Dedicado a todos esos que se han marchado en soledad

 

En una Semana Santa sin procesiones en las calles, ¿te has parado a pensar en los penitentes del 2020?

Con esta pregunta no pretendo frivolizar ni mucho menos. Son ideas que surgen tras el eco del que dice «no aguantar más en casa encerrado» o aquellos que «pecando de listos» disimulan salidas injustificadas.

Pues bien, los que pertenecemos a la gran mayoría de #Yomequedoencasa estamos procesionando. Unos por el pasillo de su casa en la nueva tendencia running donde la meta, situada en el balcón sirve de liberación.

Otros procesionan hasta un trabajo imprescindible para que tú y yo podamos aburrirnos en casa. Allí continúan recorriendo metros y metros por el pasillo de un hospital, atendiendo un hipermercado, limpiando las calles, subidos al camión de reparto, velando por nuestra integridad, etc, etc.

Pero hay muchos, y sobre todo por ellos escribo estas líneas que procesionan por un camino sin futuro. Esos que se han ido en soledad. Los que nos dejaron entre lágrimas a distancia y dolor infinito por no poder abrazar, tocar, besar…y decir adiós. Los que rompen el corazón de un sanitario que impotente es el único en despedirle, y ahoga en desconsuelo a una familia.

Por todos y cada uno de ellos deberíamos pensar el modo de resarcirles cuando todo esto haya pasado. No se trata de ser más buenos, ni más comprensivos sino de acompañarles en el dolor. Cementerios con dos o tres familiares que lloran apartados unos de otros y edificios de hielo más fríos que nunca donde aguardan quien ya no tiene nada que esperar, deben ser compensados de algún modo.

Hemos vivido momentos muy difíciles en otro aciago marzo y España y sus gentes supieron estar a la altura. Ahora que disponemos de tiempo para aburrirnos, pensemos como hacerlo.

Todo pasa y todo llega, mientras tanto como dijo Machado se hace camino al andar.

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