Sea porque los médicos luchan ahora por restablecernos el porvenir, o sea porque le dediqué el anterior artículo helénico a Orfeo, que resucitaba las almas —aunque solo las almas—, o sea porque residí unos días a los pies de uno de sus templos, el asclepión de Paros, donde a su hija y ayudante Higía las isleñas le ofrendaban su cabellera, trataré de Asclepio, aquel héroe que llegó a ser dios y en absoluto insignificante. Me basta con recordar las imponentes ruinas de Epidauro, el más famoso de sus santuarios, donde se le agasajaba con unos fastuosos festivales —las Epidaurias— que, además de competiciones atléticas, convocaban también concursos de tragedias y de rapsodas.

Ya saben, Asclepio —en latín, Esculapio— era el dios de la Medicina; sin embargo, su nacimiento tuvo poco de saludable pues, según la versión más consolidada, median los sórdidos cuernos que le puso su mamá, la princesa tesalia Corónide, con su amado Isquis, ni más ni menos que al dios Apolo, ausente durante unos días por sus adivinaciones en Delfos. El Febo, receloso, había dejado de espía a un cuervo; y el ave, claro, en cuanto los jovencitos comenzaron con los besuqueos, salió de najas y dio el chivatazo. Fue escucharlo y estallar el enojo divino: Apolo no solo liquidó de un flechazo a la princesa —dicen que también a su galán— sino que a los córvidos los tornó de un blanco impoluto en negro riguroso y para toda la eternidad. Pero he aquí que el dios sabía que había embarazado previamente a Corónide, y cuando iba a ser incinerada, envió a su hermano, el habilidoso Hermes, que rescató de la pira ardiente, con cirugías prodigiosas, al niño Asclepio y todavía vivo.

Los de Epidauro, más púdicos, mantenían que la princesa nunca ofendió al esplendente dios, sino que rompió aguas en un monte cercano, el Mirtio, y que allí abandonó al niño al cuidado de una cabra y de una perrita. Incluso, los mesenios sostenían otro alumbramiento mucho menos truculento. Fuera como fuese, Apolo entregó su vástago al centauro Quirón para que lo educase en las artes medicinales. De tanto en tanto, lo visitaba en Magnesia para completarle los conocimientos y también su tía, la divina Atenea, que sobre instruirlo en ciertas argucias le entregó dos pomos con sangre de la Medusa; uno con la manada del costado derecho, resucitador, y otro, del izquierdo, mortífero. Cuando Asclepio ya fue mozo, participó en las grandes convocatorias heroicas: la caza del jabalí de Calidón y la expedición tras el vellocino de oro. Incluso sus hijos, Macaón y Podalirio, se alistaron como cirujanos en la guerra de Troya.

Asclepio, mientras, había desocupado a su padre Apolo de sus tareas médicas y ejercía en su cueva de Trica y con tanto acierto que algunos dioses y otros parientes de fallecidos notables no hicieron más que rogarle que resucitase a este o aquel; y él, todo probidad, usó el pomo del costado derecho y rescató del Tártaro la mar de sanotes a Licurgo, a Capaneo, a Tindáreo, a Orión, a Hipólito, a Glauco… Y hasta ahí llegaron las resurrecciones, porque Hades se quejó a su hermano Zeus de que le estaba vaciando el submundo. Zeus, entonces, llamó a capítulo al mañoso taumaturgo, que debió de exhibir un pellizco de soberbia —o sea, de la hybris que pierde a todo héroe— y, zas, el crónida lo fulminó de un rayo. Luego, Zeus, arrepentido ante el estropicio que causaba dejar al mundo sin sanador, lo convirtió en divinidad y, de un catasterismo, también en la constelación del Serpentario.

Su culto se propagó, desde Epidauro, por toda la Hélade sobre el s. VI a. C.; algunos de sus santuarios, como el de Cos, donde se formó e impartió su método terapéutico el gran Hipócrates, alcanzaron una enorme y acreditada fama. Es más, en Cos y en la cercana Cnido, sus ritos curativos fueron perdiendo el primitivo carácter esotérico para rozar lo clínico con estancias prolongadas de los pacientes bajo tratamientos casi empíricos; válganos el Corpus hipocrático (s. V al IV a. C.) como prueba. Y es que, en su origen, los asclepiones, aunque presentaban algo de sanatorios, pues al templo se le añadían las pilas lustrales para la higiene de los pacientes y unos habitáculos donde los enfermos permanecían la mayor parte del tiempo narcotizados, la cura o el prodigio divino, sin embargo, solo se obraba durante estas modorras y envuelta por un oscurantismo mágico; es más, según Aristófanes, la enfermedad era absorbida por serpientes posadas sobre la dolencia. Estas culebras, como representación viva de Asclepio, reptaban por todo el recinto y, desde luego, eran la peculiaridad más escamante de sus santuarios.

En cuanto al mito, nos relata cómo, a su llegada a la Hélade, los dorios —o sea, Apolo— arrebataron las artes sanadoras a unas magas de la Tesalia —personificadas por la princesa Corónide— con ayuda de los magnesios —de ahí la participación del centauro Quirón—. Y debió de ser tan enconada y ardua la pugna por adueñarse de estos secretos —el asesinato de la princesa y el parto entre el fuego de Asclepio—, que quedó como imborrable huella de aquellas hechiceras la serpiente —el animal oracular por antonomasia premicénico— y la divinización de las tres hijas de Asclepio: Higía (salud), Panacea (el remedio contra todo mal) y Yaso (curación), también veneradas en los asclepiones, como acólitas del dios sanador durante las secretas terapias primitivas.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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