Hace tiempo que un hecho natural y familiar, como es la muerte, lo hemos convertido en un asunto frio, oculto e institucionalizado. Incapaces de entender el significado social del acompañamiento, la muerte corre discreta por los pasillos de los hospitales y de las residencias donde tenemos aparcados a nuestros enfermos y mayores. Sin ceremonias ni ritual, sin luto visible, el culto de la memoria permanece también en la intimidad, porque a pesar del eslogan tatuado en infinidad de tumbas, la vida pasa, el recuerdo queda, el creciente proceso de cremación y el individualismo insolidario que nos caracteriza quiebra el aspecto espiritual que nos permite cumplir con el último deseo de quienes nos precedieron: no olvidarles.

«El suicidio, fenómeno universal y transcultural, antaño percibido como un signo de libertad y de heroísmo, es hoy un drama que tiene consecuencias catastróficas»

Pero la muerte no es cosa sólo de ancianos y personas con enfermedades incurables. Casi nos hemos acostumbrado a que muchos mueran en la más absoluta soledad sin que nadie les eche en falta. Si la muerte a destiempo, accidental, imprevista, deja un vacío y trastoca las relaciones familiares y sociales, alterar el orden natural establecido por una muerte en soledad, premeditada, escogida y consciente, es un estigma y un tabú silenciado e invisibilizado quizá por el impacto emocional que deja en el entorno. El sentimiento de culpa, de vergüenza o reproche es una mancha que acompaña para siempre a quienes se preguntarán para siempre qué ocurrió, en qué fallaron o por qué no fueron capaces de preverlo. El suicidio, fenómeno universal y transcultural, antaño percibido como un signo de libertad y de heroísmo, es hoy un drama que tiene consecuencias catastróficas – 800.000 personas se quitan la vida al año en el mundo, según la OMS (2019) – tanto en términos estadísticos como sociales. Una pandemia silenciosa que arrastra a una persona cada 40 segundos. 10 casos al día sólo en España, 1 de cada 9 menor de 18 años, siendo la primera causa de las muertes no naturales en nuestro país y la segunda en el mundo; 3.769 personas en 2017 (datos del INE) no encontraron ningún motivo para seguir viviendo y 2 adolescentes se han suicidado en el silencio de este confinamiento provocado por el covid19. Nombres anónimos hasta que uno de ellos te sacude por la cercanía de quien compartió una parte del tiempo menos oscuro que pasó en su particular túnel de tristeza vital. Corría el año 1642 cuando Thomas Browne acuñaba este término para distinguir las autoagresiones de la violencia ejercida hacia los otros. Hoy, la muerte inducida por uno mismo sigue sin ser una prioridad de Salud Pública, y sólo 38 países trabajan en la elaboración de una estrategia nacional de prevención de una conducta que no es sino el acto final devenido del sufrimiento extremo.

«El abandono de los valores morales, la soledad, el cambio de roles o la pérdida de referentes tiene consecuencias que van más allá del cambio de paradigma que experimenta nuestra civilización»

La vida se modela y cobra relevancia en función de la manera en la que afrontamos los cambios que tienen que ver con los diferentes entornos en los que nos desenvolvemos y los roles que adoptamos según la etapa vital en la que nos encontremos. Nuestra conducta viene determinada por las acciones y reacciones que tenemos ante los estímulos que nos rodean. La capacidad de resiliencia está precisamente en la forma en la que manejamos las emociones en momentos de cambio, inflexión o ruptura. En una generación que rechaza el dolor y convierte el sufrimiento en un tabú, que no entiende que el fracaso y la desgracia también forman parte de la vida, el impacto que produce el hecho de que una persona, en plena consciencia – el suicidio no es una enfermedad –, ante una desesperanza profunda a la que no ve salida, decida quebrar las leyes naturales y el propio instinto biológico, nos tiene que poner necesariamente en alerta como sociedad. Que la vida resulte insoportable y la muerte aparezca como la única salida, no es sólo una distorsión cognitiva producto de una vulnerabilidad psicológica tras haber sobrepasado el umbral crítico de sobrecarga emocional. Es también una elección, un deseo activo de poner fin a la vida ante la falta de alternativa. Y ante ese vacío existencial  es donde estamos fallando como sociedad. Vivimos en entornos psicológicamente quebrados, en los que el individualismo y la búsqueda de la felicidad como derecho han desplazado las relaciones personales y los vínculos familiares tradicionales que nos servían de colchón ante los infortunios. El abandono de los valores morales, la soledad, el cambio de roles o la pérdida de referentes tiene consecuencias que van más allá del cambio de paradigma que experimenta nuestra civilización. Es posible que algunos no sean conscientes de la irreversibilidad de la muerte. Pero no podemos juzgarles moralmente ni estigmatizarles. No son ni valientes ni cobardes. Son sólo víctimas de un dolor inmenso por el que se sienten desbordados. Y tú, mi pequeña mariposa, que fuiste incapaz de afrontar la pérdida de tu madre, rebelde hasta para elegir el día que decidiste volar, Descansa finalmente en Paz, inconsciente del vacío que dejas atrás y del futuro prometedor que la melancolía te hurtó.

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