Piernas depiladas, cuerpos sudorosos, músculos en tensión…sí, amigos, el ciclismo tiene mucho de erótico, también algo de sexual, claro. Historias por doquier. Así que acompáñennos en este pequeño repaso, generalmente bienhumorado, por algunas de ellas.

Empezamos.

 

Historias trágicas

Comencemos con los lloros, para después ir arrancando poco a poco lágrimas al alma.

Lo cierto es que la relación entre ciclismo y sexo está presente desde los mismos albores de este deporte. Los comentarios sobre las primeras mujeres ciclistas, las elucubraciones en relación a lo que la estadía prolongada en el sillín podía provocar sobre las gónadas de los varones, el hecho de que la bici fuera aprovechada en ocasiones como mecanismo de esparcimiento, alejarse más allá del mundanal ruido para…bueno, para pasar un rato a solas… Todas esas cosas.

Pero seguramente el primer gran campeón que mezcló íntima y trágicamente bicicleta y sexo (también amor) fue rené Pottier. Pottier es considerado oficiosamente como el primer rey de la montaña del Tour de Francia, puesto que transitó en cabeza por la inicial cuesta que los organizadores de la Grande Boucle tuvieron a bien poner en el recorrido. Era el año 1905, y el Ballon de Alsacia entraba en la historia de la mano de Pottier (y viceversa). Lo cierto es que el esfuerzo fue tal que el valeroso ciclista hubo de retirarse esa misma noche.

Al año siguiente usó la escalada alsaciana para despegarse de todos los demás e imponerse en el Tour. Sería la última vez que correría esa prueba. Ese mes de julio fue aprovechado por su esposa para serle infiel. Días y noches de estío en brazos de su amante, mientras el infortunado René no hacía sino recorrer Francia a mayor gloria del ciclismo. Enterado de ello, Pottier afrontó la situación afeó la conducta a la dama…y esta lo abandonó. La depresión en la que cayó fue fatal. Era enero de 1907 cuando se suicidó. Un lazo corredero lo asfixió hasta la muerte. Colgaba del mismo gancho donde limpiaba aquella máquina que lo había alejado de su amor…

Más truculenta fue la historia de Henri Pèlissier. Henri Pélissier era un hijo de puta con todas las letras, un canalla que arrastró a su primera esposa hasta el suicidio, un desalmado que había muerto precisamente en ese 1935, antes del Tour, a manos de su segunda mujer. En una discusión Pélissier le había levantado la mano como era habitual en él, y ella, cansada, se defendió. Henri, colérico, cogió un cuchillo y empezó a apuñalarla. La desdichada se zafó como pudo, entró en la habitación que ambos compartían, y que era para entonces un nido de desventuras, y abrió la mesilla de noche del antiguo ciclista. Allí guardaba una pistola…la misma con la que su primera amada se había disparado en el corazón. Qué clase de hombre hace eso, quién duerme junto al arma que segó la vida de aquella a quien quiso. Quizá Camille, su nueva esposa, entendiera que ese era el futuro que la esperaba y, en un arranque de pundonor, se rebelase contra él. Cinco tiros sobre la sombra que se le abalanzaba de nuevo echando espumarajos por la boca, apestando a alcohol y sangre. Cinco tiros, cuatro al aire, quién sabe si como advertencia, quién sabe si para asustarlo. El último, rendida, lo alcanzó en el cuello. Murió allí mismo, desangrado, unos minutos después.

 

La tentación viene en bicicleta

En ocasiones (bueno, de hecho casi siempre) eso del sexo es gozoso, y placentero, y festivo, y tiene un punto de humor que agrada. También con las bicis. Vean, vean, las pasiones que levantaban los forzados de la ruta y sus muy cortos coulottes a principios de siglo.

O antes, incluso. José Bento Pessoa fue el primer campeón de España de ciclismo. Nada raro si no fuera porque este José había nacido en Portugal. Pero como el país luso no tenía federación sus ciclistas podían competir en la prueba organizada por la española y bueno…eran otros tiempos.

