“Vivimos en un mundo dominado por el infantilismo de Peter Pan”. Para Juan Carlos Rodríguez, autor del libro De qué hablamos cuando hablamos de marxismo’, habitamos en una sociedad en la que hay demasiada gente que se niega a crecer y a comprender su mundo. El Peter Pan de la novela de Barrie era un egoísta. Un nene soberbio e incapaz de asumir responsabilidades. Peter mataba a los niños perdidos cuando crecían porque odiaba a los adultos. He recordado la reflexión del antiguo profesor de la Universidad de Granada sobre el infantilismo social, al observar las reacciones que se han generado por el encarcelamiento de un presunto rapero y delincuente reincidente. Más que infantilismo, creo que es tardoadolescencia.

«Nuestro país no es solo equiparable en virtudes y deficiencias, sino incluso supera a otros en garantismo y amplitud de derechos. Pero de lo que caben pocas dudas es que España es una democracia tonta»

Puede que España sea una democracia plena, si lo entendemos como un sistema representativo y capitalista con elecciones libres, donde se garantizan un conjunto de derechos fundamentales. Nuestro país no es solo equiparable en virtudes y deficiencias, sino incluso supera a otros en garantismo y amplitud de derechos. Pero de lo que caben pocas dudas es que España es una democracia tonta. ¿Cómo calificar un país que subvenciona alegremente a los que la difaman, mantiene en su Gobierno a personas estrechamente relacionadas con intereses extranjeros o cede la educación para que adoctrinen a las nuevas generaciones en la hispanofobia?  ¿Cómo calificar a un país que constantemente pide perdón por existir, que abandona a sus ciudadanos leales a su suerte o que se achanta ante dictadores?

La última película de Ken Loach, Sorry, we miss you, describe una sociedad en decadencia, donde los lazos humanos y sociales se mercantilizan con una celeridad similar a la desaparición de su clase media. Cuenta la historia de un trabajador que después de años de empleos precarios decide probar suerte en el mundo de los repartidores; esos que nuestros tribunales de justicia han calificado como falsos autónomos. El grado brutal de explotación y las consecuencias de un modelo social pensado exclusivamente para enriquecer a unos pocos, componen un cuadro tan hiperrealista como destructivo. Cuando un falso autónomo tiene un accidente o es atacado, lo primero en que la empresa piensa es en el pedido. Una realidad social lacerante que se completa con la gente que conocemos en ERTE o las colas del hambre. Y en un contexto de realidades profundamente hostiles, llega un Gobierno, tan servil con los fuertes como pendenciero con los débiles, y un presunto rapero a decirnos lo malos que somos y lo justicieros que son ellos. Y lo peor de todo: su discurso tiene éxito.

Los nenes que se dedican a la revolución desde su red social favorita, mientras encargan una pizza por Deliveroo y se compran un caprichito por Amazon han decidido salir a la calle a imitar lo que han visto en las calles de USA. Como todo el mundo sabe, el problema principal que nos aqueja es que hay que evitar que este individuo esté en la cárcel, lo que se traduce en todas las medidas legislativas que hagan falta y todo el vandalismo que aguante la cabeza de un antidisturbios. Al fin y al cabo, si no les gusta su trabajo, hay cien esperando. Qué guapo es meterse con trabajadores que para llevar el jornal mensual a su familia tienen que esquivar los adoquines que les lanzan los niños pijos. Muy conveniente para que no se hable de otra cosa. Por ejemplo de la crisis de autoridad auspiciada por los políticos lloricas que dicen que están en la cárcel injustamente, después de dar un golpe de Estado, o alientan disturbios que destrozan las lunas de los sufridos comerciantes. Paga el contribuyente. Luego nos sorprenderá que algunos vayan sin mascarilla o celebren fiestas donde la policía debe entrar por la ventana. Cuando el portavoz de la policía dice en un programa de la mañana, casi disculpándose, que se usó una violencia desproporcionada con la policía a la que apalearon unos energúmenos es que estamos muy mal. Se supone que a un policía jamás se le debe agredir.

