“Mamá, mamá: ¡Mira, un adoctrinado!” dice el chico sin saber que mira un espejo. La madre, complaciente, sonríe, le alborota el cabello y lo acompaña a la cama para que se acueste tranquilo. Después, arrastra sus pies hasta la cocina y pone la misma emisora de noticias de siempre en su desvencijada radio y se deja hacer mientras prepara algo para cenar. Entre el crepitar del aceite hirviendo irá asintiendo o denegando con la cabeza al escuchar una u otra noticia; uno u otro comentario; una u otra opinión. Sintiéndose tan cercana al hombre ese que tiene esa voz tan profunda y que dice verdades como puños (sic). Después, recoge el plato de la cena. Pasa por la habitación del niño a darle un beso en la frente y tapa su cuerpecito con la sábana. Para acostarse después al lado de su marido que se ha ido antes a la cama, y sin cenar, porque tenía jaqueca. Al día siguiente, en su trabajo, en el mercado o dondequiera que vaya, irá contando a sus amigos y/o compañeros las verdades irrefutables escuchadas ayer y haciendo propias las opiniones que fueron vertidas sobre su cerebro la noche anterior. Esa misma escena se repite en otra casa, con otra emisora, o cadena de televisión en que se emiten mensajes similares también teledirigidos al bulbo raquídeo del oyente o televidente. Lo único que cambia es el decorado y, lógicamente, los personajes; pero el hecho es el mismo y el resultado exactamente igual. Así, poco a poco, se va creando una sociedad adoctrinada.

Lo grave del asunto consiste en que, previamente al adoctrinamiento masivo con la consiguiente polarización de la ciudadanía, se ha ido adelgazando, menguando, sometiendo y utilizando la política educativa. Una política usada por ambos bandos para lo mismo: conseguir adeptos. Lo que ha llevado, como hemos dicho en otras ocasiones, a tener un país más lleno de ignorantes e imbéciles que el que teníamos hace quince, veinte, o, quizá, treinta años. Cuánto más estulta e ignorante sea la ciudadanía, más sencillo resultará el adoctrinamiento. De este modo se atenuará el esfuerzo para seducir al oyente o televidente. No se intentan crear librepensadores, como nos habrán leído en otras ocasiones, se crean estúpidos autómatas que depositan el voto, como si de una patente de corso se tratase, sin preguntar nada, ni tampoco discutir acción alguna al partido votado. Lo más triste es ver adoctrinados llamando al de enfrente adoctrinado. Insultando al espejo figurado en que se están mirando. Es la misma triste imagen que se produce cuando ves a un tambaleante borracho agarrado a un árbol que se ríe de otro borracho porque acaba de caer al suelo.

Únicamente desde el adoctrinamiento se pueden entender algunas situaciones que se dan en nuestro país. Así como el modo en que se tratan las noticias producidas en uno u otro bando. Porque, si bien el adormecimiento de la sociedad, es el primer paso del “modus operandi” de los adoctrinadores; la creación de una corriente de opinión es el segundo, para lo que utilizan a sus medios afines. Después, tanto desde las escuelas, o la universidad (aquí en minúscula por ser menos universal y más ombliguista que nunca) y sus medios, siembran odio y crean temor al que piensa diferente. Utilizan un argumento indiscutible: le provocan buscando su reacción. Si esta provocación no surte efecto, aumentan la presión un poquito más, llegando a una espiral de lo más salvaje. Cuando se produce la buscada reacción, podremos ver cómo, todos y cada uno de sus medios, mostrarán y comentarán la escena “ad nauseam” para contar lo malo que es el otro. Silenciarán la acción que provocó esa reacción y seguirán repitiendo esa escena, llegando a ser convertida en el argumento al que se alude en cada ocasión en que se tenga delante un micrófono. Todo en aras de conseguir el miedo y la diferenciación del resto. Y, claro, cuando la ciudadanía es estúpida toma ese argumento como una certeza repitiéndolo como un mantra.

El problema de fondo es el interés que tiene esta división en los partidos políticos que llegarán al poder. Esos son los grandes beneficiados. Por eso se mantiene este sistema. Por eso no se cambia la ley electoral. Por eso se ha permitido, y se seguirá permitiendo, que un partido votado por poco más de cien mil ciudadanos sea la pinza de gobierno. Una pinza de gobierno al que se le paga un pantagruélico peaje que sirve de acceso a la Moncloa. Un peaje que no va en beneficio del bien común. Porque, lejos de ser leales a España y los españoles, los partidos tienen lealtad para con su acceso al gobierno y su, consiguiente, engorde del bolsillo. Ese, y no otro, ha sido el problema de la España de las autonomías: la deslealtad. Por ese peaje se ha ido engordando el estado hasta límites insostenibles y, lo que es peor, manteniéndolo bien grueso y rígido para el propio interés. Hemos visto que, ante la amenazante llegada de un tercer partido o cuarto partido, a la disputa por la presidencia del gobierno, se han unido todos los demás para evitar que se les desmonte el chiringuito. Los bipartidistas lo harán para mantener su alternancia en el gobierno; los regionalistas para mantener su posibilidad en participar en suculentas pinzas con las que obtendrán pingües beneficios. Ambos dirán, por supuesto, que es por nuestro bien.

