Desde su inicio, el movimiento LGTBIQ+ ha sido sumativo.

Su inclusividad, puesta de manifiesto en la incorporación paulatina de las siglas que lo definen es, en sí misma, una victoria de la igualdad. Lo que no excluye que haya personas, dentro del colectivo, que rechacen los avances en derecho igualitario.

Por ejemplo, Jean-Pier Delaume-Myard, gay, periodista, portavoz de la retrógrada La Manif pour Tous, opuesto al matrimonio igualitario y que reclama «que cada niño tenga un padre y una madre».

Pero no ha sido hasta los últimos tiempos cuando se ha generado un auténtico movimiento interno con la finalidad de dinamitar la igualdad y borrar a parte de nuestro colectivo. En especial a las personas trans, pero también a intersexuales o, entre otros, a los llamados gais malos.

Una corriente organizada para difundir una doctrina específica y no inclusiva que, a fuerza de repetir consignas y presionar a la clase política, se pretende que sea asumida por la sociedad. De momento, el gobierno de Reino Unido plantea revertir la reforma prevista en la Gender Recognition Act (Ley de Reconocimiento de Género), de 2004, y hacerla más restrictiva para las personas trans. Una contrarreforma en línea con lo defendido por la LGB Alliance, organización británica puesta en marcha en octubre de 2019.

La LGB Alliance, auténtica quinta columna, tras el borrado de las letras T e I, se ha empleado en implantar eslóganes excluyentes, como que las personas intersexuales «necesitan tratamiento médico» o que las mujeres trans son «peligrosas para las mujeres cis género, por lo que deben ser excluidas de los espacios de mujeres». Además, rechaza que la escuela eduque en diversidad, repudia el matrimonio homosexual y veta la posibilidad de subrogación para gais.

Según parece, tendría conexiones con organizaciones neo conservadoras, activistas evangélicos radicales y grupos racistas, situándose en un espectro ideológico muy alejado del que dice defender. Espectro que se clarifica al ver que ha recibido elogios tanto de la ultraderecha británica como de los colectivos TERF (Feminista Radical Trans-Excluyente).

En España, las alarmas saltaban cuando, hace unas semanas, la Secretaría de Igualdad del PSOE hacía público un documento «interno», atacando a las personas trans, que pronto recibía el aplauso -qué casualidad- de Vox, HazteOir y grupos TERF.

En realidad ese texto debía llevar tiempo gestándose y no parece casual su «filtración» justo unos días antes de la manifestación del Día del Orgullo. Un Orgullo virtual, en el que se podría patalear y protestar en redes sociales, pero que no expondría a las y los dirigentes socialistas a escarnio público bajo la mirada, siempre atenta, de la televisión. No parece que documento, momento y actuaciones sean improvisados. Máxime cuando las acciones siguen un mismo modelo y se aprecia en ellas las mismas manos meciendo la cuna.

En diciembre de 2019 aparecía en Twitter una página, titulada «Contra el borrado de las mujeres«, que poco tiempo después se desplegaba como antena del activismo excluyente. Entre sus mensajes -incluido retuitear a LGB Alliance- encontramos lemas como «Experimentos médicos», para referirse a la prescripción de bloqueadores de la pubertad a menores trans o «La autoginefilia (excitación de un varón al verse a sí mismo como mujer) no es algo nuevo. Lo que sí es reciente es que la ideología de la identidad de género pretenda que nosotras veamos a los autoginefílicos como mujeres». [sic]

A principios de 2020, organizaciones feministas, por supuesto las de verdad, y no las impostadas, oportunistas y usurpadoras que también las hay, hacían pública una plataforma llamada «Contra el Borrado de Mujeres« en la que manifestaban ser contrarias a modificar la legislación en materia de igualdad entre mujeres y hombres y así evitar «entregarla al generismo queer y sus peligrosas derivadas neoliberales».

Y, tras la irrupción del documento del PSOE, se presentaba en sociedad la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres (ACBM)  iniciativa feminista centrada en la defensa de los derechos de las mujeres basados en el sexo. (Idea desarrollada en la Declaration on Women’s Sex-Based Rights, publicada por Women’s Human Rights Campaign (WHRC, 2019), grupo trans excluyente cuyas técnicas (des) informativas se asemejan a las usadas por partidos de extrema derecha).

Esta Alianza reclama la retirada de todas las menciones, en cualquier ley, de los conceptos acientíficos de “identidad de género” y “expresión de género”, rechaza que la enseñanza pública pueda aceptar la realidad trans y se opone al tratamiento de menores con bloqueadores hormonales, pese a las evidencias científicas que avalan su uso.

Ahora, en esta orquestada obra de troleo, acaba de aparecer una nueva actora, la Red LGB, «Coalición de lesbianas, gays y bisexuales de izquierda, que lucha por sus derechos y defiende su orientación sexual. La teoría queer es homófoba y lesbófoba». Otro grupo que ha borrado las letras Q, T e I. Otro grupo de izquierdas que propala ideas de extrema derecha y que, para definirse, empieza rechazando a quienes más han peleado por la igualdad.

Otro grupo para el que no existen mujeres trans, para el que todo es cuestión de autoginefilia y para el que «la administración de bloqueadores hormonales en la infancia y adolescencia constituye un abuso, se basa en postulados acientíficos y no es una práctica ética». Huelga decir que rechazan la gestación subrogada, solo defendida por desviados agrupados bajo las siglas heréticas LGTBIQ+, y «denuncian» el hostigamiento a mujeres lesbianas para que «accedan a mantener relaciones sexuales con varones autoidentificados mujer». [sic]

Estas iniciativas, de discurso único, muestran un claro matiz absolutista y, partiendo del rechazo de la autodeterminación de género, pretenden definir categorías, decidir qué y quién es mujer, qué derechos podemos reclamar y, sobre todo, cómo tenemos que vivir y comportarnos.

En distintas partes del mundo, reaccionarios y quintacolumnistas se han puesto en marcha con dos objetivos: conformar una sociedad ajustada a sus patrones morales y eliminar toda discrepancia. Porque borrar la disidencia es esencial para el totalitarismo.

Rosa Luxemburg nos explicó que «La libertad, sólo para los miembros de Gobierno, sólo para los miembros del Partido, aunque muy abundante, no es libertad del todo. La libertad es siempre la libertad de los disidentes».

Es verdad.

Para que sea real, la libertad ha de ser de les disidentes, de las malas, de los pecadores. El odio se ha vuelto poderoso. Ha logrado fragmentar el colectivo LGTBIQ+ y controla partidos políticos, redes sociales y medios de comunicación.

Frente al él, agrupaciones de familias y la voz de los menores. Pero también feministas, que abren paraguas protectores cansadas de «insultos orquestados y manipulaciones interesadas», o Universidades como la de Salamanca, cuyo consejo de gobierno acaba de aprobar el protocolo de Identidad de Género, o tantas y tantas personas que tenemos claro que nada justifica la pérdida de derechos ni la persecución de quien menos tiene.

Su envite no deja muchas opciones.

Si gana el odio, si triunfa la transfobia, gran parte del árbol de la libertad será madera muerta y el movimiento LGTBIQ+ quedará profundamente herido. Y eso es algo que no nos podemos permitir.

Porque lo que está en juego es el futuro.

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