El ser humano, como todos los seres vivos, está íntimamente ligado al ciclo de la vida. La muerte es la etapa final de ese ciclo vital que no siempre llega de forma prevista tras la culminación de una vida larga, cuando la fragilidad en nuestro cuerpo nos muestra las cicatrices propias de la vejez. El temor a la muerte es lógico, nos acompaña desde el comienzo de la Historia, en unas culturas de forma más acentuada que en otras, porque entendemos que la vida, en sí misma, es valiosa, y por ello nos aferramos a ella e intentamos darle un sentido incluso cuando nuestras condiciones vitales no son óptimas. Al fin y al cabo, determinar la calidad de vida no deja de ser un asunto subjetivo que no queremos ni debemos dejar en manos del Estado, mucho menos si éste valora la eficacia por encima del sentimiento. Durante siglos, el ciclo de la vida se ha vivido en familia, acompañados, haciendo más fácil y digno ese último tránsito de nuestra existencia hacia lo desconocido. Con fe o sin ella, la conciencia de la temporalidad era algo natural, ya sea porque la iconografía se encargaba de recordarnos la necesidad de conciliar las pasiones humanas con la salvación del alma, ya sea por entender que el dolor y el sufrimiento son, al fin y al cabo, inevitables.

«El temor a la muerte es lógico, nos acompaña desde el comienzo de la Historia, en unas culturas de forma más acentuada que en otras, porque entendemos que la vida, en sí misma, es valiosa…»

Pero en esta sociedad hedonista en la que nos encontramos en la actualidad, que promueve la eterna juventud y desprecia la vejez y el deterioro que conduce al dolor y al sufrimiento, asistimos a la deconstrucción del modelo ético y antropológico tradicional.   Más allá de la connotación metafórica que le damos, y que tiene que ver con la transformación, renovación o cambios en nuestra propia vida, la forma en la que escondemos el sufrimiento y la muerte nos confronta con nuestra propia debilidad como sociedad. La muerte se desliza en el silencio de los hospitales o las residencias donde tenemos al enfermo y a nuestros ancianos, expulsados de la vida pública y al cuidado de una medicina – salvo excepciones – despersonalizada, más pendiente de la gestión que de la curación integral y del acompañamiento de la persona. Muerte que se desliza también en el silencio de los hogares de los mayores que viven en una soledad no deseada.

Rotas las fronteras que separan la madurez de la vejez, creer que los mayores son meros individuos funcionalmente limitados, económica y socialmente dependientes, una carga ingrata de los que se puede prescindir, nos acerca dolorosamente a la Europa más nihilista que plantea no sólo la distancia física, sino también la psicológica con el otro, ese vulnerable al que se le puede limitar el esfuerzo terapéutico sin que quiebre nuestra conciencia.

Educados en una conciencia individualista y competitiva, el temor al desamparo, la angustia de no tener a nadie a quien hacerle falta es la verdadera pandemia de un Occidente que se muere lentamente de vejez, soledad y tristeza, para la que no hay suficientes respiradores conectados a corazones y latidos no artificiales. La forma en la que afrontamos la muerte depende en gran medida de la manera en la que confrontamos la vida. El desequilibrio en nuestro estilo de vida y hábitos que está provocando el confinamiento obligado por la pandemia del coronavirus nos enfrenta a la realidad de la muerte social a la que habíamos condenado a nuestros mayores. En esta melodía encadenada de solidaridad de balcones, descubrimos que el hospital, ese lugar para diagnosticar y curar, se ha cerrado también para ellos que, por simple economía de gestión, entran en la categoría de selección eugenésica por criterios de rentabilidad social y se les niega la opción de una atención decente y una despedida decorosa.

«Todas las pandemias tienen efectos devastadores sobre las sociedades, y la huella de desolación que nos está dejando el coronavirus será difícil de borrar de nuestra memoria colectiva»

Todas las pandemias tienen efectos devastadores sobre las sociedades, y la huella de desolación que nos está dejando el coronavirus será difícil de borrar de nuestra memoria colectiva. En cualquier sociedad civilizada, la fragilidad de la vejez se acepta mejor cuando se acompaña de valores como la experiencia y la sabiduría, lejos de la ideología fría y radical de iconos como Simone de Beauvoir, para quien los mayores ni tienen los mismos derechos ni las mismas necesidades que otras generaciones más jóvenes (La Vieillesse, 1970). La sensibilidad y compasión hacia el envejecimiento y su vínculo con la muerte nos impacta especialmente cuando, desde nuestra área de confort,  asistimos sin el ritual de despedida previo al cortejo fúnebre solitario de aquellos a quienes debemos la preservación del orden social. Escribía John Mortimer que los  hombres de verdad cuidan a su madre. Hoy, nuestros ancianos y enfermos duermen el sueño eterno sin hijos de verdad que los acompañen, porque hombres sin principios hace décadas que dirigen a hombres sin memoria.

Hoy más que nunca conviene recordar a Voltaire “la política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria”

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