El pasado 1 de mayo se clausuraba el hospital de IFEMA entre la pompa que tanto gusta a la política, unos bailes y protestas de sanitarios.

Por sus instalaciones, que representan el esfuerzo y la unión como respuesta a la pandemia, han pasado casi 4000 pacientes. Su cierre, en la autonomía más azotada por la infección, escenifica el freno puesto al virus y con la salida de Patrocinio, la última ingresada, se rubrica el final de una etapa.

Y ahora ¿qué?

Bien, para empezar, desde diversas instancias científicas se plantea como una posibilidad real una nueva avalancha viral, una segunda ola que, en España, podría ser en fechas tan próximas como julio o agosto. Es lo que teme Margarita del Val, inmunóloga y viróloga del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, y avisa que podría ser peor que lo ya vivido. En sentido opuesto, especialistas como el francés Didier Raoult, rechazan la posibilidad de una segunda oleada.

En todo caso, es una posibilidad. Inquietante. Pero, de momento, solo una posibilidad. Por contra, es una realidad la otra segunda ola, esa que está trayendo a los centros sanitarios, de nuevo, a miles de pacientes.

Pacientes que ahora no están infectados por coronavirus, pero cuyas patologías son igual o más serias. Se trata de miles de personas con infartos, cánceres y tumores varios, hemorragias, etc. etc., que quedaron sin atender en lo más crudo del COVID19, que no desaparecieron y que ahora emergen a la luz.

Algunos con problemas conocidos. Otros esperando diagnóstico. En todo caso, muchos.

Para hacernos una idea, tomemos por ejemplo el cáncer. No se sabe cuántos cánceres están pendientes de diagnosticar y/o tratar, pero con los datos de 2019 podemos hacer una aproximación.

Según la Sociedad Española de Oncología Médica, el año pasado se diagnosticaron en España 161.064 nuevos cánceres en hombres y 116.170 en mujeres. 277.234 en total.

Dicho de otra forma, 23.100 personas fueron diagnosticadas de cáncer cada mes, 5.330 cada semana. Calculad las semanas de confinamiento y tendréis una visión de lo que está llamando a las puertas de la sanidad. Solo hablando de cáncer. Si sumamos los demás problemas, las cifras se disparan.

Durante la pandemia, en España, se han cancelado cientos de miles consultas, biopsias, colonoscopias, tratamientos, cirugías (más de 550.000 según el British Journal of Surgery), estudios radiológicos…. Cientos de miles. Y esta ola, ya imparable, no es una posibilidad, es una certeza a la que hay que responder y hacerlo, además, en un contexto asistencial diferente.

Aunque no lo pareciese, gestionar la crisis fue fácil. La población cerró filas y todos nos enclaustramos y apretamos los dientes y aguantamos. Lo difícil viene ahora. Cuando hay que gestionar la post crisis con una sanidad cansada y dolida por los fallos de dirección y prevención; con una población que duda de todo y de todos; con unos políticos más pendientes de egos, encuestas y réditos electorales que de los desgarros sociales.

Sí, gestionar va a ser todo un reto, porque el modo de proceder de ayer no nos sirve hoy.

Los viejos trucos de los mandatarios políticos ya no son válidos. No pueden, ni deben, recurrir a privatizar la recuperación de todo lo pendiente. No pueden amontonar enfermos en las consultas con intervalos de tiempo ridículos entre uno y otro paciente. No pueden dejar listas de espera creciendo hacia el infinito. Porque, dejado a su aire, el nuevo modelo de atención distanciada va a disparar la espera y, si antes la demora nos parecía larga, ahora habrá que pensar si convendría hacer testamento. Por si acaso.

Según señala la Comisión Europea, la epidemia ha revelado nuestros problemas estructurales, derivados de deficiencias en la inversión en infraestructuras y en las condiciones laborales del personal que trabaja en salud. Toca corregir esas deficiencias de la sanidad pública y, simultáneamente, la asistencia sanitaria ha de reinventarse.

Las consultas telefónicas o por videollamada han llegado para quedarse y solucionar problemas que no requieran una consulta presencial. Pero estas continuarán siendo necesarias y, unas y otras, requerirán planificación, medios y personal diferenciado para una atención óptima.

Además, la atención presencial -de consultas, pruebas o tratamientos- ha de partir de la premisa básica de evitar las aglomeraciones de pacientes, a los que habrá que distanciar en tiempo y espacio.

Con carácter general, habrá que aumentar el número de puestos de asistencia y ampliar horarios, adecuando consultorios y salas de espera al nuevo manejo con distanciamiento social. Habrá que cambiar los ritmos quirúrgicos, el tipo de estudio preoperatorio -dirigido al Covid- y los quirófanos tendrán que funcionar mañana y tarde a diario. Se necesitarán también cambios es cosas menores, como más líneas de teléfono y de red o introducir mobiliario que sea más fácil de esterilizar que las actuales sillas de asiento entelado, por ejemplo.

En otras palabras, se precisa un compromiso real de las administraciones públicas para incrementar personal y adecuar los medios físicos y económicos precisos a esta nueva situación que, sí o sí, va a persistir. Un compromiso que, de no asumirse, precipitaría a la sanidad pública española en una era oscura.

Habrá que liberar dinero y seguro que habrá que recortar.

La duda es si los recortes afectarán solo a los de siempre o bien la clase política estará dispuesta a respetar el dinero de todos, a administrar con rigor y, aunque sea sólo por dignidad, a prescindir de la caterva de amigos, familiares y otras especies colocados, con jugosos sueldos, por esa agencia de empleo que son los partidos políticos.

A partir de esta crisis, o la política aprende a gestionar con honestidad o los españoles deberíamos aplicarle un ERE especial y definitivo, sin pensiones millonarias y sin puertas giratorias

Hay una cosa más. Otro punto primordial en esta reconversión: nosotros. La sociedad en su conjunto también ha de ajustarse. Es inevitable porque, bien los recortes (económicos o sanitarios), bien las subidas de impuestos, nos van a afectar y es imperativo que nos impliquemos en la gestión del nuevo modelo. Debemos concienciarnos de lo cara que saldrá ahora cualquier consulta, cualquier cirugía, cualquier ecografía, cualquier análisis. Y actuar en consecuencia. Hacer un uso lógico, meditado, de la sanidad debe ser un compromiso social. De todas y de todos.

No quiere esto decir que no haya que acudir a los centros sanitarios, pero sí que, o nos mentalizamos y cambiamos hábitos, o la segunda ola nos llevará por delante. Aunque no vuelva el coronavirus.

El problema es real. Está aquí y nos afecta por entero. A unos como profesionales, a otros como pacientes, a todos como pagadores de los tributos que sostienen el sistema. A todos nos toca trabajar y solo tenemos dos alternativas: o remar juntos en la misma dirección -controlando muy de cerca a los políticos- o permitir que el sistema desaparezca.

La sanidad española no puede pasar de los aplausos al colapso. Porque, si pasase, tantas heridas, tanto dolor y tantas muertes no habrían servido para nada.

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