El caso es que Don José era un tipo de lo más metódico con los entrenos. Llevaba perfectamente pensadas sus salidas, sus tiempos, los ritmos, las horas de descanso. También, claro, mantenía a rajatabla la abstinencia sexual, porque según él una gota de semen equivalía a cien de sangre, por lo que la pérdida del primero durante la eyaculación venía a ser un poco como tener una herida que lo reconcomía a uno por dentro. En fin, creencias caducas. Así que nada de mujeres para Bento Pessoa.

El problema venía por las noches. Porque allí su indiscutible fortaleza de voluntad nada valía. Sueños, sueños eróticos con sus correspondientes poluciones incontroladas. En fin, un dislate. Y Don José que pierde, supuestamente, por la noche todo lo mantenido a duras penas por el día. Así que ni corto ni perezoso decidió poner fin a eso. Se fabricó un cinturón con sendas cebollas en los riñones que se ponía para ir a dormir. De esa forma le resultaba imposible mantener la posición decúbito supino, que era, según él, la culpable de sus males. Eso sí, descansar no sabemos si descansaría mucho.

El gran André Leducq, nada menos que dos victorias en el Tour de Francia atesora, sí que se dejaba llevar por los placeres de la carne. Bien parecido, simpático y con un punto pícaro, André despertaba pasiones en la Francia de los treinta. Tantas que alguna, incluso, tenía que apagarla en plena carrera.

Lo contaba años más tarde en sus memorias, omitiendo los datos necesarios para mantener el anonimato de la dama en cuestión. Decía que llevando el maillot amarillo los miembros de la selección francesa tuvieron que acudir a una cena organizada por el alcalde de cierto pueblo donde había acabado una etapa. Un engorro pero…imposible negarse a riesgo de quedar mal con las autoridades. Así que para allá se fueron Leducq y sus equipiers…solo para ver el líder que la esposa del preboste no solo era joven e ingeniosa, sino que le lanzaba unas miradas que…bueno, un par de ellas podían ser casuales, pero ya más mostraban una intención muy clara.

Sucede que durante la sobremesa la buena dama le preguntó a Leducq si quería contemplar una serie de grabados muy valiosos que tenía guardados en una habitación contigua. El guiño no dejaba lugar a dudas de las intenciones. Tanto que uno de los gregarios de Leducq se dedicó a serlo también fuera de la carretera, y empezó a entretener al marido, y futuro cornudo, con una cháchara interminable que mezclaba ciclismo, política y halagos. Así que el maillot amarillo y la señora fueron a ver las imágenes…y allí, en fin…no nos vamos a extender sobre el asunto, ¿no?

La historia tiene final feliz, además. Al día siguiente Leducq estaba asustado por si los esfuerzos de la noche anterior le pasaban factura en la que era una de las etapas más duras de la ronda. Ya ven, el espíritu de Pessoa seguía vigente. El caso es que entre suspiro y suspiro el bueno de André ganó la etapa (vestido de amarillo) y amplió su ventaja en la general. Y, rizando el rizo, recibió un telegrama esa misma noche, en su hotel. Lo firmaba la ardiente señora del día anterior. “Siga con el tratamiento. Parece que le funciona muy bien”.

 

Cosas veredes, Sancho…

A veces el ciclista, con toda su fuerza de voluntad, consigue sobreponerse a las insinuaciones. En esto destacó el Giro de Italia de Vicente Trueba en el año 1934. Titánico esfuerzo, sin duda.

Trueba había sido proclamado primer rey de la montaña (este sí oficial, no como Pottier) en la historia del Tour el año anterior, en 1933. Así, su participación en el giro de 1934 fue recibida con alborozo por parte de la prensa…y una cierta sensación de terror por los ciclistas, que temían lo que Trueba pudiera hacer en las cumbres. Así que unos cuantos rodadores transalpinos “compraron” la solución: una despampanante prostituta que acudió, muy melosa, a la habitación de Vicente Trueba un par de noches de aquella prueba. Pero el montañés aguantó, corajudo. Tenía en casa esperándole a su esposa, recién casados, y no era cuestión de engañarla. Así que él dijo no mientras la meretriz, bien pagada, suplicaba un “sí”. Cuentan algunos que los italianos quedaron más asombrados por esto que por las hazañas de Trueba cuesta arriba…

Por último a veces el problema viene del choque cultural y de costumbres entre países. Como cuando el cántabro Emilio Cruz le plantó dos besos en la mejilla a la guapa que le daba el trofeo tras ganar una etapa en la Vuelta a Colombia, años 60. Lo que en España era habitual allí fue considerado como un ultraje por parte del padre de la muchacha, que ni corto ni perezoso plantó sendas tortas a mano abierta en el rostro del ciclista. Al final todo se arregló con unas disculpas, pero al bueno de Emilio le zumbaron los oídos durante un tiempo.

