Buñuel fue el Goya de los garrotazos del mundo. Su cine -maño y parisino- nos dio en imágenes lo que guarda en silencio toda alma del ser humano. Polémico, boxeador, residente como estudiante en la Colina de los Chopos, tenía ese triunfo de la sabia idea cruzado de risa, espiritualidad, provocación y esa búsqueda constante de las cosas que yo personalmente siempre he encontrado en gente como el sueco Bergman. Buñuel/Bergman son la luz oscura del alma de la que nos habló San Juan de la Cruz. Hallo en ellos algo así como una edad de oro entre Tristana y el Séptimo Sello. El cine de Buñuel -Calanda 22 de febrero 1900-Ciudad de México 29 de julio de 1983- fue una Semana Santa pasada por una suerte de yihadismo de película cómica de André Deed, algo o alguien que hoy todavía vemos como a un numen, como a una historia de la cinematografía cuando las Hurdes era Hollywood o como los amores de Concha Méndez. Luis Buñuel Portolés le dijo una Nochebuena a Lorca comentándole su “Romancero Gitano”, año 1928: “Esto que has escrito, Federico, es una mierda, está lleno de populismos exagerados y de un gitanismo insoportable. Es mejor que le metas surrealismo a tu poesía, que es lo que vamos a hacer Dalí y yo”. Y, claro, luego Dalí y él se fueron a París y van los tíos y filman “Un perro andaluz”. Federico se lo tomó como una ofensa y comenzó a llorar como una luna cerrada con becerros sobre los pianos.

“Buñuel fue el Goya de los garrotazos del mundo. Su cine -maño y parisino- nos dio en imágenes lo que guarda en silencio toda alma del ser humano”

Buñuel, digo, tiene de Bergman un script autobiográfico aliñado con los grandes conceptos de esa nudosa metafísica que despiden todos esos golpes en las mejillas y en los traseros como son el pecado, la confesión, el castigo, el perdón, la úlcera de la ira o esa barraca de feria en donde se mostró el Nuevo Metensmograf Cinematográfico Farrusine del feriante barcelonés Enric Farrús. El temor y la violencia engendran en Bergman/Buñuel esa escenificación de una infancia que va recreándose en su resurrección de los años hasta arribar a esa melancólica alegría que ya es el arte hecho con imágenes, con relato, con fuerza y fiereza hasta verter todas las pesadillas por encima de toda una educación secular. Bergman y Buñuel son varios siglos en uno, el XX, y es ahí donde nos encontramos con su cuestionamiento de las cosas, de los peligros del vivir, del sonido de los tambores de Calanda o del luteranismo de Upsala.

Luis Buñuel zanganeó mucho por un Madrid pobre, ingenioso y sentimental, pero pronto se cansa de la Colina de las Chopos y cogió sus guantes de boxeador para soltar hostiones de misa litúrgica en las grandes salas cinematográficas de un París surreal, bretoniano y una jovialidad de bohemia y trabajo. En París se veía -gracias a un pase de prensa- tres películas al día mientras iba elaborando su carrera como director de escena o con pieza de teatro de cámara. Su “Hamlet”, representado en el Café Sélect de París, ya nos da a un Buñuel curtido, curtidos y cortisonado. Y aquella mudez del cine, conmovido por las obras de Fritz Lang o de Jean Epstein comenzaron a apuntar en Buñuel esa preparación entre molecular y vanguardista como ayudante de dirección en “Mauprat” o “La caída de la casa Usher”.

“En París se veía -gracias a un pase de prensa- tres películas al día mientras iba elaborando su carrera como director de escena o con pieza de teatro de cámara. Su “Hamlet”, representado en el Café Sélect de París, ya nos da a un Buñuel curtido, curtidos y cortisonado”

Lo que está claro es que Luis Buñuel fue un cineasta fuera de toda alguacilismo oficial, se metió el método por el ano maño y escupió en la cara a todos aquellos que quisieron hacer de la cinematografía una saudade de mierda y grandes producciones. No le interesaba el dinero, sino un buen primer plano, un actor con labios rabiosos, un mexicanismo en donde buscó exilio y se alzó con la gran riqueza de aquellas tierras en donde Chavela Vargas iba por ahí borrachita de tequila y cantando aquello de “El último trago”. Buñuel nos dijo que el cine no es cine en sí mismo, sino que hay que ir más allá de lo cinematológico para crear mundos imposibles y acerados contrastes contra el capitalismo, la religión, la superstición, la estupidez gorda y tediosa del ser humano. “No nos importaba si el cine era arte o no. Eso sí, nos gustaban el humor y la poesía que encontrábamos en él”, llegó a decir. Efectivamente, el cine comercial es una cosa para tontos, para hastiados de la vida que desean pasar un ratito entretenido y jovial, pero lo realmente valeroso es el cine entendido como convulsión de esencias vivas, de vaporarios en donde la piel se quema y no consigue enfriarse hasta que acaba el film y sales de la sala para vomitar esa pesadilla deliciosa que nos ha embargado cuando el arte es tal y no cuando de lo artístico se regoza la industria, los jefes de las productoras, los medios de comunicación que piden sangre, carrera de caballos y bombas estallando en todas las segundas guerras mundiales.

Buñuel ironizó a estos sátrapas del capital y lució su imaginación hasta tomarse el último trago con Chavela en México o en donde le saliera de los testículos arameos, farmacológicos, deseosos y deseantes. “Todo deseo tiene un objeto y éste es siempre oscuro. No hay deseos inocentes”. Luis Buñuel hizo del deseo oscuro la blancura de toda virtud y un republicanismo humano, demasiado humano entre nietzscheano y chapliniano. Fue un sayón saturnino entre sátiro y lúbrico que lo mismo dirigía a Jorge Negrete, a Libertad Lamarque que se dejaba llevar por la Vía Láctea, que era una forma de decirle a todo quisque que él, Luis Buñuel, nacido en Calanda y cabezón como Goya y Lucientes cuando se ponía delante de una cámara no era para lucir un esteticismo de paisajes, musiquitas y un amor románticos, en todo caso, para que Catherine Deneuve fueses Belle de jour que era como telegrafiar a todo lo divino para mandar al carajo a toda una sociedad discreta, burguesa, pero dañina para el dolor del alma. “La ciencia no me interesa. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas que me son precisosas”, comentó, a lo que añadió: “La moda es la manada, lo interesante es hacer lo que a uno le da la gana”.

“Fue un sayón saturnino entre sátiro y lúbrico que lo mismo dirigía a Jorge Negrete, a Libertad Lamarque que se dejaba llevar por la Vía Láctea”

Buñuel fue un hombre libre, un diario ácrata y berilo de bellas metáforas, más un compromiso con la humanidad que le tonsuró esa idea impuesta en que la libertad se desgrana o hacen que se desgrane en copla cabrona, babosada de cuatro magnates, veneno para la belleza de todos los cuerpos y una cojudez basada en alcohólicos rencores. “La edad es algo que no importa, a menos que usted sea un queso”.

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