En la votación parlamentaria que elegía a Rajoy como Presidente de España, en octubre de 2016, 15 diputados socialistas decidieron saltarse la disciplina de voto y no respetar lo votado en el Comité Federal del PSOE, máximo órgano de decisión estatutaria de los socialistas, en aquel momento, que había acordado abstenerse y dejar gobernar a la lista más votada, por otra parte, la única opción viable de gobierno, en aquel momento.

Uno de los que iba a saltarse la disciplina de partido, pero en el último momento decidió mejor dimitir y así enarbolar la bandera del heroísmo fue Pedro Sánchez. Lo hizo con nocturnidad y alevosía, para no poder ser sustituido por otro socialista. El resto, además de los cuatro monos del PSC, eran sanchistas que hoy están en el Congreso, como Elorza.

Entonces, nadie habló de tránsfugas, ni se le aplicaron sanciones como tales. La tibia gestora del PSOE, apenas les impuso una modesta multa económica, ni les abrió expediente disciplinario, ni rompió relaciones con el desleal PSC, ni les apartó de sus cargos.

Hoy, la diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, ha decidido que no puede ni quiere ser cómplice de un gobierno del PSOE de Pedro Sánchez, con Podemos, los indepes catalanes, los nacionalistos vascos, los herederos de ETA, unos señores de Teruel, un canario que a veces es socialista y otros no… Eso le ha supuesto recibir insultos, amenazas y acusaciones varias.

Lo más sangrante es que los que hoy la acusaban de tránsfuga, o vendida, son los mismos que ayer defendían el derecho de los pedrosanchistas a votar en conciencia. Qué digo defendían, aplaudían, alababan y acusaban al resto de fachas, dictadores, vendidos al capital, ultras… Sus cosas.

Algunos, quizás muchos, tenemos la esperanza de que algún socialista, el martes, sienta la necesidad de votar en conciencia y vote no a este pacto de la morralla en el que hemos reunido lo peor de cada casa, con el único objetio de que Pedro Sánchez sea el Presidente de un Gobierno que, ni a él mismo le dejaría dormir y en el que estarían todos aquellos con los que no, nunca y jamás pactaría.

Pero el acto de dignidad o heroicidad de Ana Oramas no ha sido lo único sorprendente de estos dos días de la enésima investidura de Pedro Sánchez, no. Hemos tenido que ver a una representante de Bildu, los herederos de ETA, despotricar contra España, el Estado de Derecho y el Jefe del Estado, mientras la presidenta del Congreso, una de las máximas autoridades del Estado, no solo callaba en lugar de defenderlo, sino que salía de su parálisis solo para defender a quien aplaudía mientras mataban a españoles de bien, a lo que la bancada socialista respondía rompiéndose las manos aplaudiendo.

Algunos me afeaban hoy que no criticara el discurso intransigente y profundamente franquista de la ultra derecha de Vox, o que no pusiera de manifiesto el desesperado intento de Casado por ser más de derechas que la acera de los pares. Incluso que no le afeara a Arrimadas sus histriónicos esfuerzos porque no se les notara que se han quedado en 10 tristes diputados cuando hace unos meses podían haber sido socios dominantes de gobierno.

Y a todos os contesto lo mismo: de la derecha, de la ultra derecha o de los casi derecha, no espero nada, no comparto con ellos principios y valores, no son, no han sido nunca, ni serán de los míos, luego a esos, que les exijan los que les ha votado, que yo bastante tengo con sentirme corresponsable de lo que hacen aquellos con los que compartí militancia 20 años, a los que voté durante décadas y con los que sentí que si gobernábamos, el mundo, igual, podía ser un poco mejor.

No sé lo que pasará el martes, no sé si habrá tránsfugas, votos en conciencia o alguna bien pagá, lo que sí sé es que lo malo sería que Pedro Sánchez y su pacto de la morralla triunfaran, pero lo peor sería que este país acabara gobernado por la ultra derecha cínica de Vox y los acomplejados del PP de Casado. ¡Que dior nos apare!

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