Normalmente es difícil explicar las cosas de la política de verdad, que son prácticamente las mismas cosas de la vida de verdad en general. Lo más seguro es que cualquier argumento que necesite de más de medio minuto para ser explicado fracase porque el interlocutor desconecte, vuelva a la red social de turno, donde lo que cuenta es el impacto de un titular, sea falso o incorrecto, y que una aseveración rotunda, que se escriba en apenas dos líneas y se pueda gritar de un tirón sin ahogarse, termine el debate. Es el signo de nuestro tiempo: el del populismo simplista. Y que muera la razón.

La consecuencia inmediata e impepinable de ello, que nadie ignora hoy, es que quien afirma su razón como única cierta y respetable, de manera exclusiva, se revolverá tachando a quien con él trata de discutir de algo horrendo: facha o rojo, según la perspectiva. Y a partir de ahí se inicia el proceso que surge de la cultura de la cancelación, del ‘unlike’ social, que te hace odioso para una parte del mundo, por mucho que la otra te pueda venerar. O justamente por ello.

Pero si creemos que podemos asistir a este espectáculo como meros espectadores, estamos pero que muy equivocados. Este proceder no conoce límites. Ni objetivos ni subjetivos. Nadie está a salvo. Nadie en absoluto. Ni siquiera los que en un momento concreto pudieron ser bandera de los unos frente a los otros. Nadie. Tampoco Rafa Nadal, nuestro tenista. Ni siquiera él.

Nadal, además de un gran deportista, era hasta hace poco un facha odioso, simplemente porque se emocionaba ante los símbolos de su país con ocasión de sus triunfos en competición, algo absolutamente personal e íntimo, pero que los unos enarbolaron como ejemplo de orgullo patrio. La reacción en los otros fue inmediata: rancio nacionalismo españolista de un millonario en pantalón corto. Lo curioso es que ahora, con ocasión de lo acontecido en Australia con el eterno rival serbio y su incidente por no acreditar estar vacunado, Nadal se haya convertido para aquellos unos, por unas declaraciones más que coherentes (básicamente que cada uno haga lo que quiera, pero las normas son para todos y están para cumplirse), en el enemigo anti-ético de la libertad que encarna desde hace unos días Djokovic. Y Nadal mejor que esté calladito, que así está más guapo que siendo un rojo globalista…

Total, que Nadal es hoy ya un rojazo anti-libertad para los unos, quienes lo paseaban prácticamente como virgen en estampa junto al corazón, mientras para los otros, no lo duden, sigue siendo un facha repulsivo, aunque lo hayan pillado en un renuncio en pro del colectivismo. Que juegue bien al tenis, que nos haya hecho vibrar, que se le vea colaborando en la limpieza de una calle tras una inundación, que se muestre educado con las instituciones de su país, o que opine de la manera más razonable sobre lo que le salga de la raqueta ya no importa. No le vale ni a los unos ni a los otros, a los que se alimentan a golpe de impacto en redes de la enésima ‘fake new’.

Pero el problema es que usted, todos ustedes, como yo mismo, pueden ser mañana calificados de una cosa o la otra, o las dos al mismo tiempo incluso, por ser sencillamente tan coherente en su proceder como Nadal. Y claro que ni ustedes ni yo nos vamos a encontrar, creo, con la retransmisión por Eurosport al mundo de nuestra emoción por el himno nacional en nuestro honor en un evento deportivo en las Chimbambas. Ni tampoco, supongo, se entenderá de interés y relevante ponernos en la cara un micro para que demos nuestra opinión sobre quien decide vacunarse o no hacerlo y con ello tener que afrontar consecuencias restrictivas de algún derecho. Porque no somos Nadal. Pero sí somos los que decidimos, cada vez que se nos pregunta en democracia, quién queremos que nos gobierne y como queremos que lo haga. En eso somos exactamente igual que Nadal, por muy Nadal que él sea. Nuestra voz vale lo mismo que la suya.

Sería bueno, por tanto, que pensáramos un poco si queremos de verdad caer en esa dinámica de quedarnos en el grito que dura menos de medio minuto para decir lo que pensamos. O si por el contrario debiéramos tratar de escuchar a quien tiene un argumento que podamos aceptar o rebatir con un poco de sosiego y reflexión. Y sería igualmente bueno que trasladáramos esa reflexión al momento de elegir a quien nos tiene que representar. Fundamentalmente, porque ya hemos visto lo fácilmente que los unos y los otros nos quieren hoy y nos desprecian mañana (y lo harán, no lo olviden, acusándonos de que somos nosotros los que hemos “cambiado”). Porque en eso sí somos como Nadal, exactamente igual: fachas o rojos, según quien vocifere y más allá de lo que ustedes sean.

¿Saben lo que somos Nadal, ustedes, yo mismo y muchos más como nosotros? Gente normal. No lo olviden a la hora de tomar sus decisiones. Y no se dejen gritar. Ni por los unos ni por los otros.