Madrid en verano es lo más parecido a morir de manera lenta y dolorosa. En las calles la gente suda y siente asco propio y ajeno. El asfalto echa fuego y las suelas de los zapatos se reducen a cenizas alquitranadas. Pasar las vacaciones de verano en Madrid cuando vives en esta ciudad es un símbolo de resistencia. Los resistentes somos en su mayoría seres solitarios que debemos de haber hecho algo muy malo en otra vida. Te levantas por la mañana y por los agujeros de las persianas rayos de luz te disparan como si estuvieras en La Guerra de las Galaxias. Esos disparos queman mis piernas y mi estómago. Mis ojos sudorosos lloran cuando reciben esa luz. Me gusta beberme  esa agua con sabor a mar a cuatrocientos kilómetros como muy cerca. Las motas de polvo vuelan suspendidas sobre esa luz y flotan como hormigas microscópicas que se marean sobre su propio eje.

Salgo a la calle a perder el tiempo de la manera más honrosa y rápida posible. En la plaza de Manuel Becerra los jubilados ocupan los bancos desde la primera hora de la mañana. Hacen los mismo que en las playas pero jodiendo menos. En la playa molestan a todo el mundo. En esta plaza solo lo hacen con los de su generación. Leen el periódico, mayormente el ABC, si no fuera por ellos hace tiempo que ese periódico tan moderno y avanzado habría dejado de existir. Un periódico con grapa por si a algunos de sus lectores les hace falta cerrarles esas cabezas por donde salen ideas tan tolerantes y respetuosas con los que no piensan como ellos. Se acercan el periódico muy cerca de sus ojos cuando ven que la competencia se acerca, pero cuando se dan cuenta que alguien se va a sentar lo cierran con rapidez y le dicen al señor o señora que el banco está ocupado y que sus colegas y parienta están a punto de llegar. Los más educados se levantan y se marchan sin decir nada. Pero todos sabemos que a esta edad hay poco que perder y otros, la mayoría, se enfrentan al guardián del banco con chulería y displicencia. Deciden no levantarse. Además optan por separar lo más que pueden sus piernas para ocupar más parte y marcar su gastada y vieja bolsa escrotal. A veces se pegan y me alegran la mañana. Soy un treintañero que es feliz con muy poco.

Voy a desayunar a un bar que está en la calle Hermosilla esquina con Alcalá. El parroquiano de la banqueta de al lado es Millán de Martes y Trece. Lo que solía hacer con los ojos no es una gracia sino una maldición. Cuando le miro me asusto y me sabe más rancia la tostada. El café cumple su condición amarga, como el sabor del éxito cuando hace mucho que pasó. Cada sorbo que le da Millán, es una sobredosis de amargura y mal humor. Parece como si no pasase el tiempo por él. Me cae bien, como todos los perdedores que triunfaron en un pasado. Millán come porras y cuando le saluda algún cliente que le reconoce, utiliza una como trompa y barrita. Es ridículamente entrañable. Parece que quiere darme conversación y disimulo mirando hacia el otro lado. No sé por qué pero me da miedo. No sé cómo reaccionar ante su histrionismo y su mirada perdida.

Suelo ir a esta cafetería porque al lado se encuentra mi librería de cabecera. Me gusta ir a hablar con mis libreros aunque no vaya a comprar ningún libro. Para los resistentes no hay ningún lugar mejor que una librería para protegerse del calor y de los imbéciles. Yo no he visto ningún libro que sude. Los imbéciles sí que lo hacen y además no leen. En cuanto me ve, mi librero me dice que sigue sin salir ninguna novedad de Pessoa ni de Umbral, y que aunque me empeñe, ellos siguen muertos y que así es difícil escribir algo nuevo. No siente el desasosiego de hacerme siempre la misma broma, pero las ninfas hace tiempo que lo abandonaron. Le digo que he venido a hablar de política. De lo guapos que son los de Ciudadanos y que huelen bien hasta en las fotos. Abro un debate que raya lo filosófico en el que mi argumento sostiene que no sabe si la belleza física puede confundir a la hora de exponer tus ideas. Lo fácil que es rendirse ante lo que es bello de por sí, aunque detrás no haya nada que la sostenga o que la explique. Albert Rivera es el yerno perfecto de toda mujer que se siente española, y o como dios manda. Lleva el pelo corto y limpio. Afeitado perfecto. Traje a medida. Razonamientos que no encajan tan bien. Yo también soy español, pero eso no es una ideología, ni un premio, es algo que me tocó y que como tal acepto, pero que ni me molesta ni me hace sentir orgulloso en sí mismo. Inés Arrimadas es la morenaza charnega. De belleza canónica y equilibrada, no explosiva. Sabemos que no le gusta el nacionalismo. A mí tampoco, y por ello no puedo decir que esa sea la clave de mi pensamiento político. No se puede esconder detrás de la patria la nada. Begoña Villacís, también morena, pero está racial, gitana, no sé si esto les gustará a muchos y muchas de los que les votan, pero para mí es un piropo. De la mezcla de razas suelen salir personas guapísimas. No sé qué más decir de ella, solo sé que es española y que estudió Derecho, se le nota cuando intenta ajusticiar a todo el que no piensa como ella y quiere gastar más en políticas públicas. Eso y que se parece a la mujer del príncipe Harry, ese pelirrojo simpático que hizo el saludo fascista. Mi librero no sabe que decirme, asiente, no quiere meterse en líos, está en un barrio donde decir esto no es muy normal, pero los resistentes lo somos porque sabemos dónde podemos decir las cosas. Mi librería para mí es lo más parecido a aquellos lugares clandestinos que durante la dictadura se utilizaban cuando había una ley que prohibía reunirse y asociarse si se iba en contra del régimen o no había sido avisado para hacerlo. Eran retorcidos pero no tontos, sabían que esta segunda premisa llevaba a la primera.

