El suicidio de chicas y chicos trans es una lacra que lleva demasiado tiempo entre nosotros. Muertes que, en justicia, hay que considerar asesinatos sociales, pues no se deben a su identidad, sino a la forma en que el mundo reacciona a ella.

A lo que hay que sumar, por igual razón, las depresiones, la baja autoestima, la soledad y los intentos de suicidio, cuyo porcentaje duplica el de la población general. Por no hablar de los problemas de adulto, como las dificultades para formar una familia o encontrar un trabajo. El conjunto configura un coctel explosivo que explica el alto riesgo que supone para una persona ser y reconocerse y vivir de acuerdo a su género sentido.

Pero, en realidad, no es suyo el problema. Es nuestro. Porque una sociedad que no es capaz de proteger a sus jóvenes no es una sociedad sana y madura. Es nuestra obligación ofrecer entornos adecuados para el mejor desarrollo de las futuras generaciones. Lo que pasa, ineludiblemente, por escuchar para así comprender sus decisiones y apoyarles en su camino.

La revista AMA Journal of Ethics dedicaba el mes de noviembre de 2016 a las personas trans. Entre las conclusiones que deja su lectura, destacan el continuo incremento del número de jóvenes que recurren a terapias hormonales y el que cada vez lo hacen a edades más tempranas.

Lógico. La teoría de la pirámide de Maslow -o jerarquía de las necesidades humanas- postula que, conforme se satisfacen cuestiones básicas, los humanos desarrollamos necesidades y deseos más elevados. Así, a medida que se han ido alcanzando metas en temas primordiales, como el derecho a ser llamado por el nombre que se desea o tener documentación que reconozca el género sentido, menores y jóvenes han comenzado a buscar mayores cotas de realización personal.

En ese nuevo espacio, el recurso a hormonas y bloqueadores hormonales se vuelve esencial. Y, cada vez más, es demandado antes, a fin de evitar la aparición indeseada de caracteres sexuales secundarios o manifestaciones físicas como la menstruación. Estudios científicos han mostrado que con ellos mejora la calidad de vida y se disminuye, de forma significativa, el riesgo de suicidio.

Frente a esta realidad se yerguen doctrinarios, como la ultra derecha o el feminismo radical trans excluyente (TERF), con sus santonas proclamando que “inducir un proceso de hormonación a una criatura es inaceptable, INACEPTABLE DE TODO PUNTO [sic]”. ¿Inaceptable? ¿Para quién?

Como guardianes de la fe y la pureza, disertan, desde la ignorancia, sobre cómo, cuándo y por qué usar esos fármacos, intentando imponer su pensamiento unidimensional al conjunto de la sociedad.

Las fobias ya sabemos cómo actúan. Rechazan el objeto de su odio por sistema y, a falta de razones, recurren al dogma o la normalidad. Y dicen que la práctica de empezar con hormonas a edades tan precoces como 11 años no es aceptable porque no es natural y la niña o el niño podrían estar confundidos.

No. La identidad de género está asentada en torno a los tres años y a partir de los cuatro tiene un carácter y sentido estable. Lo sabemos todos, por la ciencia y por propia experiencia. Pero en el caso de menores trans pretenden que lo olvidemos.

Nadie piensa que un niño cis, que dice que es niño a los 4 años, esté confundido. Nadie duda que una niña cis, que dice que lo es a los 5 años, pueda estar equivocada. ¿Por qué pensar entonces que los menores trans, a igual edad, sí pueden equivocarse en la percepción que tienen de sí mismos? Ambos, cis y trans, expresan lo mismo. Cómo se ven, cómo se sienten, cómo se viven. Y, si como sociedad sonreímos bonachonamente ante las afirmaciones de unos, pero nos mostramos horrorizados ante las afirmaciones de otros, estaremos provocando dolor, lesionando y, al final, matando.

Los menores saben y tienen derecho a ser oídos. Es preciso reconocer la necesidad de terapia precoz y, en paralelo, entender que preservar los derechos reproductivos, que pueden verse afectados por ella, debe ser incluido en los derechos de las personas trans. En España, la conciencia de preservar la fertilidad en estos menores existe y tiene traducción legal. Es por ello que podemos leer: “Antes del inicio de los tratamientos hormonales se ofrecerá la posibilidad de congelación de tejido gonadal y células reproductivas para su futura recuperación.” (Art. 16, Ley 2/2016 de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación, de la Comunidad de Madrid). Lo que es toda una declaración de intenciones.

Cierto que los desarrollos legales son incompletos. Cierto que es prioritaria una Ley Estatal de Igualdad Trans. Pero los primeros pasos ya se han dado. No permitamos que los elementos más retrógrados de la sociedad borren lo andado. Porque intentarlo, lo van a intentar.

Personalidades de la clase -la casta- política dominante ya están planteando la necesidad de abrir un debate sobre personas trans. Lo que equivale a abrir un debate sobre su aceptación social y sus derechos. Como si los derechos humanos fuesen debatibles. Se trata de propuestas con aroma a naftalina y que recuerdan otras épocas, esas en que se debatía, sesudamente, si la mujer tenía alma o sí debía tener iguales derechos que el hombre.

La política ha de entender que se precisan leyes pero que, más aún, se necesita voluntad real de aprender, aceptar y respetar. Para prevenir tanto daño, para evitar suicidios, para tener jóvenes viviendo libres su género, su sexo, su vida, hay que cambiar el medio en que crecerán.

La partida está echada. Si la transfobia gana, sus consecuencias serán terribles y acarrearán dolor y más, muchas más muertes.

No lo toleremos.

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