Una de las películas más esperadas del año ha sido, sin lugar a dudas, la segunda parte de una leyenda del género de ciencia-ficción: Blade Runner 2049. Se estrenó hace ya más de un mes y, la cinta, dirigida por Denis Villeneuve, sigue siendo el centro de un debate al que vamos a tener que acostumbrarnos a partir de ahora: la difícil valoración de la secuela (o precuela) de un clásico. Nos va a resultar muy familiar porque, Blade Runner, no es el primer ejemplo de película cuya trama vuelve a la vida después de veinte o treinta años, convirtiéndose su visionado en una doble tarea involuntaria. Ver esta segunda parte es un ejercicio difícil porque el espectador no valora el film como algo autónomo, sino respecto a otro que parte de una posición ventajosa debido a su condición de versión original. Dicha tarea ya la hemos realizado este mismo año, cuando se estrenó T2: Trainspotting, en febrero. El momento en el que entras al cine es inquietante, debido a que tus expectativas están por las nubes, ya que en tu casa has visto varias veces la versión remasterizada de la primera parte y, ahora, tienes dos horas (o algo más) para disfrutar con tus personajes y ambientes favoritos. El problema principal es que hay un choque entre esas expectativas y la película proyectada: vemos la segunda parte del clásico, pero no es el clásico. Ante esta situación, la probabilidad de que nos levantemos decepcionados de la butaca es más elevada, por lo que los cineastas encargados de la realización y de la producción de la cinta tienen que tener mucho cuidado. Las nuevas partes de las películas o sagas que se han convertido en esenciales dentro de la cultura audiovisual, se elaboran con técnicas de marketing que les auguran un éxito seguro en taquilla. Están hechas para satisfacer a un público muy variado; desde el joven y fácilmente impresionable, hasta el experimentado y nostálgico, difícil de seducir. Esto es lo que sucede con Blade Runner 2049 y con otras muchas cintas no mencionadas hasta ahora, como la última entrega de Star Wars, por ejemplo.

hay un choque entre esas expectativas y la película proyectada: vemos la segunda parte del clásico, pero no es el clásico

Durante el visionado de Blade Runner 2049 estuve completamente fascinado. La película parecía funcionar de manera autónoma, sin depender momentáneamente de la primera parte. Es una cosa que valoro mucho en las películas; que se expliquen ellas mismas, aunque pertenezcan a una saga. El caballero oscuro, de Cristofer Nolan, es un buen ejemplo de documento autónomo que, a la vez, forma parte de una historia conjunta. Durante la primera mitad del film observé que no se parecía demasiado a la Blade Runner original y que, de hecho, tenía algunos detalles propios de La llegada; cosa que le aportaba interés en cuanto a la posesión de una tendencia hacia un estilo propio de Denis Villeneuve. Por el momento, estaba viendo una película de 2017 para un público de 2017, lo que me sorprendió gratamente, como ya he apuntado. Sin embargo, hay que tener presente al público amante de la primera parte y de los años ochenta; amante de la tranquilidad y  de la lentitud de la versión original, elementos de los que la película de Villeneuve está totalmente alejada. El espectador amante del cine clásico notará la ausencia del aura detectivesca, inspirada en el género negro, de la que sí estaba impregnada la Blade Runner original. Para solventar dicha ausencia aparece Harrison Ford, el salvador, el que consigue que el público arraigado al pasado permanezca atónito en la butaca. Aquí está el segundo ingrediente de nuestra secuela, el que atrapa al espectador nostálgico que quiere y exige reminiscencias de la primera parte. La película pierde ya su autonomía, entrando en continúo diálogo con la cinta de Ridley Scott. Esto no es un hecho negativo ni mucho menos, sino una especie de estrategia que sirve para salvaguardar la satisfacción general. La mayor parte del público ya está contenta; unos, por el ritmo visual adaptado a los tiempos, por los jóvenes y comerciales actores y por contemplar una trama básica de héroes y villanos que resulta fácil de asumir y no conduce a ninguna confusión estética o moral. Otros, por su relación con la versión original, notable, sobre todo, en la última parte del film. No obstante, si hay que especificar, estos últimos quedaran menos satisfechos con la nueva entrega debido a que, a pesar de tener una trama  más compleja, no cuida tanto los pequeños detalles, es previsible y está mucho más estereotipada que la parte anterior. Un ejemplo de ello, es la imagen de la mujer como objeto de satisfacción sexual masculina en anuncios publicitarios o en la vida cotidiana, visible desde el principio hasta el final de la película. En el film de Scott esto aparecía de manera puntual y con una sutileza que la segunda parte ha perdido.

Bajo estas premisas, es lógico que algunos de los grandes pilares de la crítica de nuestro país hayan denominado a la película como “prescindible”, ya que parten siempre del amor incondicional que profesan hacia la versión originaria. A ello hay que sumarle que estos críticos forman parte de lo que hemos considerado público nostálgico y que, por ende, es difícil que hagan una crítica que no se base en lo buena que ha sido la aparición de Harrison Ford. La crítica del otro público, valorará la calidad de la cinta subrayando que, efectivamente, no es una película mala, aunque tampoco es una “obra maestra”. Esto ubica a Blade Runner 2049 en una posición difícil de categorizar, pues satisface a todo el público pero no lo hace plenamente.

Por el momento, estaba viendo una película de 2017 para un público de 2017, lo que me sorprendió gratamente

La cinta está bien hecha, tiene un argumento interesante, un reparto excelente y unas imágenes dignas de servir de inspiración para filmes de ciencia-ficción venideros. Sin embargo, está atada a su madre, a esa autoridad añeja de la que no se puede desprender y contra la que no se puede rebelar. Una madre a la que no le puede decir “quiero vivir más” porque no depende de ella, sino de los espectadores, que seguiremos viéndola y valorándola de forma independiente para que no se pierda como lágrimas en la lluvia.

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