Las palabras de Nadia Murad resuenan allí donde tienen cabida; ensordecen, retumban,
se elevan y entran en tu interior para curvarte. Parecen sacadas de un cuento de terror, de
un pasado lejano, oscuro e inerte, pero la realidad –a veces más de lo que desearíamos–
nos sacude.

La historia de Nadia, Premio Nobel de la Paz en 2018, al igual que la de miles de mujeres
yazidíes, se remonta a un agosto de 2014 cuando el grupo terrorista Dáesh, una vez
conquistado Mosul, penetró hacia los territorios del norte de Irak. En un avance
inexorable, los integrantes de Dáesh fueron especialmente despiadados con los yazidíes,
colectivo etonoreligioso perteneciente a la población kurda y que cuenta con raíces
preislámicas. Son, por tanto, una minoría dentro de otra minoría.

Una vez que el grupo terrorista alcanzó el territorio que había sido ocupado por los
yazidíes desde tiempos inmemoriales, decapitaron a los hombres, reclutaron a los niños
y arrestaron, violaron y vendieron como esclavas sexuales a las mujeres; obligándolas a
su conversión al Islam. Tras un intento frustrado (y castigado) de huída, Nadia consiguió
escapar aprovechando que su captor dejó la cerradura abierta. Llamó a algunas puertas
hasta que finalmente fue acogida por una familia musulmana, quien la ayudó a salir de la
zona controlada por este grupo terrorista.

Sin embargo, la historia de otras cientos de mujeres no acabó con este final deseado. Unas
no aguantaron más las vejaciones y acabaron con su vida; otras, en cambio, tras múltiples
violaciones, se quedaron embarazadas de sus captores. Violación como arma de guerra a
sabiendas que serían marcadas para el resto de sus días. Y es que la comunidad yazidí
tiene reglas muy severas en este sentido.

No obstante, si bien el Consejo Supremo Espiritual Yazidí emitió un dictamen
mostrándose a favor de readmitir a las mujeres, no ha sucedido lo mismo respecto de sus
hijos. Más aún, el sistema legal iraquí tampoco les ampara, pues en él se determina que
en los supuestos en los que el padre fuere desconocido se debe presumir musulmán. Así, conforme el grupo terrorista iba perdiendo poder en los territorios controlados, sobre
estas mujeres recaía el inexpugnable dilema de volver a la comunidad y lamentar que sus
hijos permaneciesen con sus captores; permanecer con ellos; o huir acompañadas a un
campo de refugiados. Además, muchas de ellas fueron engañadas, prometiéndoseles que
iban a poder visitar a sus hijos cada cierto tiempo a sabiendas de que ello no iba a ocurrir.
Nos encontramos, por tanto, ante hijos de mujeres violadas, seres humanos víctimas de
un bando y del contrario nacidos en un contexto de genocidio, crímenes de guerra y
crímenes de lesa humanidad.

En los últimos meses distintas ONG como Amnistía Internacional (AI) han dedicado su
trabajo a estos niños dando a conocer su contexto y situación. Así, no podemos estar más
de acuerdo con las conclusiones que se derivan del Informe “Legacy of Terror: The Plight
of Yezidi Child Survivors of ISIS” (“Legado del terror: La difícil situación de los niños
Yazidíes sobrevivientes de ISIS”) donde se incide en poner fin a la separación forzada de
mujeres yazidíes respecto de sus hijos, conocer su paradero y priorizar la salud física y
mental de los menores para que puedan reintegrarse en su familia y su comunidad.
Asimismo, es fundamental que sea garantizado el respeto de su derecho a la no
discriminación, su derecho a la educación y su derecho a una identidad legal, con el apoyo
expreso tanto del Gobierno regional kurdo, del Gobierno nacional iraquí y de la
comunidad internacional en su conjunto. Todo ello teniendo en cuenta que el Estado de
Irak es parte, entre otros, de la Convención de los Derechos del Niño, del Pacto de
Derechos Civiles y Políticos, del Pacto de Derechos Económicos Sociales y Culturales y
de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la
Mujer.

Cuidar, proteger y reparar a estos niños implica invertir en la sociedad y en las
generaciones del mañana; requisito indispensable para alcanzar una paz duradera. Como
mantiene Nadia Murad “no sólo debemos imaginar un futuro mejor para las mujeres, los
niños y las minorías perseguidas, sino que debemos trabajar constantemente para que
esto ocurra, dando prioridad a la humanidad, no a la guerra […] los seres humanos son
lo primero”.

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