 

Dos campeones, dos escándalos.

Fausto Coppi asciende a toda velocidad por las ásperas pendientes del Stelvio. Es la primera vez que este coloso se asciende y no va a poder tener mejor estreno. El toscano, maillot biancoleste de Bianchi, está dándole la vuelta a la carrera, imponiéndose de forma definitiva a Hugo Koblet y venciendo en su quinto Giro de Italia.

Casi en la cima una figura se recorta entre los muros de nieve que enmarcan la carretera. Una mujer embutida en un grueso abrigo, coronada con un sombrero blanco que le acabará por dar nombre. La Dama Bianca. Fausto consigue arrancarse unas palabras de los pulmones entre jadeos y fatiga. ¿Me esperarás en el hotel de Bormio?, dice. El “sí2 de ella resuena claro en la gran montaña. Todos lo han oído. El escándalo se desborda.

Fausto Coppi estaba casado desde 1945 con Bruna. Tenían una hija, y ella hacía de esposa perfecta (para la mentalidad ciclista de la época) apoyando discretamente a su hombre. Giulia Occhini, por su parte, se había cambiado el nombre por Giulia Locatelli cuando contrajo matrimonio con un médico, alto y apuesto, en Rímini. La niña meridional que había sido criada en un convento de monjas se unía a un hombre de éxito, con rostro de galán de cine y una pasión desbordante por el ciclismo. En especial por él. Fausto Coppi, claro.

Al principio a giulia no le gusta eso de las dos ruedas. Va a las carreras obligada, sonríe sin interés cuando Coppi empieza a frecuentar la casa de los Locatelli. Pero después…después algo ocurre, la chispa salta y todo arde.

Fausto Coppi contratará a Giulia como secretaría, y pondrá su lugar de trabajo en su propia casa, con el fin de que pudiera dormir allí. Es todo un escándalo. Solo que la Italia de los cincuenta es pacata, e hipócrita, también machista. Giulia es acusada de abandono del domicilio conyugal por parte de su marido, y una noche infausta resulta detenida en casa del gran campeón. Pasa unas horas entre rameras y ladronas, en la cárcel, y al final tiene que emigrar a Argentina para que el hijo que lleva en sus entrañas pueda llevar el apellido de su padre ciclista. La popularidad de Coppi, por su parte, resulta tan dañada que solamente podrá morirse para recuperar toda su leyenda.

Jacques Anquetil coincidió en sus primeros años con el italiano. El normando era guapo, ocurrente, elegante y encantador. Rubio, ojos azules. Y ambicioso, muy ambicioso. Tanto como para desear a la mujer de su médico personal, una belleza casi de cinematógrafo que respondía al nombre de Jeanine. Pronto la infidelidad se manifiesta, y Jeanine pasa a ser, en pocos meses, Jeanine Anquetil. Juntos dominarán el mundo de las dos ruedas con una mezcla de fuerza, inteligencia y una sofisticación nunca antes vista.

Solo que…

Solo que Jeanine no puede tener hijos. Tiene dos de su primer matrimonio (Anne y Alain) pero los partos fueron problemáticos y ella jamás podrá volver a quedar embarazada. Y eso a Jacques le consume. Adora a sus hijastros, pero desea un hijo, uno propio, uno de su misma sangre. Las discusiones cada vez son más frecuentes en el castillo normando (Les Elfes, se llama) que todos habitan.

Hasta que una noche sucede lo impensable.

Jacques Anquetil entra tambaleándose en el dormitorio que comparte con Jeanine. Ha estado bebiendo, huele a alcohol. Quiero un hijo, lo quiero más que nada en el mundo, dice. Iré a París, pagaré nueve meses a una prostituta, luego criaremos al pequeño como si fuera nuestro. Ella se espanta. Luego reflexiona. Y sugiere.

Lo imposible empieza a suceder.

