Conocí a Martha Escudero en un curso de escritura y después pude verla actuar en las míticas sesiones de «Contes y Cuentos» del Harlem Jazz Club. Comparto con Martha un amor incondicional por las historias, lo que me ha llevado a proponerle esta entrevista por entregas.

Martha me invita a su casa, en el encantador barrio del Fort Pienc de Barcelona. Me abre la puerta con el rostro soñoliento y me invita a que me ponga cómoda mientras ella se arregla. A los diez minutos aparece con café y un plato de sandía fresquita, no sé si es una costumbre mejicana pero se agradece: esos días Barcelona es un horno de inducción. Así que te has dormido, le digo con una sonrisa.

Me quedé hasta tarde viendo series, ¡estoy enganchada! (risas) ¡tengo un problema de adicción al cuénteme!

¿Y quién no? A que nos cuenten y a contar.

Es que, en esencia, todos somos seres narrativos; necesitamos historias, nos alimentamos de ellas, somos historias. Tu salud mental requiere que tú seas capaz de contarte tu propia vida. Todos acomodamos nuestros recuerdos a nuestra realidad, tenemos un discurso narrativo para nosotros mismos.

Sin embargo, hemos dejado de explicarnos historias.

Alguna vez he preguntado a un grupo de niños a cuántos les contaban cuentos en su casa y levantaban la mano dos. Tendría que ser obligatorio que los padres le cuenten cosas a los niños porque se establece una relación a través de la palabra. Cuéntale lo que te pasó, háblale para que él hable.

Y si queremos que nos expliquen una historia nos limitamos al cine, las series o el teatro ¿Por qué no vamos a que nos explique una historia alguien que sabe explicar una historia?

Es fascinante que a estas alturas del partido estemos un grupo de personas viviendo de un oficio que no está reglado ni tiene una formación específica ni un reconocimiento social. Nuestro oficio, que es la narración oral, en pleno siglo XXI no tiene un marco teórico, ni siquiera tiene un nombre definido.

¿Y cuentacuentos?

A mí no me gusta esa palabra, muchos intentamos huir de ella, no porque las palabras sean feas o bonitas si no porque es una traducción literal del inglés (storyteller) que no tiene traducción al castellano, y aquí el cuentacuentos se ha convertido en sinónimo de animador, niñera, etc. Hay compañeros del mundo de la narración que también se mueven en el ámbito académico y que han escrito tesis en relación esta cuestión. En todo caso, la narración oral que es algo tan de cercanía, tan de relación —y que es la madre del teatro—, ha quedado relegada al ámbito privado, no crece como espectáculo, como opción cultural. Los narradores contemporáneos hemos perdido nuestro parentesco con los narradores tradicionales que habían sido los juglares o los bululús, una figura que existe en todas las culturas. Ahora actuamos en el ámbito urbano, en salas ante grandes concentraciones de gente.

¿Qué escollos hay que superar todavía para consolidar vuestra profesión?

Aparte de la indefinición de la que te hablaba, tenemos el problema de que lo que hacemos nosotros es como un cuadro de Miró, que cuando lo ve alguien que es totalmente profano en la materia dice: pues si eso lo puede pintar mi hijo en el colegio. Sin embargo, se requiere de una formación y una práctica. Y otro de los problemas es la falta de propuestas de espectáculo de narración oral, consecuencia en parte de que los propios narradores no concebimos que el hecho de contar pueda ser un espectáculo.

¿Y eso a qué se debe?

La narración tiene la virtud de que yo te podría hacer una sesión aquí mismo; me basta un metro por un metro, no necesito más. Pero eso también ha traído la carga de que no hemos tomado conciencia de todos los elementos audiovisuales que intervienen en nuestro hacer, y de que la narración es un evento audio visual que se verifica en un espacio, un espacio que se transforma en un espacio escénico.

El hecho de ocupar un espacio y narrar en él ya conforma una escena. No hay discusión.

Que vale que no tenemos cuarta pared, que estamos trabajando de otra manera, sí, pero estás en escena y sabes que en esa escena —porque nos lo enseña el teatro y también nos lo ha enseñado el cine— se utilizan otros lenguajes que refuerzan aquello que estás haciendo. Y el narrador tendría que ser muy consciente de que ese lenguaje de la luz y del color en ese espacio escénico hará que una cosa muy sencilla se convierta en Hollywood. Y lo mismo sucede con la música o cualquier otro lenguaje: tú sabes que en las películas, si no hay violines lloras menos o no lloras (risas). Es esta magia maravillosa. Por eso una de las discusiones habituales dentro de la profesión es la de ¡esto no es teatro! Y vale que no es teatro pero es escénico, ¡nos están viendo!

