Si hay algo que caracteriza a la crisis política, social y económica que hemos sufrido los venezolanos, es el dolor. Más allá del sufrimiento y las penurias físicas, el dolor es el elemento en común que en este momento nos une como ciudadanos. Con el dolor viene la rabia y la necesidad de buscar una explicación a nuestra realidad, sin embargo, cuando las pasiones dominan, poco se puede hacer.

El dolor tiene distintas formas, distintas aristas que se manifiestan a través de la distancia con nuestros seres queridos que, por una razón u otra,  se han visto obligados a buscar una mejor vida en el extranjero, la incertidumbre de la sobrevivencia, el vacío que ha dejado la ausencia de los que han partido por no encontrar las medicinas para sus dolencias, los enfermos, los niños que han dejado la escuela, los presos políticos, los torturados, las noches sin electricidad.

«Las razones que nos unen en el dolor son tan variadas pero a la vez tan iguales, lo que cambian son las dimensiones y las razones de su origen»

Las razones que nos unen en el dolor son tan variadas pero a la vez tan iguales, lo que cambian son las dimensiones y las razones de su origen. Sin embargo, claro está que ese dolor no ha sido capitalizado a nivel político para generar los cambios que deseamos y así, salir del atolladero en el que nos encontramos. Y, en este artículo, nos proponemos dar una mirada a este asunto desde la perspectiva de Hanna Arendt.

El título de este artículo busca parafrasear el nombre de un libro muy importante para todo aquel que trata de acercarse a la política, se trata la obra de Hanna Arendt “La condición humana” (2014). En este libro, Arendt (2014) propone un abordaje analítico sobre la cotidianidad, el trabajo y el cuerpo, lo que genera una tensión importante con la naturaleza y la política.

Hay una parte que nos interesa ya que se refiere precisamente a la experiencia del dolor:

En efecto, es la sensación más intensa que conocemos, el dolor físico agudo tiene la capacidad de borrar todas las experiencias previas e incluso nuestra identidad. Esta es la sensación más privada y la menos comunicable de todas. Quizás no es sólo la única experiencia que somos incapaces de transformar en un aspecto adecuado para la presentación pública, sino que además nos quita nuestra sensación de realidad a tal extremo que la podemos olvidar más rápida y fácilmente que cualquier otra cosa. (Arendt, 2014, p. 60)

En esta paráfrasis de Arendt (2014) sobre el dolor, podemos encontrar la raíz de la condición venezolana en las RR.SS, específicamente en Twitter. Ese espacio virtual en el que esfera pública toma cuerpo y que en nuestro caso en particular, hay que decirlo, raya en la esquizofrenia.

El debate que se ha suscitado en los últimos días ha girado en torno a los que en un principio tomaron la decisión de votar por Chávez y en última instancia por Maduro, los tuits en respuesta a posición particular de una tuitera venezolana, marcan un corolario de emociones gigantesco que giran entre el apoyo y el más furibundo reproche, en el que le exigen que tome responsabilidad por su decisión.

Es importante hablar de esto desde la perspectiva del dolor, ya que, llama la atención cómo politólogos que hacen vida en la red social del pajarito, y que, buscan que los ciudadanos comprendamos nuestro acontecer diario, cayeron en posiciones que harían a la Santa Inquisición del siglo XVI sonrojarse.

Pero, asumiendo que en el caso de los muchachos preparados para entender la ciencia del poder no hay intereses de por medio, es obligatorio comprender precisamente lo que explica Arendt sobre el dolor como una de las experiencias subjetivas cuya intensidad puede borrar la realidad de un tirón y lo real, toma sentido cuando lo compartimos con un grupo.

“Para nosotros, la apariencia –algo que ven y oyen otros al igual que nosotros-constituye la realidad.” (Arendt, 2014, p. 59). Allí podemos ver que lo que nosotros consideramos como real, realmente en un juego en el que nos conectamos con lo público. Esto nos brinda seguridad pues estamos sintonizados en la dirección correcta siempre y cuando esa sintonía coincida con la de los demás.

Para entender esto, tenemos que mencionar que nuestra vida está signada por una esfera pública y una esfera privada si se quiere, lo íntimo viene a ser un fenómeno propio de la Modernidad en la que la que las experiencias subjetivas juegan en contra –tal y como explica Arendt- de nuestro sentido de realidad, ya que, son de carácter individual. Para la autora antes mencionada, una de las maneras de extrapolar dichas emociones de lo privado a lo público, es a través del arte.

«… con la llegada de las redes sociales lo público y lo íntimo se fundieron de manera retorcida y es por eso que podemos conocer de sobre el dolor y las limitaciones del otro»

Sin embargo, con la llegada de las redes sociales lo público y lo íntimo se fundieron de manera retorcida y es por eso que podemos conocer de sobre el dolor y las limitaciones del otro. Las redes sociales han constituido una ventana desde la cual, la experiencia subjetiva (entendida como particular e individual) toma cuerpo y deja una huella en el mundo digital.

