Artemisia es una histórica contradicción. Fue la primera mujer en conseguir el acceso a la prestigiosísima Academia de Bellas Artes de Florencia, y aun así varias de sus mejores obras fueron atribuidas durante siglos a pintores masculinos. Su calidad pictórica es incuestionable, pero durante muchos siglos ha sido considerada más relevante por su vida que por su talento. Pero esto ha cambiado hace relativamente poco tiempo, y así hace pocas décadas no solo se ha redescubierto su categoría como artista, sino que ha adquirido el status de símbolo del feminismo. Y es que en la personalidad de Artemisa Gentileschi se engarza creatividad con valentía, habiendo tenido una vida digna de cualquier manual sobre la emancipación femenina.

Artemisa era la única mujer entre la prole del pintor Orazio Gentileschi, un pintor toscano que alcanzó cierto renombre como imitador del naturalismo de Caravaggio. Nacida en Roma, desde jovencita descolló como una artista sobresaliente, perfeccionándose en el taller de su padre donde aprendió a admirar (casi a adorar) al omnipresente Caravaggio, personaje que había revolucionado la pintura europea y referencia casi única de todos los artistas del sur de Europa. Sin haber alcanzado la mayoría de edad, maravilla a los círculos artísticos del momento con su impactante “Susana y los Viejos”, una lienzo donde Artemisa muestra una excelente asimilación de la herencia de Caravaggio pero matizada por su propia sensibilidad y donde al margen de su técnica, da un giro argumental, interesándose más en mostrar una chica escapando de la opresión masculina que de relatar la fábula bíblica en sí. Hay que señalar que las mujeres tenían prohibido pintar desnudos lo que revela su fuerte personalidad e interés de ir un poco más allá en la temática de sus obras. Artemisia tiene todo el futuro ante sí, y dado que el acceso a la enseñanza de las academias profesionales de Bellas Artes estaba vetado a las féminas en Roma, su padre decide contratar a Agostino Tassi como preceptor privado. Agostino, pintor de segunda fila que solía ayudar a Orazio en determinados encargos, había trabado una gran amistad con la familia Gentileschi. Parece ser que su padre estaba obsesionado con protegerla contra posibles abusos manteniéndola encerrada en su casa y saliendo solo para asistir a misa y teniendo contacto únicamente con los ayudantes del taller de su padre y con su profesor…

Cerró con llave la habitación y después me tiró sobre la cama, inmovilizándome con una mano sobre el pecho y poniéndome una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos y me levantó las ropas, algo que le costó muchísimo trabajo. Me puso una mano con un pañuelo en la garganta y en la boca para que no gritara (…). Yo le arañé el rostro y le tiré del pelo, arrancándole un trozo de carne

Con esta claridad describiría en el proceso legal Artemisia el ataque sexual del que fue objeto por su preceptor (que se convertiría en probablemente en el violador más conocido en la Historia del Arte). Forzada la primera vez, parece ser que consintió las veces posteriores por la promesa de que se casaría con ella para “salvar su reputación”. Pero más tarde Artemisia descubriría que ya estaba casado por lo que su padre Orazio Gentileschi decide denunciarlo un año más tarde ante el Alto Tribunal Papal. Siete meses duraría el juicio sobre la violación, un proceso que fue muy mediático y sobre el que se conserva una completa documentación que refleja hasta los más mínimos detalles del juicio. Así podemos saber que Tassi ya había violado a su cuñada y había robado cuadros de su mentor y amigo Orazio Gentileschi, y tenía en mente asesinar a su esposa. El Tribunal siempre desconfió del relato de Artemisia, pensando que la denuncia se debía al hecho de que estaba casado y no porque hubiera sido forzada y en el juicio Artemisia será considerada más acusada que víctima, siendo sometida a un humillante y exhaustivo examen ginecológico. Pero no solo eso, sino que también se la llego a aplicar la dolorosísima “sibilla”, procedimiento por el que los pulgares de la víctima se colocaban en un instrumento que los inmovilizaba, con intención de aplastarlos lenta y progresivamente, por medio de un par de tornillos, pudiéndose la tortura extenderse durante varios días. Con este tormento los jueces pretendían ver si el acusador mantenía su versión de los hechos, lo que de ser así le daba un absurdo viso de credibilidad. El temperamento de Artemisia se demostró también en esta ocasión ya que sin cambiar una sola coma de su versión escupiría a la cara de Tassi “este es el anillo que me diste y estas tus promesas”, ironizando sobre la vana promesa de matrimonio reparador del violador mientras le mostraba sus dedos hinchados y amoratados. Agostino Tassi por contraste mintió tan profusa y descaradamente que los propios jueces le conminaron repetidas veces a retractarse de sus fabulaciones. Así acusó a Artemisia de haber escrito cartas eróticas a otros hombres, de que tanto ella como su hermana y su madre fallecida recibían continuamente amantes en su casa, e incluso que Artemisia había cometido incesto con su padre. Tras meses de juicio, el acusado fue condenado, pero Tassi no cumpliría ni un día en prisión, ya que el estupro no tenía la categoría de delito mayor y era castigado simplemente con un exilio durante un cierto tiempo o con una indemnización. Y para vergüenza de la muchacha, volvió a trabajar con su padre.

