España pertenece a la gran mayoría de países democráticos para los que votar es un derecho, no una obligación. Por tanto, a efectos de nuestras leyes, tan legítimo es abstenerse como meter la papeleta en la urna.

La abstención, no justificada, conlleva una pena en los países donde el voto es una obligación ciudadana, como nuestros colegas europeos de Bélgica, Luxemburgo, Liechtenstein, o nuestros amigos latinos, Argentina, Ecuador o Brasil, además de Australia. En la mayoría de casos, esta consiste en una multa de un valor similar al de una infracción de tráfico. Normalmente, la obligación de votar, o, como en el caso belga, de hacer acto de presencia en el colegio electoral, se limita a una edad máxima. a partir de los 70-75 años según el país, ya no tienes esa obligación. No son raras las previsiones de excepciones para los ciudadanos afincados en el extranjero.

Hay otros países, como Grecia o Bulgaria, donde el voto es obligatorio sólo de nombre, pues no hay prevista pena alguna en caso de abstenerse. Luego está el caso italiano, donde incumplir el deber de votar conlleva penas simbólicas -a menudo no ejecutadas- como que tu nombre se publique en la lista de no votantes.

«Sé que es una cuestión polémica esto de si abstenerse es una irresponsable actitud cívico-política. Personalmente, creo que vale más una abstención meditada, que un voto irreflexivo»

Sé que es una cuestión polémica esto de si abstenerse es una irresponsable actitud cívico-política. Personalmente, creo que vale más una abstención meditada, que un voto irreflexivo. ¿Por qué estaría alguien obligado a escoger el menor de los males si no quiere ser cómplice de ninguno? Alguno me responderá que, entonces, el que se abstiene por convicción y no por dejar de invertir veinte minutos de un festivo en ir al colegio electoral, bien podría hacer el esfuerzo de personarse y votar en blanco. Poco puedo replicar, salvo que no estaría de más conceder mayor valor al fondo que los aspectos formales, en lo que a la vida civil se refiere.

Vamos ya con las leyendas urbanas. Charlando con mis amistades y conocidos he podido comprobar, elección tras elección, que siguen en vigor muchos mitos sobre el voto en blanco. El más común es que se suma a la fuerza más votada, así que mejor votar nulo.

Esto, os lo aseguro, es falso. Si bien, teóricamente -subrayad esta palabra- el voto en blanco beneficia a los partidos más votados. ¿Cómo es esto? Pues bien, para empezar, el voto blanco y el voto nulo se contabilizan al hacer el recuento en las urnas. Ahora bien, sólo el primero puede tener impacto en la asignación de escaños.

Me explico, imaginad que tenemos una circunscripción que reparte 10 escaños para el Congreso. De sus mesas electorales se extraen un total 100.000 votos escrutados y entre estos contamos 10.000 votos en blanco y otros 10.000 nulos. Cuando en Derecho se dice que algo es nulo significa que no existe a ojos de la Ley -esta norma general tiene algunas excepciones, como ciertas nulidades matrimoniales, pero no nos afecta en el conteo de papeletas. En consecuencia, los 10.000 votos nulos simplemente se descuentan. Utilizaremos los 90.000 restantes para decidir como repartimos los 10 escaños.

Ahora bien, hemos dicho que el voto en blanco no se suma a nadie. Por lo tanto imaginemos que esos 90.000 votos se desglosan en:

  • 10.000 en blanco.
  • 50.000 partido Y
  • 25.000 partido Z
  • y 5.000 partido N

Lo lógico será que sólo los votos que vayan a uno u otro partido sirvan para asignar escaños, es decir, los 80.000 restantes en nuestro ejemplo ¿no? Lleváis razón. En la aplastante mayoría de los casos el voto en blanco tampoco afecta en nada al reparto de escaños, aunque, teóricamente, podría dejar fuera a partidos pequeños.

Esto se debe a la barrera electoral. Veréis, en España para entrar en el Congreso de los Diputados, cada partido necesita obtener un mínimo del 3% del voto efectivo. Si no, aunque aplicando la Ley D’Hondt le tocase escaño, lo pierde en favor del partido mayoritario. Aquí tenemos el origen de la leyenda urbana.

Entonces, mirémoslo en un ejemplo: si tenemos 90.000 votos efectivos, el 3% es de 2.700 votos mínimos para entrar. Imaginad ahora que, en vez de 10.000 en blanco y 10.000 nulos, todos fuesen nulos, habría sólo 80.000 válidos, la barrera electoral entonces, baja a 2.400 votos. En teoría esto facilita la entrada de partidos pequeños. Ahora bien, aún a riesgo de hacerme pesado, debo insistir en lo de «en teoría».

«El voto en blanco suele quedar lejos del 1% de los votos. De modo que en la práctica no  tiene incidencia en el reparto de escaños, porque apenas atenúa la barrera electoral»

En las últimas elecciones, se emitieron 26.201.371 votos al Congreso, de los cuales 199.836 fueron en blanco. En las anteriores, de 24.053.755 votos válidos al Congreso, apenas 179.081 fueron en blanco. En ambos casos, sin perjuicio de que en algunas provincias pueda concentrarse un poco más, el voto en blanco suele quedar lejos del 1% de los votos. De modo que en la práctica tampoco tiene incidencia en el reparto de escaños, porque apenas atenúa la barrera electoral.

Incluso en algunas Comunidades Autónomas, con barreras electorales algo más altas, como Galicia o Baleares con una barrera del 5% por circunscripción y Valencia con una barrera también del 5% pero en toda la autonomía, el voto en blanco apenas tiene impacto para configurar sus Asambleas Legislativas.

Esto sólo cambiaría si el número de votos en blanco aumentara a porcentajes significativos. Entonces si podríamos decir que votar en blanco perjudicó a los pequeños partidos, dejándolos fuera del Parlamento, en favor de los más votados.

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