook, dijo de él que le encantaba el beicon, y que lo desayunaba a diario. Además, cuando Abe recorría el país en sus campañas, solía celebrar barbacoas con pavo, carnero y buey, además de estofado. También era un amante del corned beef –carne de ternera en salmuera-. Genial. Uno de mis mitos está a la misma bajura humana que yo.

Vuelvo a casa y, navegando a toda máquina por Internet, buscando algo, una señal, un dato que me alivie esta desazón cárnica, que me diga que no, que no soy mala persona ni merezco la muerte ni un ataque de gota como Fernando VII, me encuentro con esto:

«A menos que toda la población mundial se haga vegana en pocos años, la vida tal y como la conocemos, terminará. ESO SIGNIFICA QUE VUESTROS HIJOS MORIRÁN antes de alcanzar la edad que vosotros tenéis ahora. La producción de leche y carne provoca más sufrimiento y daño medioambiental que todas las guerras juntas habidas en la Historia. El veganismo no es una elección, se trata de nuestra única opción». Según la web que consulto, estas declaraciones las hizo Bill Gates en el Foro de Seguridad Alimentaria Global de 2014.

Bueno, bueno, bueno. El que faltaba para bingo. A punto estoy de tirar las croquetas de jamón que descongelé anoche cuando me encuentro con este titular del Daily Mail: “No es necesario hacerse vegano: Bill Gates dice que puedes comer carne sin dejar de preocuparte por el planeta”. Con el pulso acelerado de excitación, visito la entrada del blog en la que Bill Gates dice tal cosa. ¡Sí! ¡Se puede ser omnívoro y buena persona! Bill, uno de los mayores filántropos del mundo, intentó ser vegetariano, y al año siguiente tuvo que volver a la carne. Se abandonó a los placeres de las barbacoas. Dice que “la carne es una gran fuente de proteína de alta calidad que ayuda a los niños a desarrollarse mental y físicamente. De hecho, parte de la estrategia sanitaria de nuestra fundación supone incluir más carne, lácteos y huevos en las dietas de los niños en África”. Voy a llorar, en serio. Todos los establecimientos de productos cárnicos –de calidad, eso sí- deberían colgar un cartel con esta frase en Calibri a 1000 pt en sus paredes.

También dice que “criar animales puede pasar factura al medio ambiente. Tienes que alimentar al animal con más calorías de las que extraes cuando lo comes. Esto es especialmente problemático cuando se transforman grandes extensiones de cultivos para alimentar a personas en cultivos para alimentar a vacas y cerdos”. Vale, Bill, te lo compro.

En resumen, el inventor del Ctrl+Z –G R A C I A S- sostiene que la solución está simple y llanamente en consumir menos carne. Algunos países como Francia, Alemania y Estados Unidos ya han reducido el consumo (también dice algo de crear sustitutos de la carne o algo así, pero eso no me interesa). El caso es que, queridos amantes de los filetes, PODEMOS SEGUIR dándole trabajo a los incisivos. Únicamente hay que relajarse un poco, y no comer olla podrida cada día.

«Estimados veganos, fumemos ahora la pipa de la paz. Respetemos al diferente. Amemos al falafel y a la longaniza a partes iguales»

Estimados veganos, fumemos ahora la pipa de la paz. Respetemos al diferente. Amemos al falafel y a la longaniza a partes iguales. Nada es blanco ni negro, supongo, y puede ser tan placentera una hamburguesa de buey como una buena tortilla de patatas, o una parrillada de verduras. Bill Gates mola, Lincoln era lo más y Fernando VII… bueno, Fernando VII era de la Casa de Borbón, sus padres eran primos, la endogamia corría por sus venas… en fin, no seamos demasiado duros con él. La verdad es que el cocido está de vicio.

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