Ambos se desplazan hasta la habitación donde duerme Anne, de 18 años. Y le plantean la idea. Al principio la joven se espanta, pero tras unos días accede. Tendrá un hijo con Jacques que será criado por los tres. De puertas afuera de Les elfes la niña que nazca, Sophie, será la hija de Jacques y Jeanine. Pero en el interior serán dos sus madres. Siempre me consideré muy querida, dirá en sus memorias esta Sophie, de hecho me daban pena los otros niños en el colegio, porque ellos solo tenían una mamá, no como yo.

Por extraño que parezca la situación parece calmarse, y una rara paz se instala en el castillo. Jacques duerme indistintamente con Jeanine o con Anne, y los tres llevan una vida tan extraña como satisfactoria. Hasta que la ambición del antiguo campeón vuelve a aflorar.

Alain, el otro hijo de Jeanine, también vive en Les elfes. Con esposa, Dominique. A estas alturas nadie se extraña de que Jacques posase sus ojos en ella, la sedujera, se escapase en madrugadas hasta su habitación. Dominique. La nuera de Jeanine. La cuñada de Anne. La tía de sophie. Ya ven…

Todo se quiebra. Las otras dos mujeres abandonan el castillo junto con la niña. Alain hace lo propio, claro. A Jacques no le importa. Tiene otro hijo con Dominique, y parece mostrarse feliz. Son los últimos tiempos de un hombre contradictorio y complejo.

Jacques no volverá a ver a Jeanine, a quien considera su gran amor, hasta la víspera de su muerte. En hospital de Ruén ruega que la hagan venir. Se va y quiere despedirse. Cuando ella llega nadie dice nada. Los dos se miran, en silencio. Cuatro ojos azules cruzándose en el aire. Tantas historias…para qué las palabras…

 

Los meses más largos del mundo

En 1993 el ciclista polaco Zenon Jaskula sorprendió a todos al subir al pódium del tour de Francia. Delante de él solamente Miguel Indurain y Tony Rominger. Casi nada. Detrás, batido solo en la última crono, el colombiano Álvaro Mejía. Todo un éxito.

Pero a qué coste, amigos. En diciembre de ese mismo año Jaskula, profundo cristiano, hacía unas declaraciones a un periódico polaco. Decía en ellas que hacer el amor más de diez veces al año es pernicioso para el ciclista, y que antes de una gran prueba había que mantenerse en tres meses de abstención absoluta. Un monje, vamos.

Lo cierto es que Jaskula dijo más tarde que esas declaraciones eran falsas, y que el periodista se las había inventado buscando el titular. Lo mismo daba…el rubio Jaskula era ya la comidilla del pelotón. Imaginen, además, que estuvo casi toda su vida enrolado en equipos italianos. Hay, de hecho, una leyenda deliciosa que junta a Jaskula y Cipollini en un plató de televisión. El polaco afea a Cipollini su liberalidad con el sexo, y le pregunta cuántos Tours de Francia espera ganar así. A lo que Cipollini, divertido, le contesta que él tampoco ha ganado ninguno con lo de los tres meses, además de sufrir mucho más… Ya vez. Ojo, la escena parece apócrifa, ¿eh?

(Sobre Cipollini, sus líos de faldas, su affaire con una azafata en el Tour de 1992, sus posados desnudo y todas esas cosas hablamos otro día. Es un personaje irrepetible. Afortunadamente, vaya, porque atufa machismo por todos los lados…)

Terminemos con Federico Martín Bahamontes. Ganador del Tour de Francia en 1959, seis veces rey de la montaña en esa prueba. Uno de los mejores escaladores de siempre. El mejor, claro, si le hacemos caso a él.

Pues bien, Fede decía que dos años antes de una Gran Vuelta…el sexo ni catarlo. Dos meses antes. En una época en la que se doblaba prácticamente siempre, compitiendo en dos grandes vueltas por temporada. Más aun, si pensamos que Federico hizo en 1956 la proeza de competir en Vuelta a España, Giro de Italia y Tour de Francia de una tacada veremos que su esposa, Fermina, debió de andar bastante ociosa por varias lunas. O, al menos, eso dice el protagonista.

Pero en fin, ya saben ustedes que en asuntos de sexo y de bicis…deben creerse la mitad de lo que les cuentan.

No se olviden de amar.

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