A los más jóvenes resulta difícil hacerles entender que era “el Hipódromo”. Porque era algo más que un recinto de ocio. Era un microcosmos, con sus rencillas (muchísimas) y amistades (escasas). Donde los más pequeños mirábamos con respeto reverencial a los mayores, y escuchábamos e intentábamos aprender. Para muchos nosotros el Hipódromo era una parte de nuestra vida, y aunque suene estúpido, una de las más relevantes, con esa importancia que se da a las cosas cuando todavía vas en pantalones cortos, donde no hay un mañana, solo el hoy. Y “el hipódromo” era ese hoy. Si se planteaba un viaje a esquiar o a la playa, daba igual todo, pero el domingo a la hora de comer había que estar en Madrid, que se corría el Diputación Agraria. Y dentro de ese fascinante micromundo, donde cada uno tenía su sitio, Lorenzo Sanz era uno de los pilares. Desde siempre, desde el origen (mi origen) de los tiempos, siempre estuvo allí. Él probablemente no sabría ni quién soy. Yo era un chavalito que correteaba (bueno, correr estaba prohibido bajo severa amonestación de la pléyade de porteros que pululaban por Socios) y que le miraba desde abajo. Porque era grande, muy grande.

Y es que hubo un Lorenzo Sanz antes de las ligas y de las Copas de Europa, y de presidir Fomento, de la televisión y de la exposición mediática, incluso antes de Madrileño y Toba. Era el de Dufy y Curioso y el de Juan Manuel Sánchez. Con su clavel reventón rojo, su puro, su inmenso puro (hace poco me comentaba Fernando Sanz que un Davidoff), vivía las carreras como nadie. Las suyas, y las ajenas, aunque realmente todas eran suyas. Poca gente he visto (y he visto) vivir las carreras con el apasionamiento que las vivía “Don Lorenzo”.

Sanz era una fuente inmensa de recuerdos, un reflejo de su tiempo. Desde cuando arrancó un asiento de madera tras un polémico distanciamiento que le tiraba la quíntuple, hasta sus francas risotadas cuando las cosas le salían bien. Y es que era una persona realmente singular. En un ambiente clasista como jamás he visto, Sanz sabía mantener una cercanía con los empleados realmente admirable. No en plan limosna impostada, sino de una manera sincera. Desde la “señora del guardarropa” hasta el camarero que servía su mesa cerca de la chimenea (porque cada clan tenía marcado su territorio, cual guarida invernal) era una referencia en esa feria de vanidades con olor a naftalina y banda sonora de Raphael que era el recinto de Socios. Joder, si hasta tenía su taquillero. Sí, y no exagero. Era el que se situaba al lado de la escalera en la parte derecha. Lorenzo apostaba (mucho y en muchas combinaciones) y el taquillero le guardaba el boleto. Luego se acercaba…

-“Bueno, he acertado la doble ¿no?”

-“Sí Don Lorenzo, y la han pagado a 80″ (que equivalía a 4)

-“Vale, pues juégame a Barbarella en gemela con todos y en doble con todos”. Y ahí dejaba a la máquina de apuestas bufando (que lentas eran por Dios), mientras que él se subía a ver la carrera.

Nunca le vi pagar una apuesta, ni cobrarla (supongo que tendría cuenta), pero lo que sí le ví es soltarle 1.000 pesetas al taquillero después de acertar una gemela. Y por cierto, otra cosa que me chocaba mucho es que en vez de irse a las taquillas “serias” (de apuesta mínima 500 pesetas) se venía donde los “pelaos”, de apuestas de 50 pesetas.

Y si los caballos le gustaban, el fútbol y la quiniela le apasionaban. También “tenía” un portero que se solía situar convenientemente al lado de su palco, y que en una quiniela apuntaba los goles según iban cayendo (porque aunque ahora parezca increíble, todos los partidos excepto el del sábado se jugaban los domingos a la misma hora), y entre carrera y carrera le pasaba el parte de guerra a Lorenzo. El portero, literalmente, le adoraba. Años después me contó un habitual que Sanz se enteró de que dicho portero pasó por una muy complicada situación personal, y Lorenzo había conseguido solucionárselo y además conseguir un trabajo para su hija.

Lorenzo fue vital, sin duda. Le apasionó el turf, y ganó la estadística varios años. Le gustó el fútbol, y conseguió el hito histórico de volver a hacer de nuevo al Real Madrid campeón de Europa. Se podría decir que se bebió la vida sin mesura. Campechano, cercano, era un personaje de su tiempo. Contaba un amigo de mi padre que durante una época tuvo embarrancado una serie de negocios porque tenía un problema con unas licencias en el Ayuntamiento, y que tras años de pelea no conseguía obtener una respuesta. Día sí y día también tenía que rendir pleitesía en la sede municipal, esperando no solo a que le dieran una solución, sino incluso a que se dignaran escucharle. Un día, mientras estaba de guardia, vio a Lorenzo Sanz que salía de un despacho municipal, y que Lorenzo se acercó a saludarle con gran alborozo.

“¿Pero que haces tú por aquí?

“Ya ves, a ver si me dan una respuesta, que llevo así ya casi dos años, y voy a tener que cerrar los puestos”

“Dame 10 minutos, a ver que puedo hacer”. Lorenzo Sanz desapareció en el laberinto burocrático, volviendo al rato.

“Mañana a las 11.30 te espera XXXXX XXXXX, a ver si te puede dar una solución. Sino te lo arregla, me lo comentas el domingo, que no he visto en mi vida gente más vaga”

“¡Joder, Lorenzo muchas gracias!”

“Nada, hombre, el domingo unas croquetas y en paz”

El socio de mi padre contaba estupefacto que aunque se conocían de vista de Socios desde hace bastantes años, solo había hablado con él en contadas ocasiones.

Y todo esto, hace unos 40 años. Dice el tango que 20 años no es nada. Pero sí son. Es una vida. Una vida que ha sido un soplo. Joder, y todo esto parece que fue ayer.

“Y si empata el Osasuna, me avisas”

-“Por supuesto, Don Lorenzo”

Puta mierda de todo. Descanse en paz.

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