La semana pasada leía en la prensa acerca de la decisión del departamento de justicia estadounidense de reabrir la investigación del asesinato de Emmet Till, el adolescente de color que fue secuestrado y linchado hasta la muerte en 1955 por piropear a una chica blanca. El interés por el caso fue revitalizado por un libro notable que apareció en 2017, The blood of Emmett Till, en el que se anunciaban falsedades en los testigos y la acusación. La historia de Emmet Till es de una tristeza e injusticia conmovedoras, que incluye los peores ingredientes de la historia siniestra del racismo en Estados Unidos.

Los enormes recursos materiales y científicos con los que cuenta la sociedad contemporánea propician la magia de que todo forme parte de nuestro presente, mostrando una capacidad para estirar el ahora que vivimos hasta donde uno quiera, desde hacer la autopsia a un faraón egipcio (ya llevamos unas cuantas) al conocimiento de la digestión de un hombre de la edad de Bronce (¿se acuerdan de la historia de Ötzi, el hombre de hielo?)

“Los enormes recursos con los que cuenta la sociedad contemporánea propician la magia de que todo forme parte de nuestro presente, desde hacer la autopsia a un faraón egipcio al conocimiento de la digestión de un hombre de la edad de Bronce”

Aprender del pasado no es solamente algo bueno, sino nuestro deber como pueblo con una cultura heredada. Afirmar lo contrario sería negar la importancia del conocimiento de la Historia y cuánto puede ayudarnos a timonear mejor nuestro futuro. Sin embargo, cuando hay cuestiones ideológicas efervescentes en juego en la reapertura de una fosa o un caso, me asaltan dudas sobre el impacto real de la nueva información y el uso sectario o interesado que parte de la sociedad  puede hacer de ella. Cuento todo esto porque, aunque entienda que son noticias radicalmente distintas, mi pobre cerebro ligaba la noticia de la reapertura del caso Emmett Till con las informaciones sobre ese nuevo intento (infructuoso de momento) del gobierno andaluz de buscar los restos de Lorca, siguiendo la dirección marcada por el dedo de Ian Gibson, ese Pinzón de la memoria histórica que lleva décadas oteando en la lejanía de la muerte de Federico. En la carrera hacia los restos del poeta, llevamos ya mucha tierra removida y no poca charla vacía sobre el tema, y ahí es donde la frontera entre interés cultural o científico y agitación ideológica se complica y desdibuja.

“… sin embargo, cuando hay cuestiones ideológicas efervescentes en juego en la reapertura de una fosa, me asaltan dudas sobre el impacto real de la nueva información y el uso sectario o interesado que parte de la sociedad puede hacer de ella”

La primera pregunta que me hago cuando me asaltan estas dudas es por qué se reabren ciertas fosas, qué se gana realmente con ello. La segunda es más concreta: y cuando se encuentren, ¿qué? Con los grandes escritores, y Lorca es uno de los mejores, nuestra única obligación debería ser leerles, divulgar su legado y mantener viva la llama de su genio. El resto corresponde solamente a la familia. Un amigo bien informado y mal pensante me dice que para todo el circo mediático y no mediático que hay constituido en torno a los restos de Lorca, la buena noticia es en realidad que no se encuentren sus restos. Si me escandalizo por lo que afirma (cosa que ya no hago desde hace tiempo) y le pregunto por qué hay más interés en no encontrar sus huesos que en hallarlos, mi amigo me contesta que hay mucho más negocio en libros, conferencias pagadas, cursos de verano o artículos en especular acerca de dónde pueden estar los restos que en encontrarlos, que detendría la industria de hablar sobre Lorca y cerraría el business. No sé si alguien habrá realizado un estudio acerca de si se ha leído más a Cervantes desde el supuesto hallazgo de sus restos (¿recuerdan aquel otro circo?), pero me da que habría bien poco que medir.

Seamos serios: casi nadie sabía quién era Carlos Haya o José María Pemán hasta que la memoria histórica se cruzó con los rótulos de sus calles. Hagamos un censo de cuánta gente vivía desde hace décadas en la avenida de Agustín Foxá sin saber si era escritor, fascista, maestro tonelero o el insigne inventor de la gaseosa. Tenemos derecho a la memoria, qué duda cabe. Y el deber de conocer nuestra Historia. Pero también podemos tener derecho a que nos dejen olvidar, y por eso propongo una ley (universal, a ser  posible) de olvido histórico. Hay ocasiones en las que conviene recordar, cierto, pero otras muchas en las que lo verdaderamente sano es tratar de olvidar la cuestión para siempre. Existen hechos que por vergonzosos, ignominiosos o denigrantes ganamos muy poco conociendo sus detalles y bastante más ocultando a nuestros hijos que algo así ocurrió una vez.

“Hagamos un censo de cuánta gente vivía desde hace décadas en la avenida de Agustín Foxá sin saber si era escritor, fascista, maestro tonelero o el insigne inventor de la gaseosa”

Recordar nuestra historia negra y abrir fosas, además, parece caminar en contra de cómo funciona nuestro cerebro. Estudios de neurociencia y psicología social han demostrado que tenemos más posibilidades de repetir aquello que se nos ha recordado recientemente, aunque sea para decirnos que no se debe hacer. La verdadera técnica para provocar el olvido de una práctica, según parece funcionar nuestro cerebro, es tratar de que esa idea esté lo más lejos posible de nuestro horizonte mental. Se encuentra ahora en librerías un libro muy recomendable del psicólogo americano John Barth llamado ¿Por qué hacemos lo que hacemos?, en el que ofrece un ejemplo clarísimo al respecto; a los participantes en un estudio, fumadores, se les proyectó una serie televisiva, y después se les ofreció un descanso en el que podían fumar. Para controlar el funcionamiento del inconsciente, parte del grupo de estudio vio la serie acompañada de unos anuncios antitabaco y el resto sin anuncio alguno. Imaginan lo que pasó, ¿verdad? El grupo que había visto el anuncio antitabaco, con pormenores acerca de los riesgos de su consumo, mostró más necesidad de fumar en el descanso que el que simplemente había visto el vídeo de entretenimiento.

Deberíamos pensar muy bien, antes de reabrir fosas, intervenir nombres o reescribir el pasado con investigaciones del presente, qué puede sacar la sociedad de todo ello. Explicar y detallar de manera continua el racismo, machismo, o fascismo, también puede provocar que siga instalado en nuestro inconsciente de una manera mucho más viva que si no nos fuese recordado en absoluto. La mejor forma de olvidar esas fosas comunes de la vergüenza y el horror es precisamente evitando reabrirlas. Los cuerpos de seguridad conocen bien el efecto copycat. Cuando se produce un caso aberrante, si llega a los medios y se difunde con detalles, por desgracia siempre habrá un grupo de personas que en lugar de horrorizarse fantaseen con repetirlo. Por eso la policía siempre recuerda que lo mejor con los casos extremos es ofrecer una información mínima y gris, que no active el cerebro de los malos. Pero explíquele todo esto a esos programas que quieren ofrecer en directo la opinión de la prima segunda del asesino o los detalles de un caso que pueda ofrecer la primera novia de un violador, o a quien tiene ya libros contratados para hablar de alguien que fue muy grande y cuyos restos se esconden en algún lugar desconocido de la ciudad de Granada.

 

 

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