¿Quién cree en las promesas de nuestros políticos? ¿Quién no se ha dicho o pensado: «hablan mucho, pero si tocan poder, todos hacen lo mismo»? ¿Por qué el discurso político, sobre todo en economía o empleo, suena tan poco creíble? Pues, tal vez, sea porque los hechos revelan que sus muchas de sus diferencias y supuestos proyectos, a día de hoy, son una ficción teatrera.

Aparentemente, las posiciones políticas de nuestro presente siguen respondiendo, o más bien imitando, a un esquema ideológico que se fraguó y consolidó a lo largo del S. XIX y principios del siglo pasado. Me refiero al enfrentamiento: conservador vs progresista. Sin embargo, desde aquella época han cambiado muchas cosas. En el S. XIX el Estado apenas asumía servicios que prestar a su población. En nuestros días, desde finales de la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, en Europa Occidental y algunos antiguos dominios británicos, como Canadá, Australia o Nueva Zelanda, el sector público proporciona a sus ciudadanos diferentes prestaciones, entre las que destacan: sanidad universal, acceso a la educación y pensiones públicas. Muchos países de nuestro entorno añaden, además, otras prestaciones sociales, como determinadas cuotas de energía eléctrica o agua, sin costo para quien no pueda asumirlo.

«Aparentemente, las posiciones políticas de nuestro presente siguen respondiendo a un esquema ideológico que se fraguó a lo largo del S. XIX y principios del siglo pasado: conservador vs progresista. Sin embargo, desde aquella época han cambiado muchas cosas»

Un jurista alemán, Ernst Forsthoff fue pionero en advertir que el Estado del Bienestar mataría al esquema político de izquierdas y derechas. La razón era bien sencilla: su coste. Para financiarlo, no pueden haber grande diferencias políticas. Se hace imperativo un consenso político en las líneas maestras del sistema tributario, a fin de garantizar un volumen de ingresos. En paralelo, por la misma razón, debe existir acuerdo de echar mano del endeudamiento público. Muy importante: hay que garantizar a los acreedores que un cambio de gobierno no supone un riesgo de impago, pues en caso contrario no facilitarían ni una moneda.

La deuda, para bien o para mal, no es una opción en el Estado del bienestar. Se hace imprescindible, ante la imposibilidad matemática de recaudar suficiente vía impuestos para pagar todos los servicios, o, en muchos casos, la imposibilidad de hacerlo indefinidamente. Me explico, si los impuestos se vuelven excesivos (hablo de excesivos en términos objetivos, no neoliberales) puedes pagar esos servicios un año, pero el anquilosamiento económico que generas, hace que cada año baje la recaudación tributaria, porque se produce menos. Al final, o reduces prestaciones, o bien quiebra la economía y no puedes ofrecer ningún servicio.

Esta dependencia de la deuda ha vuelto al Estado necesitado de determinadas corporaciones, holdings y… otros Estados capaces de suministrar los elefantiásicos créditos que cuestan sus servicios. Y, como el tamaño sí importa, los Estados del Bienestar con economías más pequeñas son los que lo pasan peor.

«Un jurista alemán, Ernst Forsthoff fue pionero en advertir que el Estado del Bienestar mataría al esquema político de izquierdas y derechas. La razón era bien sencilla: su coste. Para financiarlo, no pueden haber grande diferencias políticas»

También se obliga al Estado a mantener buenas relaciones con otros Estados vitales en términos de comercio o recursos naturales. Las famosas importaciones y exportaciones.

Tomemos el caso de nuestro país, España. Manejamos un presupuesto que, con ligeras oscilaciones año tras año, asciende a 450.000 millones de euros en gasto, frente a 300.000 millones de ingresos. La diferencia se compensa con deuda y… déficit, es decir, deuda impagada.

En los Presupuestos de 2018, los últimos aprobados en nuestro país, todavía en vigor, las cifras exactas fueron 451.119 millones de gasto, frente a 300.903 millones de ingresos.

