En la primera producción polaca de Netflix los años son muy importantes, no por nada la serie se titula 1983. Los años ochenta lo cambiaron todo en Polonia: en 1980 se fundó en los astilleros de Gdańsk, en el norte del país, Solidarność, el sindicato independiente que liderado por el carismático Lech Wałęsa haría temblar los cimientos del comunismo durante la llamada «década de Solidaridad». Porque a diferencia de otros regímenes autoritarios, el polaco lo tumbaron los mismos ciudadanos, sobre todo el movimiento obrero, que, irónicamente, se afilió en masa al sindicato. En 1981, el poder de Solidaridad era tan grande que el gobierno declaró el estado de excepción: la oposición —Solidaridad incluida— fue ilegalizada, perseguida y encarcelada, la economía se acabó de hundir, casi no había comida en las tiendas, se impuso el toque de queda y hubo violencia, arrestos y muertos. Cuando se levantó el estado de emergencia en 1983, al comunismo le quedaba poco más de un lustro de vida.

Además del significativo año del título, el logotipo nos da otras pistas sobre la serie: el 1983 está roto, la parte inferior de los números no coincide con la superior; es una forma gráfica de decirle al espectador que 1983 es una ucronía, o sea, un mundo alternativo donde a partir del año 1983 la historia siguió un curso diferente del que conocemos. Así, en la serie dirigida por Agnieszka Holland la democracia no llegó a Polonia al final de la década de Solidaridad, el Telón de Acero no cayó y la Guerra Fría no terminó con la disolución de la Unión Soviética, aún viva y coleando. El año del título, pues, también es una clara referencia a 1984 de George Orwell, la distopía por antonomasia: en el universo de 1983, el comunismo polaco ha sobrevivido, evolucionando en un régimen totalitario todavía más terrible que el anterior, donde la oposición católica se ha aliado con el gobierno y la avanzada tecnología permite controlar mejor a sus habitantes.

¿Pero qué ocurrió exactamente el año 1983 para desviar el curso de la historia de Polonia, truncando sus aspiraciones de libertad? Uno de los aciertos del guion de la serie es dosificar bien la información, negándole al espectador todos los datos: desde el primer capítulo sabemos que hubo unos atentados terroristas en Varsovia, Cracovia y Gdańsk, pero no sabemos exactamente quién puso las bombas ni por qué, aunque sus efectos políticos fueron el rearme del comunismo, la desarticulación de toda la oposición y el control militar de la sociedad. Los ocho capítulos de los que se compone la serie suceden en 1983 y sobre todo en 2003, cuando se conmemoran los veinte años de los ataques, lo cual parece un guiño a The Leftovers, otra serie donde un acontecimiento traumático sacude la sociedad.

Uno de los tres protagonistas de 1983 es Kajetan Skowron, un joven bastante famoso porque, de niño, fue portada de los periódicos durante el funeral de sus padres, muertos en los atentados; en 2003 se acaba de graduar en Derecho e investiga la extraña muerte de uno de sus profesores. Esta investigación lo lleva hasta el detective Anatol Janów, que a su vez investiga el supuesto suicidio de un joven que imprimía y distribuía libros prohibidos por el régimen, entre ellos 1984 y Harry Potter. Las pistas o las circunstancias llevan a Kajetan y Anatol hasta la tercera protagonista, Effy, la misteriosa líder de la Brigada Ligera, un grupo de jóvenes revolucionarios que quiere terminar con el régimen comunista a cualquier precio. Las actuaciones de Maciej Musiał (Kajetan), Robert Więckiewicz (Anatol) y Michalina Olszańska (Effy) cumplen sin destacar, pero a menudo pueden resultar banalmente dramáticos: siempre serios, siempre preocupados, siempre tristes, siempre alerta. Son las convenciones del género policíaco, ya que 1983 también es una serie policíaca, aunque el elemento político es el más importante —la lucha contra el poder, la lucha por mantenerlo—, porque, como dice Vicente Luis Mora, «la distopía es el único género literario que es político por naturaleza».

La acertada estética de 1983, un futuro pasado de moda, recuerda a la atmósfera del Blade Runner de Riddley Scott por los oscuros y neblinosos suburbios, con un toque muy asiático (vietnamita, en concreto), y por el contraste entre la avanzada tecnología capitalista (¡smartphones con internet y pantallas táctiles en la Polonia de 2003!) y la decadencia y el monumentalismo comunistas. Por otro lado, las características trenzas de Effy y la lucha de su Brigada Ligera contra la tiranía son una clara referencia a los moños y la resistencia de la princesa Leia en La guerra de las galaxias. Es de agradecer que en el universo alternativo de 1983 las mujeres también luchen y sufran, como en nuestra realidad, aunque quizás podrían haber tenido más roles principales, menos estereotipados y más presencia entre las filas del poder, solo masculino.

El gran riesgo de una serie como 1983 es resultar demasiado polaca, es decir, poco accesible para espectadores de otros lugares; pero Agnieszka Holland, reconocida en todo el mundo por películas como Europa Europa (1990) y por dirigir capítulos de series como The Wire, logra soslayarlo. Los polacos conocen bien sus difíciles años ochenta y, además, pueden interpretar la ucronía como una alegoría de su presente político, muy marcado por el duelo y el nacionalismo desde el traumático accidente de avión de 2010, en el que murieron el presidente del país y otras personalidades. Pero las audiencias no polacas también nos identificaremos con el mundo alternativo y distópico de 1983, reflejo del que surgió de los atentados del 11-S: su enfermiza obsesión por la seguridad es la nuestra, sus pocos horizontes de cambio son los nuestros. Si la serie tiene finalmente una segunda temporada, tal y como la trama parece sugerir, y la lucha contra el injusto sistema triunfa, quizás pueda darnos alguna idea para mejorar nuestro mundo.

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