Veo que existen diferentes sensibilidades, ¡sois como la izquierda española pero en narradores!

¡Algo así! (risas). Pero seguimos reflexionando al respecto.

Os encontraréis que a menudo lo que hacéis se confunde con stand up ¿qué implicaciones tiene eso?

Afecta pero puede ayudar. La diferencia entre un monologuista y un narrador oral es que aunque estamos usando la misma herramienta, contamos cosas diferentes. Un buen monologuista trabajará con los lugares comunes, con la parte de la realidad del ridículo y de reírse de uno mismo. Y tú te ríes, te lo pasas muy bien y te vas pa tu casa, pero al cabo de una semana no te acuerdas casi de nada de lo que dijo esa persona.

Solo que te reíste.

Exactamente. Sin embargo el narrador pretende que tú te acuerdes, que te emociones, que reflexiones, que se te mueva algo. Esa es la diferencia. Y es algo que cuando se explica se entiende enseguida, por eso hay que tomarse el fenómeno de los monólogos de una manera constructiva, como algo que puede ayudarte a llegar más rápido a la definición de tu propio trabajo.

¿Y de qué habla un narrador oral?

Hay tres tendencias dentro de la narración oral: contar cuento tradicional, contar cuento literario (que se debe adaptar u oralizar), y contar relato biográfico (tendencia con la que ahora todo el mundo está coqueteando), aunque hay narradores que trabajaron así toda su vida y fueron unos incomprendidos.

Te refieres a que se trabaja con material personal, como la autoficción que está ahora tan de moda en literatura.

Sí. Y aquí entra una parte muy importante del trabajo del narrador: el narrador es un artista, un creador, hay que trabajar, transitar mucho, hacer un trabajo personal que tendría que hacer cualquier artista para encontrar eso que te mueve, y luego actuar en consecuencia con las palabras.

Desarrolla.

Cuando tú cuentas algo que sucedió, tú cuentas un recuerdo, algo que ha sido construido por ti. Lo mismo sucede si trabajas a partir de un texto: tienes que trabajarlo hasta que se convierta en lo más parecido a un recuerdo. Tienes que empezar por saber ¿por qué me gusta este cuento? —que a mí esta parte me puede llevar un tiempito— y luego, ¿qué me está contando este cuento a mí? Y luego, ¿qué quiero contar yo a través de esta historia? Cuando yo veo algo que me cautiva, que me emociona, que pienso esto lo tengo que contar porque estoy que me lo cuento encima (risas) pero ha habido varias veces que he tenido que renunciar porque no podía ser.

Supongo que no todos los relatos aceptan el traspaso a narración oral, sin que eso deba considerarse un defecto.

Claro. Ni tampoco todos los autores, para mí hay autores que son inenarrables, como Cortázar. Pero, por ejemplo, en Alicante organizan encuentros entre escritores y narradores y a cada narrador le toca un escritor y tiene que contar un cuento suyo y dices ¡glups! ¿no? (risas). Yo tuve la suerte de trabajar con Nuria Barrios, así que me fui a la biblioteca a sacar todo lo que tuviera.

Bien.

No. Yo estaba en el acojone porque no encontraba ninguna historia que me viera capaz de contar, no que no me gustara, al contrario. Pero hasta que encontré una que dije mira por aquí sí que le puedo entrar, yo estaba es que me va a matar, me va a matar… Y al final fue una experiencia maravillosa, aunque ella flipó bastante (risas) ¡porque no era capaz de reconocer su propio cuento!

¿Pero entendió el proceso?

Sí, sí, sí, ella entendió cómo su cuento a mí me llevó a mi cuento. Y es que, por causas del destino, yo me dejé de leer un libro, uno, solo uno, se llama El alfabeto de los pájaros y cuando lo leí después ¡ahí estaba la narradora oral! Es una historia de una niña adoptada a la que la madre le cuenta su vida; la mejor versión de la leyenda de Sant Jordi que he leído en mi vida. Por eso insisto: el narrador es un creador que toma relatos tanto tradicionales como contemporáneos y trabaja a partir de ellos. La gente me dice ¿por qué no escribes tú tus cuentos? Y yo digo ¿para qué? ¡si ya hay muchos y son buenísimos!