Me despido de mi librero y camino por la acera de la derecha de la calle Alcalá, que es por la que da la sombra. El Corte Inglés de los discos y libros se aparece ante mí con su chorro de aire frío a propulsión. Un saludo gélido, capitalista, avasallador. Un placer masoquista. Los empleados tienen cara de dolor de muelas que se vuelve orgásmica cuando tienen que atender a cualquier “mindundi”, como lo somos todos. Hay a quien le gusta que le traten como si perteneciera a un ducado o a un marquesado y se regodea en ese momento en el que por fin se siente importante, poderoso, tanto que si no le gusta el trato puede hablar con el jefe de planta y poner una reclamación e incluso conseguir que despidan a ese empleado o empleada cansado de dar vueltas para intentar complacer a un déspota que con su jefe se defeca encima en cuanto le ve aparecer por la puerta. Hay que reconocer que se está fresquito, pero no me compensa observar el sudor frío que sale de las frentes de los trabajadores, siempre vigilados y juzgados por sus superiores.

Salgo asqueado y con la sangre helada. Hay multinacionales que intentan que pierdas la sensibilidad y que te importe muy poco como se siente la persona que tienes enfrente, o al lado. Intentan conseguir que nos peleemos entre nosotros y por desgracia la mayoría de las veces se salen con la suya. Arderán en el infierno, si es que existe. Si no ya me encargaré yo de cargarme sus sistemas de aire acondicionado este verano.

Bajo por la calle Goya en dirección Colón, las chicas lucen sus morenos perfectos. Vestidos gaseosos y sonrisas liquidas en cuanto cruzan sus ojos con los míos. Su rechazo es de una solidez que me golpea. En las bolsas llevan los bikinis que se han comprado para llevárselos a Menorca o Fuerteventura. Por suerte, hay muchas otras que hablan de ir a Asturias o al Pirineo oscense. Han comprado libros con rutas de estos lugares, de sus tradiciones y costumbres. Mujeres curiosas, inteligentes, que esconden parte de su belleza en donde no se ve. Las miro hablar, imaginar lo que harán y entonces sí que siento quedarme en Madrid todo el verano. Mujeres que si te sonríen cuando las miras a sus ojos. Es imposible mirarlas a otro sitio.

Tengo hambre y no me apetece cocinar. Una de las cosas buenas de quedarse en Madrid en vacaciones, es que puedes gastarte un poco más de dinero de tu presupuesto en ocio. He llegado a la Plaza de Alonso Martínez. Hay un Burger King. Una cervecería Santa Bárbara con sus camareros vestidos con su chaquetilla clásica blanca. La cerveza la tiran de manera excepcional y decido hacer mi primera parada aquí. Pido una caña, el vaso es pequeño y tiene grabado por fuera la marca de la cerveza en rojo. Me la bebo casi de un trago y pido otra. La espuma juega por mi bigote. Parece que me acabara de beber una horchata, pero yo no soy de esos. Antes de beberme una sería capaz de pedirme una Cruzcampo en este templo de la cerveza. Sé que el tema de la horchata es un tema delicado y que hay radicales defensores de la misma, así que iré cambiando de tema. Los neonazis defienden sus posturas con más cariño.

Es la hora de comer en mi estómago. El Burger King tiene una cola demasiado larga y no se ve ninguna cafetería con menú del día. Camino hacia la Glorieta de Bilbao. En la calle Sagasta, los trabajadores caminan con rapidez en busca de un sitio donde protegerse de este sol desolador. En los bancos solo están sentados los vagabundos y los obreros que trabajan en una obra cercana. Pertenecen a la misma clase social con solo unos cientos de euros de diferencia al mes. Los privilegiados mileuristas buscamos un sitio con aire acondicionado y sin el ruido de la calle. Todas las obras en esta ciudad se hacen en esta maldita estación, y además a la vez. Algunos obreros sueñan con coger el valor suficiente para colgarse de una de las grúas y tostarse al sol para siempre. Pero trabajar es una adicción muy fuerte, que como todas al final te lleva al mismo sitio pero de una manera más lenta.

En la calle Fuencarral encuentro un mesón asturiano con un menú que tiene buena pinta. El suelo está pegajoso y el suelo está lleno de palillos chupados y huesos de aceituna. Las servilletas lanzadas contra el suelo ayudan a tapar lo que se esconde debajo y que como todo lo sórdido es mejor imaginarlo. Todo el local huele a sidra, como si un guaje cualquiera se hubiera puesto hasta arriba de ella y la hubiera vomitado por todos los lados, asegurándose de que no quedase ningún resquicio del mesón por hacerlo. Un mar de sidra navega bajo mis suelas, y las limpia de la ceniza alquitranada de las carreteras. Pido cachopo, el calor no permite tener una mente muy imaginativa, y de beber sidra, quiero contribuir a elevar el escaso nivel sobre el mar en que está Madrid. Quiero ayudar a hacerla navegable y con sabor a manzana, a pecado e idea original, a Eva y Adán ahogados en este mar inventado por mí. La única realidad es que Madrid es un mar de serpientes en verano, reptan por cualquier esquina endemoniadas.

A las cinco de la tarde el sol está más furioso que nunca, tanto que se pone rojo. Le entran los calores, busca la sombra, pero sabe que ella es su muerte. La noche es la luz que se apaga y muere. El calor que se enfría. El sueño que cierra tus ojos cuando la belleza parece una realidad.

 

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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