Estamos a/costumbrados a pensar que la Muerte es el final de todo, y seguramente, incluso con toda probabilidad, así es. Pero la Muerte es una psique conducida desde el oscurantismo de los viejos atavismos. Ordenados sistemas teológicos nos han atribuido, como cuchillo espinoso, la ideación de que morir no es algo natural, sino el colonialismo de todo un proceso divino. ¿Morir para seguir existiendo en un Valle de Canaán? Digámoslo con Quevedo: “Habiendo advertido que han remetido todos el juicio al valle de Josafat, mandamos que anden señalados en la república y que a los furiosos los aten, concediéndoles los privilegios de los locos para que en cualquiera travesura, llamándose a poetas, como prueben que lo son, no sólo no les castiguen por lo que hicieren, sino les agradezcan el no haber hecho más”, de Premáticas del Desengaño contra los poetas güeros. ¡Ah, qué palabro: “güeros”¡, que por según el Diccionario de Autoridades adquiere tal significado: “lo que está vacío o tiene dentro cosa inútil y sin substancia. Díjose propriamente del huevo corrompido y de que no sale pollo”.

Decíamos, decía que algunos poetas güeros continúan pensando que la Muerte es el fin no sólo de su propria Muerte, sino de la de los demás. ¡Ah, la muerte como el supremo y último ejercicio de la vanidad o el egotismo¡ Por ello yo es que ya casi estoy seguro que este neocolonialismo de la vida contra este continente/significado que es el morir no sólo es perverso, sino lloricón, maricón y eyaculación precoz, tal y como va anunciando por ahí este carromato de una organización criminal y subvencionada por un señor que antes llevaba bigote y ahora ni se sabe siquiera si lo pinta en lápiz cual Groucho Marx y que nombra como todos ustedes saben -J.M.A-. “No hay violencia de género, sino sólo violencia doméstica”, anuncia el anuncio con un slogan de chúpate allá esas risas: “feminazis”. ¡Ah, qué región de diablos todavía circula por esta tierra de conejos que es España¡ Pero estos diablillos palurdos y con gota en el dedo derecho del pie de la ultraderecha -que era el padecimiento de Carlos V de Alemania y I de España- no saben o no conocen -pues se han educado en las FAES- que han dado con nosotros, sobre todo con las mujeres, con este gran hontanar de la mujer hispánica, canaria, murciana, de Badalona, maña, galega o vasca nada menos que en Peralvillo. Peralvillo es pueblo de la actual provincia de Ciudad Real donde la Santa Hermandad asaeteaba a los condenados.

La Muerte siempre ha dado dignidad en los poetas que no han sido güeros, esto es, pollos, en todo caso, pollas, como el gran Hernando de Acuña -1520-1580- Decíase ansí: “¡Oh celos, mal de cien mil males llenos, / interior daño, poderoso y fuerte, / peor mil veces que rabiosa muerte, / pues bastas a turbar lo más sereno¡” -primer cuarteto de un poema de reminiscencias petrarquistas, poemas que por cierto odio hallaba el gran Quevedo en ellos- Pero todos sabemos que toda literatura es un mundo de inquietas contradicciones. Decía, decíamos que la Muerte ha estado en todos los sonetos de los que el que murió en exilio en Villanueva de los Infantes -1645-, don Francisco de Quevedo y Villegas -y en cuya cama-museo yo me he tumbado y me he echado unas fotos pero de esas antiguas no de las de ahora, el selfi y todas estas gilipolleces-, definía como poetas chirles y hebenes, buscadores de setas en nuestros reinos en donde nos plugo ordenar y seguimos ordenando todas aquestas premáticas para mandarlas guardar en ese carromato de las FAES, so las nuestras iras y penalidad de nuestra desgracias.

