Internet ha cambiado la sociedad, no cabe ninguna duda. Todo al alcance de un click. El cielo, el infierno y el purgatorio. Desde noticias hasta la compra de pañales, desde la tramitación de un seguro de hogar hasta la reserva del alquiler de un coche en las antípodas, todo pasa por la red. Somos esclavos de nuestra creación. Porque sin la vida virtual, la vida real estaría vacía. No solo la vida profesional sino, y fundamentalmente, la vida personal. La música de Spotify, las series de Netflix incluso el sexo de Erosguia. Porque ha llegado un momento donde el sexo está íntimamente vinculado a Internet. O internet vinculado al sexo… Porque desde los comienzos, donde los propios usuarios subían revistas escaneadas de revistas para adultos a los grupos de noticias USENET hasta la creación de los grandes emporios como Youporn no ha pasado tanto tiempo. Hay que señalar que se calcula que solo en España hay cerca de 20 millones de visitas diarias a páginas de carácter pornográfico (somos el decimotercer país por número de accesos a webs restringidas a adultos), o que solo Pornhub recibe cerca de 23.000 millones de visitas al año desde todos los lugares del mundo. Cifras mareantes que dan una idea de la importancia que tiene la pornografía en internet y en nuestra vida, y es que nunca en la historia el consumo de pornografía había alcanzado los niveles actuales. Porno ‘online’, en streaming o no, gratuito o de pago pero siempre disponible las 24 horas. Porque el porno no es únicamente una de las industrias más lucrativas el mundo o el pasatiempo favorito de los adolescentes masculinos en casi todas las sociedades, sino fundamentalmente un medio para entender a la persona y la sociedad de la que forma parte. Y es que como explica Laura Kipnis en sus diferentes libros, se podría llegar a pensar que es una expresión de carácter cultural que pone de manifiesto los límites de cada sociedad.

“El porno no es únicamente una de las industrias más lucrativas el mundo o el pasatiempo favorito de los adolescentes masculinos, sino fundamentalmente un medio para entender a la persona y la sociedad de la que forma parte”

¿Pero como influye en la sociedad este consumo tan masivo de porno? Porque en base a los fríos datos se podría decir sin temor a equivocarnos que nuestra sociedad se ha “pornificado”, y es que estamos inmersos en lo que se ha venido a llamar “el gran experimento sexual contemporáneo”: Y es que el debate sobre la pornografía no es nuevo, pero las circunstancias sí lo son. ¿Pero esta sobreexposición perjudica o beneficia? ¿El porno ha ayudado más a una cierta liberalización sexual o ha creado clichés fantasiosos (y peligrosos) sobre las relaciones? Hay argumentos tanto a favor como en contra. Por un lado parece claro que las actitudes distorsionadas de la realidad pueden promover conductas no deseables, aunque por otro lado hay estudios como el llevado a cabo en Dinamarca que indican el visionado de pornografía reduce el número de delitos sexuales. Los expertos aseguran que el porno alimenta las fantasías haciendo más placentera y creativa las relaciones de pareja, animando a experimentar. Se puede decir que gracias a un porno tan accesible se ha acabado con tabúes y prejuicios con respecto al sexo. Pero también es cierto que este mundo placentero, falso y editado puede llevar a la frustración al no alcanzar la perfección “exigida”.

Otro aspecto muy señalado por los detractores del porno es el blanqueamiento del acto de la violación, la idea de que a algunas mujeres les agrada que abusen sexualmente de ellas. En tiempos como los actuales donde en la sociedad occidental están más activas que nunca las políticas activas de igualdad, se viene denunciando una doble moral respecto a la pornografía. Bajo el lema de libertad sexual, una parte de la pornografía manda el mensaje de que las mujeres están para ser usadas y que el placer de ellos se logra mediante el sexo, abuso y agresión. Los vídeos más visitados así lo muestran; chicas sufriendo, pasándolo mal o incluso inconscientes durante la relación sexual. Se han hecho estudios que demuestran que después de haber visto gran cantidad de historias de ese tipo, se tiende a trivializar y minimizar los efectos de este acto, justificando y justificar con mayor facilidad al agresor. Esto nos lleva a otro estadio de la polémica… ¿Podría usarse el porno para dar una adecuada educación sexual? ¿Qué ocurriría si el material sexualmente explícito partiera de una mirada diferente, con un nuevo enfoque? Parece obvio que lo que “vemos” tiene una influencia brutal en nuestro comportamiento, para bien y para mal. El ser humano aprende una gran cantidad de pautas por observación, en lo que se denomina “aprendizaje social”, sin necesidad de razonar o asumir conscientemente todo lo que vemos.

“Los expertos señalan que el hecho de pensar que nuestra pareja consume porno en solitario hace que la autoestima se vea gravemente dañada, incluso llegar a producir sentimientos de traición o desconfianza

También hay que señalar la importancia del sexo en la propia relación de pareja. Los expertos señalan que el hecho de pensar que nuestra pareja consume porno en solitario hace que la autoestima se vea gravemente dañada, incluso llegar a producir sentimientos de traición o desconfianza, llegándose a sentir menos atractivo y sexualmente inadecuado. Pero sin embargo el consumo de pornografía en pareja está relacionado con una mayor satisfacción sexual.

Y es que al final el problema que ha surgido es considerar la pornografía como un fin, no como un medio. Y es un fin que puede resultar muy peligroso. Porque de acuerdo a diferentes estudios llevados a cabo en una universidad sueca en el momento en que una persona mira una imagen erótica, se lleva a la síntesis de un neurotransmisor denominado dopamina, un factor clave en el sistema de recompensa del cerebro. Y a medida que los cerebros de las personas los recompensan por ver pornografía, aprenden que el porno es una forma fiable de buscar buenos sentimientos y se busca repetir la experiencia una y otra vez. En realidad, ver demasiado porno puede compararse con cualquier otra adicción. Peligrosa, como cualquier otra adición.

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