A los pocos días de finalizar el juicio tuvo que concertar matrimonio con un mediocre pintor al cual ni conocía para salvaguardar su honra. Y es que el hecho de que abusaran sexualmente de ella y la dureza con la que fue tratada en el juicio marcaría la carrera de Artemisia, poniendo todo su empeño en demostrar no solo que como artista no era inferior a ningún hombre, sino también en hacer gala de ello de una manera pública. Así el mismo año de su violación Artemisia pintaría su “Judith decapitando a Holofernes”, donde a  partir de una escena bíblica, la pintora retrata a dos mujeres degollando con brutalidad a un hombre, con una ferocidad digna del mejor Caravaggio. Esta obra es uno de los lienzos más perturbadores de todo el Barroco, y donde parece ser que Artemisia se transfigura en Judith, teniendo el decapitado Holofernes el rostro de Tassi.

En 1614 se traslada con su marido a Florencia, consiguiendo ser la primera mujer que ingresa en la Accademia del Disegno de Florencia, con lo que ello significaba. Obtendría popularidad y riqueza, llegando a colaborar con Buonarroti el Joven (sobrino de Miguel Ángel) en la construcción y decoración de la Casa Buonarroti y llegando a mantener una relación muy especial con Galileo Galilei, quizás la figura intelectual más respetada de Florencia. Pero a pesar de su éxito, debido a un exceso de gastos de su esposo (el cual vivía de las ganancias de Artemisia), Artemisia pasaba por grandes problemas económicos siendo acosada por los acreedores, lo que empujó a la artista, contraviniendo los cánones habituales de la época, a abandonar a su marido, pudiendo vivir como siempre había querido: viajando por toda Europa,  pintando para los grandes mecenas europeos, viviendo de su propio taller y dejando atrás todas las leyes y ataduras sociales.

Artemisia logro ser una pintora de éxito y se podría decir que fue la primera mujer de su tiempo que dedicándose a la pintura no se encerró en su casa, dándose a conocer, mostrando y publicitando su obra. Después de su muerte su figura desaparece poco a poco del mundo de la pintura y habrá que esperar al siglo XX para que fuera rescatada de las profundidades del Barroco italiano. “Artemisia Gentileschi fue la única mujer en Italia que alguna vez supo algo sobre pintura, colorido, empaste y otros fundamentos”, escribiría el crítico Roberto Longhi en un ensayo a principios del Siglo XX, en una clara muestra de displicencia paternalista…. Longhi era un representante de la corriente formalista en la crítica de arte que consideraba que la historia del arte es el producto de la evolución de las formas artísticas y donde no influyen en nada las circunstancias personales de la vida de los pintores, teoría que en el caso de la pintora italiana no parece muy acertada. Y si bien Roberto Longhi redescubrió a la Artemisia artista, será su mujer Anna Banti quien al escribir una novela titulada “Artemisia” en 1944 quien rescató la memoria vital de la pintora barroca. Pero será a partir de los 70´s la Gentileschi se convierte en un símbolo del feminismo al plasmar a través de sus cuadros no sólo su visión estética, sino la angustia, el odio y el dolor de su propia vida. Y es que como diría el filósofo francés Roland Barthes. Artemisia alienta “una nueva ideología, que nosotros modernos leemos claramente: la reivindicación femenina”, con unas figuras femeninas de firme actitud de coraje y fuerza tanto en el aspecto físico como ético, resistiéndose a ser manipuladas.

Artemisia Gentileschi podría ser considerada algo así como la Frida Kahlo de la pintura barroca, ya que, al igual que ella, es de los pocos nombres de mujeres pintoras con el que está familiarizado el público general. Y si a la mexicana parte de su fama la viene dada por su ajetreada vida en compañía de Diego Rivera, en la popularidad de Artemisia es indudable que ha influido su rebeldía vital ante las injusticias, siendo a menudo tomada como un símbolo de la violencia con que las mujeres fueron sometidas durante siglos. Pero también son dos grandes artistas en el sentido más esencial del término, que mostraron importantes innovaciones formales e iconográficas. Y así la Gentileschi es (junto a Anguissola y la flamenca Clara Peeters), la única pintora mujer con obra expuesta en la colección permanente del Museo del Prado. Y no es que a la Pinacoteca madrileña se la pueda considerar precisamente un reducto feminista.

Porque para feminismo valiente, el de la Gentileschi en el Siglo XVII

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