Si no hace viento la electricidad sube, aunque no baje cuando lo haga. Si no llueve la electricidad también es más cara, sin mejorar cuando el cielo es generoso. El calor hace que suba el recibo, y también el frío. Uno, ignorante, se pregunta entonces qué tiempo exacto es el que tiene que hacer para que nos cuesten menos las facturas. Si el siglo XIX fue el de la industrialización y el XX el del consumo, el siglo XXI parece el de la privatización de la vida diaria. La empresas de energía llevan tiempo en lo de privatizar el clima, al tiempo que las tecnológicas se apoderan de nuestro comportamiento. Sin que nos demos cuenta, las redes sociales van convirtiendo nuestros actos en dividendos, creando una sociedad tan extraña y tan dependiente de lo que hacemos que puede llegar el momento en el que las acciones suban o bajen porque mucha gente en Facebook cuente que está contenta o deprimida. Si la privatización de la vida diaria prosigue a este ritmo, pronto nos veremos pagando por respirar (en China ya hay tratamientos caros para recibir aire puro durante unas horas).

“Si no hace viento la electricidad sube, aunque no baje cuando lo haga. Si no llueve la electricidad también es más cara, sin mejorar cuando el cielo es generoso. El calor hace que suba el recibo, y también el frío”

España, un país que siempre va en la avanzadilla de lo disparatado y en la cola de lo sensato, fue uno de los primeros en atreverse a privatizar el sol, que es el timo de vender la luna a un pardillo puesto del revés. Estos días leo que un Real Decreto ha puesto fin (de momento, al menos) al impuesto al sol que se venía aplicando, y con ello se ha acabado con uno de los inventos más perversos que nuestra democracia ha dado, y miren que lleva años caminando a golpe de ocurrencia. Lo de cobrar un impuesto por aprovechar la luz del sol de manera autónoma ha sido el culmen de la idiotez de una España en la que la ecología todavía no se toma en serio. Al español lo del cambio climático no le afecta más que en la desgracia, cuando ocurre algo terrible como los pasados días en Mallorca. El resto del año, el votante medio lo ve una excentricidad para hípsters, así que nuestros políticos prefieren pegarse más al ascua de las energéticas, que están llenas de puertas giratorias y eso está bien.

Que España es un país de pícaros es algo sabido desde el Renacimiento. Pero no debemos olvidar que nuestro primer pícaro, el Lazarillo, robaba para comer, que es cosa que puede defenderse bien. Los pícaros que privatizaron nuestro sol roban para tener un chalet en la Moraleja, que es algo de lo que el Lazarillo no decía nada, que yo recuerde. La picaresca de lobbies empresariales que sufrimos, protegidos por estos gobiernos de decreto fácil, es tema que está mereciendo ya un buen libro (los de Chirbes sobre el ladrillo no tienen tanto humor y no me sirven), que recoja y ponga en literatura tanta genialidad que estas mentes caníbales nos han regalado.

“Que España es un país de pícaros es algo sabido desde el Renacimiento. Pero no debemos olvidar que nuestro primer pícaro, el Lazarillo, robaba para comer, que es cosa que puede defenderse bien”

Una vez leí una de esas bromas que circulan por internet en la que se decía que el atraco perfecto no era el del tren de Glasgow o  la versión castiza del Dioni y su furgón. El crimen perfecto es que los ayuntamientos te cobren por aparcar en plena calle. Otra genialidad de la picaresca municipal y culmen de la desvergüenza hecha código cívico/circulatorio, que ha triunfado de manera universal. No se trata de un hecho aislado sino de un proceso en marcha. Los ayuntamientos se envalentonan y se apoderan de espacios que pertenecen al ciudadano, disimulando después con fastos de buen rollito y gestos rutilantes de cara a la galería. Véase Madrid.

Cobrarte por usar el mundo es el nuevo invento de empresas y gobiernos. Pretenden estafarnos la vida, que es lo único que debería salir gratis. Poner aranceles al sol y multas a nuestro comportamiento. Brindemos por el futuro.

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