Quevedo -mal patria les den por el orto a los que por patria pierden neuronas y hasta la mierda que les cae en carriles por pensar ideas resbalando por esos calzones de un ayer francotirador- ha sido insultado en demasía a mi buenísimo parecer, y eso ocurre porque en verdad muy pocos se han leído a Quevedo, en todo caso, se han creído al dedillo o al dedazo, cual ingenuos e ingenuas vigilantes del mundo, las grandes letras de aquel cascarrabias, algunas dicen que misógino, yo le dejo en cacogaláctico, que es el palabro que me enseñó mi profesor de Bachillerato en el CIDE, aquí en el Mediterráneo.

Otro de esos sonetos que para el de Villegas odió es éste de Francisco de Aldana -1537-1578-, a quien Cervantes apodó como El Divino  en su La Galatea: “Mil veces callo, que romper deseo / el cielo a gritos, y otras tantas tiento / dar a mi lengua voz y movimiento, / que en silencio mortal yacer la veo // Anda cual velocísimo correo / por dentro el alma el suelto pensamiento, / con alto, y de dolor, lloroso acento, / casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo // No halla la memoria o la esperanza / rastro de imagen dulce y deleitable / con que la voluntad viva segura. // Cuando en mí hallo es maldición que alcanza, / muerte que tarda, llanto inconsolable, / desdén del cielo, error de la ventura.”

Y en esto estamos a toca o no toca sobre el complicado mundo de la Muerte. Pero no seamos cochitehervites, esto es, cuando uno quiere que se haga alguna cosa en un instante, como el que pusiese la olla y quisiese que luego en llegando al fuego cociese e hirviese -eso lo dejamos para los del carromato de las FAES y los machos patrios de esta Hispania pura, puta y pera-. Empecemos por trovar maridillo a toda “esta vida loca, loca, loca, con su loca realidad, que se ha vuelto loca, loca, loca por buscar otro lugar” que cantara Paquito Céspedes. Y tal es el casamiento que sigo en lo mío y por tanto anunciando que este miedo al morir surgió ya desde los inicios de la inhumanidad. No sin otra ideación por que per/virtamos los árboles armados de una ontología que debe derivar hacia la inteligencia. La Muerte nos ha vuelto necios, segregacionistas, despojados de una cultura cuyos espejos vaticinan por completo el enfrentamiento al final de la vida como un acceso a la verdadera inmortalidad.

¿Por qué esto que digo parece sacado del libro De elocutionae, cuyo autor, Demetrio Falereo -siglos I a. C y I d. C-, sigue siendo acusado de protagonismo por el amor a las palabras, sobre todo por su amor al estilo o a los estilos de todas las palabras? Sencillamente, pero sin caer en la sencillez, porque intuyo que únicamente lo que pervive es lo que está creado. Justamente y sin buscar justificación alguna digo esto por diversas razones, entre ellas, por lo que arrimo aquí:

Que una vez que la enfermedad, el accidente o el hastío nos arrebatan este hombre en la tierra que rozamos con manos de guitarras que suenan creemos, y decimos creemos, que siempre hay algo que queda, algo que se vislumbra desde la lejanía en sus contenedores del amor, del Arte, de la sabiduría, que ya son en sí una forma de eternización. Cuando observamos un cuadro de Piero Della Francesca es Piero Della Francesca quien sigue viviendo en el color, que es el alma de todo muerto, porque sus emociones, sus pulsiones, su ubicuidad en este mundo no se han desmoronado por completo, en todo caso, continúan ágiles y tempraneras en este código que procura que, ante el naufragio, continuemos agarrados a esta balsa de la Medusa pintada bajo los excesos matices de toda pluviosa perduración.