Las libertades y los derechos son siempre unívocas en nuestro país. Yendo del resto de regiones respecto de España y tomando un camino inversamente proporcional a las obligaciones, que son de España para con el resto de regiones. En una acrobacia imposible y malévola hay quien identifica España con Madrid. Así, según su criterio falaz, las libertades y derechos son del resto de regiones respecto de Madrid e inversamente proporcionales a las obligaciones, que son de Madrid para con el resto de regiones. Esta simple frase indica muy a las claras la falta de solidaridad existente entre las regiones de España. Siendo éste uno de los mayores problemas de nuestro país, el primero a resolver si queremos progresar, porque, como también hemos comentado en otros artículos, el problema de España no es ser una monarquía o república, ni un estado federal o confederado; el problema de España es la falta de solidaridad y empatía entre sus regiones. Unas regiones que tienen como parte de su más íntimo e importante patrimonio, las instituciones que las sobrepueblan. De ahí la nula capacidad crítica con las instituciones que, por su rigidez y enorme envergadura, son ineficaces. Algo imposible de corregir, aun siendo en beneficio de España, porque sería atentar contra el inalterable e inmemorial patrimonio de la región de turno.

Del ciudadano, en cambio, lo que se espera es el silente depósito del voto y el ingreso de la cantidad acordada en concepto de impuestos. Que sea, cuánto más autómata y tonto, mejor. Que no replique que se mantenga callado mientras ellos hacen y deshacen. Un librepensador no gusta. Alguien capaz de señalar, con menor o mayor acierto, las necedades patrias, no interesa. Como además haga pensar, peor. Lo que interesan son propagandistas que permitan seguir con el mismo juego de tronos. De modo que las mismas imbecilidades se repetirán una y otra vez porque no seremos capaces de señalarlas y corregirlas ya que estaremos adoctrinados. Todo para mantener este grueso estado estático parasitario y que se basa en el sopabobismo de las instituciones. Para ello mantienen la presión fiscal. Para que, con nuestros impuestos, paguemos sus sindicatitos, sus partiditos, sus asociacioncitas, sus organizacioncitas, sus religioncitas y sigan creciendo sus arcas mientras ellos están sentados en su despacho contando impávidamente sus beneficios. Todo ello multiplicado por cuatro porque contamos con Ayuntamientos, Comunidades Autónomas, Diputaciones Provinciales y Estado central. Instituciones, todas ellas, tendentes al engorde y la rigidez haciendo que nuestro país sea, cada vez, más menos flexible y ágil.

“Mamá, mamá: ¡Mira, un adoctrinado!” dice el niño mirando por la ventana. La madre, complaciente, le sonríe, alborota su cabello y lo acompaña a la cama para contarle un cuento y conseguir así que duerma tranquilo. Después, se prepara algo para la cena y se sienta a comérsela, parsimoniosa y tranquila, mientras lee un libro. La televisión y la radio están apagadas. En lugar de ese abordaje propagandístico, como ella lo llama, tiene puesto muy bajito para no molestar a su marido y su hijo, un vinilo de jazz. Mueve su pie derecho al ritmo de la música sin dejar de leer. De vez en cuando mira al infinito, sonríe, vuelve a leer. Se levanta a darle la vuelta al disco y aprovecha para beber agua. Vuelve a leer y a mover el pie. Cuando se silencia el vinilo y suena el feo crujido de la aguja, deja de leer y recoge el plato de la cena. Pasa por la habitación del niño y le da un beso en la frente mientras le tapa con la sábana. Después marcha a su habitación a acostarse junto a su marido que se ha ido antes a la cama porque hoy tenía algo de jaqueca. Al día siguiente, en su trabajo, en el mercado o dondequiera que vaya, escucha silenciosa las patochadas que dicen sus amigos y/o compañeros. Sonríe sin decir nada y continúa su camino, tarareando una canción, sabiéndose diferente al resto. Los demás la miran asustados. La señalan con el dedo y dicen: mirad, ahí va una adoctrinada.

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