Eutanasia (del latín euthanasia y, a su vez, del griego εὐθανασία euthanasía, que significa ‘muerte dulce’) según la RAE es:

  1. f. Intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura.
  2. f. Med. Muerte sin sufrimiento físico.

 

Años atrás, una paciente, a la que había tratado en otras ocasiones, ingresó con una hemorragia activa. Tenía cuarenta y pocos años, el cuerpo consumido y una recidiva de cáncer de ovario en la vagina. El tumor había corroído un vaso sanguíneo y acudió a urgencias sangrando mucho. Se realizó un taponamiento vaginal, poco eficaz, y subió a planta para valorar tratamiento.

Cuando llegó estaba aterrada. Al verme me llamó, tendiéndome sus manos.

—¡No quiero verlo!, ¡no quiero sentirlo!, ¡no quiero sufrir! repetía mientras señalaba el empapador colocado en su entrepierna.

De camino a su habitación, agarrados de la mano, fui hablando. Le pregunté si quería algo que la relajase, que quitase el dolor.

—¡Sí, sí!

Intenté dejarla un momento para dar órdenes a enfermería, solicitar sangre, ajustar la terapia. No me dejó. Me agarró más fuerte. Hablamos más. Sentado en su cama, dicté el tratamiento. Junto con la auxiliar, recolocamos las sábanas, la almohada…. Llegó el suero con la medicación pautada.

El enfermero lo conectó a la vía.

Ella me miró.

—Me voy a dormir —dijo.

.

Apenas sonrió un poco.

Gracias —susurró—. No quiero más.

Y se durmió.

 

Todo esto acude a mi memoria mientras leo que el Comité de Bioética de España (CBE) lo ha vuelto a hacer. Otra vez ha emitido un informe en el que prima su ideología y su fe -entendida como conjunto de creencias personales- sobre cualquier otro principio.

El CBE ha publicado el Informe sobre el final de la vida y la regulación de la eutanasia, mostrándose contrario, por unanimidad, a esa regulación.

Más allá de que su presidente, don Federico Montalvo, considere que «Éticamente el aborto es un mal«, o que en 2017 emitiese un informe, lleno de lugares comunes y falsas verdades, contrario a regular la gestación subrogada, el dosier presentado ahora es lamentable.

Básicamente porque no considera que las personas tengamos suficiente capacidad para decidir y son ellos -siempre son otras u otros- quienes saben qué es lo mejor para nuestro cuerpo y nuestra alma.

Infantilizar a los demás, desde una supuesta superioridad moral, es habitual entre los poseedores de la Verdad Suprema. Verdad que el común de los mortales necesitamos como guía, dado que carecemos, ¡pobres de nosotros!, de los conocimientos precisos para la toma de decisiones en aquello que nos atañe.

Partiendo de ese principio, se apuesta por leyes coercitivas frente a leyes de libre elección que a nadie obliguen y a todos abran puertas.

Como la ley del aborto, que ni impone abortar ni juzga las razones para interrumpir o no un embarazo.

Como la regulación del matrimonio igualitario, que ni te obliga a casarte, ni elije tu pareja, ni destruye ninguna sagrada institución.

O como la ley de la eutanasia. Porque llegará y no obligará a morir ni nos convertirá a los sanitarios en ángeles de la muerte.

Para el CBE no es admisible una ley que «reconoce la muerte como un derecho incorporable al catálogo de prestaciones de la Sanidad pública». ¿Por qué no? ¿Acaso los cuidados que nuestra sanidad dispensa no deben tender a la excelencia? Y ¿cómo entender esa excelencia sin respetar la libertad y la autonomía, dos propiedades esenciales que nos caracterizan como seres humanos?

Más aún, ¿cómo entenderla sin humanizar la asistencia? Pues humanizar, ante una situación irreversible, no puede pasar por no dejar elegir. No puede ser un ¡cállate!, que yo sé lo que te conviene. Humanizar es estar, acompañar, escuchar, percibir y mirar, cualquiera que sea la coyuntura, a quien es el centro de la atención sanitaria.

El Comité afirma que legalizar la eutanasia o el suicidio asistido «supone iniciar un camino de desvalor de la protección de la vida humana cuyas fronteras son harto difíciles de prever, como la experiencia de nuestro entorno nos muestra».

Las fronteras, señores, es lo que se opone a los cambios sociales. Las fronteras es lo que hay que romper para no seguir viviendo en otra época y en el corsé de unos valores caducados.

Las fronteras se rompieron con el reconocimiento del derecho al voto femenino y rotas quedaron con el aborto o el matrimonio homosexual. Y rotas, definitivamente rotas, quedarán cuando se siga avanzando en el derecho de todo individuo a tomar decisiones, informadas y libres, sobre sí mismo.

Cuando se regule la gestación subrogada, cuando se regule la eutanasia, cuando se modifique la ley de la familia para incluir la multiparentalidad, cuando el mundo vuelva a girar, las fronteras, que tanto gustan a los patriarcas, se romperán.

Su misión, señoras y señores, no era decir que no es un derecho. Era definir el mejor marco para permitir a las personas escoger, repito, informada y libremente, su propio camino. Era señalar los criterios para respetar, en toda circunstancia, la autonomía moral y vital de cada cual.

Ustedes han pretendido guiar a las ovejas y apacentar los rebaños. Para su desgracia, no somos ganado, sino personas. Y hemos aprendido que tenemos derecho a decidir y derecho a morir sin sufrimiento físico, sin sufrimiento mental y sin sufrimiento moral.

Nada han entendido de todo esto.

«Se propone poner fin a la vida de una persona como única solución a su situación de sufrimiento», dicen.

No. No. ¡No! Se propone dar a la persona las riendas de su vida y que sea ella, y sólo ella, quien tome sus decisiones. No es la única solución al sufrimiento. Soluciones hay muchas. Pero si quiero para mí esas soluciones, u otras, debo resolverlo yo.

No es cuestión de proponer los cuidados paliativos frente a la eutanasia o el auxilio al suicidio. Es cuestión de que yo, con mi dignidad como persona y mi autonomía como individuo, pueda decidir si quiero una u otra respuesta o ninguna de ellas. No invoquen “razones de fundamentación ética de la vida, dignidad y autonomía”, porque eso, justamente, es lo que su informe nos niega.

 El Comité de Bioética de España piensa que nuestra vida no nos pertenece y, por tanto, nada podemos disponer sobre ella.

Se equivoca. Tal vez antes fuese así, pero hoy sus dogmas, como sus miembros, sólo son viejas glorias que no nos representan.

Miguel Hernández, dolor y sentimiento vuelto letra, habló de cómo es estar

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla…

Decidir si se vive o no tiznado por la pena, es un derecho humano.

Decidir cuándo cerrar la propia historia, es un derecho humano.

Arrogarse el derecho a decidir sobre el sufrimiento que otros quieran o puedan tolerar, no es un derecho humano ni lo será.

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