Un pensador que piensa no lo hace para un tiempo finito, sino para el transcurrir de la misma Medusa, esto es, una de las tres Gorgonas o monstruos con cabeza rodeada de serpientes cuya mirada convertía en piedra. Muere el pensador, el filósofo, el poeta, Rosa Luxemburgo, Maria Steiner y su libro que ahora estoy leyendo, entre reporterismo/novelismo, Hotel América, y sus obras, en forma de ese poder que sigue sustentando Medea, quedan como identificación de lo que uno o una fue y continúa siendo. La parte sensitiva ha desaparecido, de acuerdo. No busquemos eufemismos. Pero el poder de la memoria transcurre los días como una boca de Atenas con la sombra de sus piedras. Esta eternización siempre ha sido preterida por los que no han creído en la Virtud y en los novios difuntos, aduciendo que sólo se abren los aeropuertos ante el billetaje del alma. ¿Pero qué alma? ¿La de ayer, la de hoy, la que está subrayada, como papiros enrollados en las escrituras sagradas? Esa alma no es okey. Porque. Por/que hemos deducido, a través de una conciencia que piensa, pero que no ficciona, que el ser humano es sólo carne que se pudre perseverándose en la laminación de la materia. Todo materialismo democritiano es viable, pues sólo el atomismo indica que somos resumen de una biología que quiere entrar por la puerta de una casa y salir por la otra, donde se encuentran los cementerios venecianos. Pero partamos de un supuesto. Aquí va:

Desde el punto de vista materialista la Muerte es inmanencia, es existencia más allá de la decrepitud y de la pérdida de las aguas. En estos tiempos hipermodernos, ya sabemos que el ADN matérico se incrusta en el óseo de la calavera. Teniendo en cuenta esta velocidad de los siglos, de la tecnología, de la Ciencia como verdadera transformación de los hechos, y, asumiendo que somos mortales dentro de una inmortalidad genética, no hemos de olvidar que, desde los estudios de los Premios Nobel de la nanotecnología, de la fisiología, de la química, de la bioingeniería, la posibilidad de que el hombre ascienda al nuevo hombre, como un huevo que fue huevo antes que la gallina o a la viceversa, es larga, saludable, western y “ríete deso”. Existe un escribano mitológico en su huevo sepulcral que no es una utopía, en todo caso, una clonación de la memoria que nos conceda la embriaguez del 5 para recordar quiénes fuimos, qué hicimos y en dónde estamos o estuvimos. Intentamos deducir que, si concedemos tiempo para el colonialismo del Armstrong planetario, la vida se extenderá como un futurismo donde lo eterno sea como el mordisco de una Medusa, con el nombre de Gorgonas, para convertirnos en estatuas, aunque venga Perseo a arrancarnos la conciencia. Pero Perseo es un mito y nos/otros/as somos/humanoides/de/ADN que quién sabe si hoy -marzo 2019- proseguiremos sentándonos en las arpas de la poesía, del conocimiento, del amor, de la anticatástrofe, en definitiva. La Ciencia es lo único que nos puede permitir seguir amando hasta nunca, contra nadie, hacia siempre, en silencio o en un bolero de Flor Yvon.

De modo que no hay que tenerle miedo a la Muerte, porque como dicen los clásicos -exactamente Epicuro- cuando “Yo estoy Ella no está y cuando Ella está yo ya no estoy”. Por lo tanto, vivamos el acontecimiento de cada día y dejemos a los Premios Nobel que cabestren la noche eterna en el increíble olor que desprenderemos ante la protesta de los astros. Mi/entras tanto permanezcamos aquí, con los placeres que salen del revólver de las manzanas, amándonos como si el amor no fuera el tiempo. El tiempo únicamente es el pañuelo griego con que tirarnos a los ríos, que no van a parar al mar, porque el mar es el morir y a la Muerte hay que silenciarla -psssss, silence, con el dedo en el morral, como los jugadores de fútbol cuando cestan un goal- con el alcohol de las discotecas, con los libros de Pessoa, con la bohemia de los números algebraicos. No temamos morir, porque todavía no está claro que eso vaya a figurar en los textos de la Historia, pues ésta es circular como este gran manjar que es el Mundo en su devenir y que empalaga a los diablillos cojuelos con un par de cojones, pero sin embargo cuyas viandas vomitamos en el día a día de la tan presente y manipulada Historia.