Analicemos un poco los gastos:

El 39% se concentra en pensiones:

  • 110 millones en pensiones contributivas, para ser exactos.
    • Por poner en perspectiva este gasto anual, pensad que el rescate bancario asciende, según el Banco de España, a 77.000 millones de los que pagaremos el 80%.
    • En 2017, la fortuna personal de Amancio Ortega no excedía los 71.3000 millones, según la lista Forbes.
  • A las pensiones contributivas, podemos sumar, como gastos de la seguridad social:
    • 385 millones en pensiones no contributivas
    • 980 millones en prestaciones para de incapacidad temporal, lo que se conoce, como estar de baja por accidente o enfermedad.
    • 559 millones en prestaciones de maternidad y paternidad.
    • 585 millones en prestaciones a familiares.
    • Y 1.314 millones en Atención a la dependencia.

Nuestro gasto público en sanidad, alcanzó en 2018 la cifra de 75.435 millones y la partida de educación, un total de 46.088 millones.

En cuanto a la deuda, sólo sus intereses, asciende a 31.547 millones de euros. En su totalidad, la deuda pública actual asciende a 1.197.796 millones.

Por ponerlo un poco en perspectiva, el gasto presupuesto para nuestras principales instituciones, Gobierno al margen, en 2018 fue de unos 376 millones:

  • Casa Real: 8 millones.
  • Cortes Generales (Congreso y Senado): 212 millones.
  • Tribunal de Cuentas: 63 millones.
  • Tribunal Constitucional: 24 millones.
  • Consejo de Estado: 11 millones.
  • Consejo General del Poder Judicial: 58 millones.

En cuanto al Gobierno, sumándolo todo, esto es gastos diversos, nóminas de funcionarios y otros empleados públicos, determinadas prestaciones y subvenciones, gasto en determinadas infraestructuras, etc. alcanza la cifra de 55.000 millones. Las partidas principales del presupuestos de 2018 son prácticamente las mismas que las de los anteriores, año tras años. Más que al color político, las variaciones de los presupuestos, obedecen a si atravesamos una buena racha económica o una crisis.

«La continuidad presupuestaria entre gobiernos es la consecuencia inevitable para costear el Estado del Bienestar. Lo cual hace particularmente divertido cuando llega el momento de debatir los presupuestos (…) Todos los políticos saben hasta qué punto se parecen unos presupuestos a otros»

Como decíamos, la continuidad presupuestaria entre gobiernos es la consecuencia inevitable para costear el Estado del Bienestar. Lo cual hace particularmente divertido cuando llega el momento de debatir los presupuestos y el gobierno siempre los presenta como los mejores de la democracia y la oposición como los peores y más opresivos que han conocido los españoles. Todos los políticos saben hasta qué punto se parecen unos presupuestos a otros.

¿Por qué tanto teatro? ¿Ha muerto la política? A ver, no del todo. Para empezar quedan algún cuestiones netamente políticas, ajenas al gasto público: como el candente debate sobre la eutanasia. Además, hay motivos para pensar que, en la medida en que el Estado Nación se queda pequeño, echaremos manos de organizaciones internacionales, que deberán democratizarse para politizarse, a fin de poder hacer valer los intereses de la población en una economía global.

Eso sí, dentro del Estado poco se puede hacer y cada vez se podrá hacer menos. A la luz de las cifras que hemos visto, tan iluso es creer en bajadas espectaculares de impuestos, prometidas por la derecha, como en que subiendo los impuestos de los ricos todos nuestros problemas de tesorería se evaporan, como dice la izquierda.

¿Que por qué la política resulta tan poco creíble? Porque carece de medios para actuar. De ahí la sobreabundancia de imagen y publicismo en los partidos. Su única posibilidad de ganar votos y mantener vivo el sistema partidista estatal, tal como lo conocemos, pasa por preservar la ensoñación de que el gobierno, a través del Estado, dispone de grandes posibilidades para cambiar las cosas.

Y para votar, si pensáis como yo, os aconsejo elegir según las propuestas no económicas -que cada vez son menos- y sobre todo, según si el candidato os cae bien. Os prometo que lo último, lo digo sin cinismo.

¡Qué el miércoles os sea leve! ¡Y gracias por vuestro tiempo!

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