«La tardoadolescencia se nutre del universo de Harry Potter. El abracadabra que consiste en que las cosas, por arte de magia, aparecen y desaparecen, como los problemas»

En la sociedad tardolescente nada es un problema hasta que alguien nos lo dice. Pedimos un paquete, pero no nos interesa saber quién lo transporta o cómo lo trae. Mejor no pregunto. Solo sabemos que llega en 24h. La tardoadolescencia se nutre del universo de Harry Potter. El abracadabra que consiste en que las cosas, por arte de magia, aparecen y desaparecen, como los problemas. Cuentan con un conjunto de sortilegios o palabras mágicas que lo arreglan todo. Comprender el mundo y los mecanismos que activan o no determinados procesos sociales o sus consecuencias es demasiado pesado y aburrido. Ya dijo Marcuse que el surgimiento de una conciencia que combata la servidumbre, se ve impedido por el predominio de necesidades y satisfacciones radicalmente individualistas. En nuestra sociedad, el individualismo posesivo ha germinado de tal manera que ha reducido la protesta social a un juego de poderes gubernamentales para favorecer a un niño rico. Todos son derechos y cero deberes. No es extraño que haya youtubers que se larguen a Andorra para pagar menos. A ellos nadie les ha dado nada. Han nutrido sus barriguitas con wifi, en una nube de color como los osos amorosos. Y además, como todo el mundo sabe, el Estado se gasta la pasta en tonterías como educación y sanidad. Al fin y al cabo, ¿para qué contribuir?

Esta sociedad tardoadolescente se preocupa mucho del destino penitenciario de políticos, presuntos raperos, que además escriben mensajes machistas, o incluso de terroristas con crímenes execrables, pero le importa muy poco el destino de cientos de personas que se han criado sin oportunidades. Salen y entran de prisión sin futuro, más que, tal vez, vivir de la pensión de los padres, ya que no hay demasiado curro y menos para ellos. Puesto a preocuparse de delincuentes, ¿no sería más lógico que la izquierda se preguntara por el destino de esta carne de talego, cuya imprescindible inserción social es cada vez más difícil? No salen en las noticias, ni los veo en el Facebook. Además suelen ser feos. En las sociedades adultas, la gente que, se supone, combate a los poderosos asume las consecuencias de sus actos. No llora. Nunca la protesta social había estado tan barata. Miles de personas han combatido la injusticia sin quejarse ni lloriquear durante nuestra historia. Todos los tenemos en mente, aunque hoy también este Gobierno degrade a una parte de ellos con comparaciones que retrata a quien las realiza. En la España democrática y garantista asumir la responsabilidad de actos que consideras injustos no resulta tan gravoso como en una dictadura; como Rusia, Irán o Venezuela, donde los opositores hacen puenting sin cuerda por las ventanas, como sucedía durante el franquismo.

«Glorificar a asesinos de ETA o del GRAPO es hasta rentable. Te llaman progre. Mientras tanto, las víctimas calladitas y encerradas en su casa o bajo tierra para no molestar, no sea que se nos fastidie la reconciliación o nos digan facha»

Glorificar a asesinos de ETA o del GRAPO es hasta rentable. Te llaman progre. Mientras tanto, las víctimas calladitas y encerradas en su casa o bajo tierra para no molestar, no sea que se nos fastidie la reconciliación o nos digan facha. A esto ha llegado esta falsa izquierda degradada y cutre. Ha traicionado los valores que han hecho fuerte a la lucha por los trabajadores y convertido su mensaje emancipador en un post de Instagram. De Miguel Hernández al presunto rapero. Felicidades chavalotes. Gracias a vosotros se va a criminalizar la protesta social legítima durante los próximos años. Ya tenéis para amortizar la hipoteca.

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