A la Muerte hay que mirarla cara a cara, ya lo dijo Bernarda Alba. ¡Silencio¡ ¡A callar he dicho¡ ¡Silencio¡ Ésa es la única realidad que nos asiste: un silencio en torno al último segundo, tan arbitrario y epopéyico como lo que verdaderamente se asume como invisible. Somos invisibilidad ante este agitado mundo que es el que en certeza nos da Muerte cada día, con su pobreza de leyes impúdicas, con sus que/brantados querubines que nos asisten, que nos amordazan, que nos enmudecen las calles, la Unidad, el poncho coloreado. Nunca subamos a la Torre de Papel de Lija de Tokio, pues es el único sitio desde donde podemos caer y hacernos tris y pis. Sí. Un tris de besos donde se nos atarán las bocas.

La Muerte sólo es el peldaño de una escalera, un hombro que se disloca, un aguacero que momifica a los niños de tres segundos. Pero nada más. Pero nada más. Vivamos como si naciéramos cada día, como si ése fuera el último abrazo que damos a los cuadros de Kázimir Malévich, como si esperáramos aún la tormenta que tiene que domarse en las sillas que sacamos a los portones de los pueblos. Somos naturaleza indómita, un mundo que nos pertenece y al cual no podemos re/nunciar, porque el/hombre/es/una/hamaca en la oxidentalización de la eternidad.

Todo lo eterno pervive en el segundo, en un minuto, en todos los siglos, por una mera casualidad de la bioquímica, porque Epicuro ya nos avisó que nuestro nombre está bañado por piscinas, por vino, por una sensualidad que se arrima a todos los relojes.

Precisamente -queridos amigos y poetas güeros- es de mi urgencia que sepáis que es este epicureísmo el que debemos sostener y sujetarnos cual ministros de la Vida, pues en él nos va, nos va la renuncia a una teología de la Muerte, que es la que nos da miedo, la que nos asombra, la que nos hace consistir en el fabulismo y en las hostias que nos ponen entre los labios. No existe la extremaunción, en todo caso, una relectura de Nietzsche, un viaje a Polinesia, una estadística de la letra A. De seguro que allí podremos permanecer como príncipes de los billares recostados sobre la arena. La arena, que ya es el catafalco.

Insistimos: a la Muerte hay que mirarla cara a cara, darle plantón, no observarla desde el perspectivismo de las rosas ajadas. Si Ella está yo no estoy, si Yo estoy ella no está. En efecto, ella nunca está, porque la Muerte sólo ocurre a los otros. No lo duden, Ladies & Gentlemen, película Malayalam india estrenada en 2001 -canción también de Lou Bega pero en hispano: “Señoras y señores”-, desarrollad vos una otredad que nunca nos afecte, porque la hemos odiado tanto que ya no se atreve a pisar el café que tomamos cada mañana.

Y me despido de esta manera porque estoy harto de esta espantosa barahúnda de voces tan rellenas de letrones, que por tales nos venden zanahorias, rábanos o perejiles y otras suciedades, y como han oído decir que quien no te conoce te compra, disfrazan las legumbres porque no sean conocidas y las compren los enfermos. Elingatis dicen que es lamer, catapotia las píldoras, clíster la melecina, glans o balanus la cala, errhina moquear. “Y son tales los nombres de sus recetas y tales sus medicinas que las más veces de asco de sus porquerías y hediondeces con que persiguen a los enfermos se huyen las enfermedades”. ¡Ah, estas quevedianas, que bien sientan al buchón como tragaderas diurnas, nocturnas y a la albada!

Una mañana es todas las mañanas, ese tiempo en que producimos más días, más agostos que nos lleven a los Andes, donde permanecemos para siempre a la espera de los resultados de los Premios Nobel.

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