Camilo Josè Cela escribía en uno de sus artículos de opinión que publicó en La Vanguardia que “recordar no es volver a vivir”. Construir la vida a través de los recuerdos es un camino arriesgado. El pasado, las imágenes que conservamos, lo que entendemos por verdad, y damos por bueno, es en la mayoría de las ocasiones algo inducido por nuestra mente.

«Los científicos advierten que la memoria no es un sistema de grabación de nuestras experiencias, sino una recreación adaptada para servir a nuestra supervivencia»

Los científicos advierten que la memoria no es un sistema de grabación de nuestras experiencias, sino una recreación adaptada para servir a nuestra supervivencia. Apuntan incluso que en un futuro (o es posible que ya esté pasando en este instante sin que lo sepamos), la ciencia conseguirá borrar de forma selectiva distintas memorias almacenadas en las mismas neuronas.

Mientras eso no llegue seguiremos evocando las imágenes y las emociones guardadas en nuestra mente. Francisco González Ledesma publicó en 2004 una magnífica novela «Tiempo de venganza», en la que sus personajes buscan la redención ejecutando una venganza pospuesta toda una vida. Para ello será necesario volver a rescatar los recuerdos, propios, y los de esa Barcelona de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta: “Era época de hambre, de vendedoras clandestinas de pan en las calles (pan que escondían bajo la falda, o sea, que sin duda estaba enriquecido con hormonas), de realquilados en pisos miserables y, por otra parte, de grandes fortunas, grandes mujeres, y por supuesto, grandes jodiendas en los meublés de lujo”. Una Barcelona roja, indeseable, azotada por el franquismo en su época más dura, en la que en una misma página de La Vanguardia se anunciaban medicamentos para el estómago y los intestinos por tres pesetas con ochenta céntimos, se compraban telares, se vendía una finca en el Paseo de la Bonanova por cinco millones de pesetas, y un poco más abajo, en un pequeño recuadro, dos cabras con su cría, y algún doctor se anunciaba como la solución a los problemas de debilidad nerviosa, sexual, neurastenia, agotamiento y sexología en general. Una Barcelona en la que los rotativos elevaban a Cary Grant a la categoría de ídolo de casi todas las mecanógrafas del Universo (nótese ese “casi”), en los que se informaba que al parecer se había visto a Stalin con buen aspecto, y se daba cuenta de los esfuerzos por conseguir una paz en Palestina y de la aprobación de la Declaración de Derechos del Hombre por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948.

Ya en su vejez, los protagonistas de la venganza de la novela de González Ledesma, los ilustres letrados Miguel Blay y Sergi Mora meditan su plan para borrar del mundo al también letrado Guillermo Grandes, causante directo del suicidio de Blanca, la compañera de estudios a la que ambos amaban, cada uno a su manera. Y a través de sus pensamientos reconstruiremos su época de juventud y veremos con sus ojos la que les toca vivir ahora. e inevitablemente, nos invadirá la nostalgia de aquellos tiempos pasados que siempre creemos mejores. Frente a ellos, el hijo de Sergi Mora, Carlos, representa el presente y también el futuro, el disfrute del aquí y ahora, el no pensar en lo que está por venir, una visión hedonista que refleja gran parte de la sociedad actual. No obstante, el autor tiene la maestría de señalarnos que todo tiene una razón y un por qué, y hasta las mayores evidencias van a tambalearse a medida que se descubra la verdad de esos años. La fina ironía, la poesía y la bofetada que es esta novela, hacen de González Ledesma uno de los maestros que nadie debería decir que no ha leído, porque no solo estamos hablando de literatura, sino de una lección de vida, capaz de llevarnos a un viaje en el tiempo y en el espacio, a una ciudad que ya no es como era, en la que hay ·”extranjeros en bañador, policías antidisturbios, okupas que vigilan a los antidisturbios y comerciantes que vigilan a los okupas” y en la que sigue presente “ la plaza Sant Jaume, donde los presidentes de la Generalitat, durante tantos años, fueron proclamados y luego detenidos” (cronista y visionario Ledesma).

«La fina ironía, la poesía y la bofetada que es esta novela, hacen de González Ledesma uno de los maestros que nadie debería decir que no ha leído, porque no solo estamos hablando de literatura, sino de una lección de vida…»

Hablaba de la memoria, de que todos tenemos en mente esas imágenes que damos por ciertas; algunas, como en mi caso, ya de otro siglo, construidas por el recuerdo de largos veranos de hojas secas en el asfalto, por el calor en las manos al sostener un cucurucho de castañas calientes el día de Todos los Santos, por jugar en la calle sin pensar en la hora de volver a casa, por los olores de las flores de las paradas en las Ramblas y por el silencio de horas solitarias. Y nada de eso será real tampoco, porque no es más que una construcción de mi propia mente, de mis emociones. “La verdad eterna es la vida que pasa”, escribió el maestro en la última página. Y no hay mayor certeza.

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