Supongo que la extensión también puede ser una limitación ¿Cuál es la narración más larga que has hecho?

Un cuento de una hora. Pero cuando es un espectáculo formado por varias narraciones unidas mediante algún leitmotiv, la extensión suele irse a una hora y media. Aunque depende mucho del público, a veces puedes echar dos horas que ellos seguirán ahí encantados de la vida.

¿Cómo se convence al público para que se vaya contigo al mundo de las narraciones?

En la narración oral usamos continuamente la vieja retórica, empezamos el espectáculo con cualquier pretexto para decir quiéranme por favor, se lo van a pasar muy bien, etc etc (risas). Sabes que tienes dos minutos como mucho para conseguir que la gente se quede contigo, lo mismo que dicen que pasa con las primeras páginas de un libro, que te la juegas. Es muy parecido con el pequeño matiz de que nosotros tenemos al receptor ahí y de que es un acto vivo. Y después hay muchas cosas que tienes que tener en cuenta sobre cómo funcionamos las personas, tienes que calcular muy bien, por ejemplo en qué momento tienes que soltar la oreja de la gente para que puedan relajarse un poco.

Al final es narrativa: las escenas, las digresiones, las elipsis… pero ¿qué elementos dirías que son específicos?

A parte de la escucha súper activa y el trabajo comprometido, es pensar en el otro básicamente, porque si el que te escucha no te entiende ya puedes irte pa tu casa. Tú le vas a dar eso a otra persona y se lo vas a dar de boca a oreja, y no puedes desdecir ni puedes borrar. Hay que tener toda la conciencia de llevar al otro, de acompañarlo, de enseñarle lo que tú quieres que él vea. Yo por ejemplo, trabajo con imágenes, llego con mi película en la cabeza y tengo que ser muy cuidadosa eligiendo las palabras para transmitir esa imagen lo más claramente posible, lo mismo que se hace cuando se escribe. Porque tú no sabes lo que el otro se está montando en su cabeza y puede ser que si no le das los indicios o la información necesaria, no entienda nada. Es muy parecido a una experiencia de masaje porque tú vas a trabajar con otra persona que se está poniendo en tus manos y no la puedes dejar de tocar porque eres responsable de esa persona. Y esa cercanía, además, te proporciona un feedback inmediato.

¿Cómo se capta ese feedback en una sala a oscuras y abarrotada de gente?

Es una cuestión de práctica y cierta técnica. Yo vine hace veinticinco años a Barcelona a hacer una formación en la Escola d’expressió i psicomotricitat Carme Aymerich, que es una escuela de formación de formadores y educación por el arte. Y allí tuve la suerte de conocer todos los lenguajes expresivos de la mano de grandes profesionales (Sebastiá Serrano, por ejemplo, era uno de nuestros profesores). Y todas las herramientas que adquirí me ayudaron mucho en el tema de la comunicación, de alguna manera fui adquiriendo cierta práctica para leer el no verbal que es algo que el narrador tiene que trabajar mucho porque cuando estás contando tienes que estar muy pendiente de lo que está pasando, la gente te lo dice con la mirada, la postura, las respiraciones…

¡Ah!, ahora ya no sé cómo ponerme (risas)

¡Tranquila, que me acabo de levantar! Pero en esos momentos estás en un punto comunicativo de apertura absoluta. Lo que está pasando en la sala te tiene que estar entrando por todos los poros y así percibes las reacciones de la gente. Y eso es básico porque sin el público nosotros no existimos y por eso aunque tú estés en un escenario con todos los focos y no veas nada, no se trata solo de oír, hay otros sentidos para percibir lo que está sucediendo. Al final yo creo que se conecta a través de la emoción, no es a través de la mirada ni de la sincronía física. La mirada es importante pero también es peligroso porque a muchos nos hace sentir agredidos que nos miren fijamente, la cercanía física lo mismo. Entonces son muchos los elementos de la comunicación que tenemos que cuidar.

Martha apura su café y me lanza una mirada socarrona: Me estoy despertando, dice, ahora sí podríamos hacer la entrevista.

 

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