De ahí que el dolor, en nuestro caso particular, sea la experiencia subjetiva que aglutina a los venezolanos en estos momentos tan duros. Pero, cabe preguntarnos ¿Por qué este dolor no se ha capitalizado en un cambio político?

Analicemos por un momento nuestra vida a partir del 2014, los que se fueron, los que nos quedamos. Día a día, nuestra vida parece ralentizarse por la crisis, esas cosas que nos parecían normales como independencia económica, formar una familia o en su defecto, mantener a nuestra familia, parece ser una tarea titánica, caracterizada por una lucha incesante contra la inflación y el tiempo.

Esta ralentización de la vida del venezolano, ha generado una experiencia sobre el tiempo en la que: el hombre siempre vive en el intervalo entre pasado y futuro, el tiempo no es un continuo, es un flujo de sucesión ininterrumpida, porque está partido por la mitad, en el punto donde él se yergue; y su punto de mira no es el presente, tal como habitualmente lo entendemos, sino más bien una brecha en el tiempo al que su lucha constante, su definición de una postura frente al pasado y al futuro otorga existencia. (Arendt, 1996, p. 17)

A nosotros en este momento nos define el bache representa este presente, es lo único que nos permite existir entendiendo el pasado desde la pasión generada por la crisis que nos azota. Al que agregándole el dolor, la rabia, la ira y el miedo, nos dará un estado de inamovilidad y frustración que no desemboca en una organización colectiva que tenga la fuerza suficiente para exigir tanto a un lado, como al otro. Estamos ocupados peleando batallas digitales que nos olvidamos del enemigo material, y, así olvidamos lo poderosos que somos.

Nuestro presente está enmarcado en encontrar un culpable al que podamos dañar, por supuesto bajo la figura del anonimato y la confortable distancia física y emocional que dan las redes sociales. Pero, lo paradójico del asunto es que como mencionamos más arriba, esto no genera ningún tipo de resonancia que pueda afectar al problema que nos aqueja, por más que amenacemos de muerte al pobre ingenuo que reconoció en Twitter que votó por Chávez (vale mencionar que fueron unos cuantos que en la actualidad sufren de amnesia. Para los  venezolanos, en la actualidad nadie votó por él, Chávez fue traído por extraterrestres).

La memoria y los recuerdos son poco fiables, ellos se deforman acorde a las emociones y particularmente al dolor. De ahí que como explica Arendt (2014), el dolor no pueda ser transformado en el detonante que nos lleve a concretar una vía de cambio. Ya que “Parece que no exista puente entre la subjetividad más radical, en la que no soy reconocible, y el mundo exterior de la vida. Dicho con otras palabras, el dolor, verdadera experiencia entre la vida como “ser entre los hombres” y la muerte, es tan subjetivo y alejado del mundo de las cosas y de los hombres que no puede asumir una apariencia en absoluto.” (Arendt, 2014, p. 60)

En este sentido, por eso nuestro dolor no toma una apariencia particular a pesar de que el desarrollo tecnológico ha permitido la creación de este puente entre la subjetividad más radical –como la denomina Arendt- y el mundo exterior, a través de las Redes Sociales. Lo que significa que la manifestación de cada dolor particular entra en una caja de resonancia [Twitter] que genera sólo ruido, algo así como un televisor sin señal.

Esto no es una justificación a los ataques en las Redes Sociales, este artículo busca dar una mirada analítica a nuestras dinámicas  en el marco de una crisis que parece agudizarse con el tiempo, que con la ausencia de una salida próxima, cae en una especie de sinfonía esquizofrénica que evita que la solución venga de los ciudadanos.

«La solución está en la resiliencia que hemos tenido a lo largo de los años, hemos aprendido a valorar nuestro país, hemos seguido con nuestras vidas a pesar de estar golpeados hasta la médula»

La solución está en la resiliencia que hemos tenido a lo largo de los años, hemos aprendido a valorar nuestro país, hemos seguido con nuestras vidas a pesar de estar golpeados hasta la médula. A pesar de tener poco, nos ayudamos. Como emerge la irracionalidad, también lo hace la solidaridad y aunque no parezca, aún abunda en cada rincón de este país.

Solo nos falta un paso para realmente entender el poder que tenemos como ciudadanos, aún no hemos caído en cuenta de ese pequeño factor. Por eso, es injusto, no mencionar la posible luz al final del túnel y que, aunque no lo parezca está en nuestras manos. Si, sé que los posibles lectores han leído esto hasta la saciedad pero la respuesta está en el perdón, porque así podemos pasar al estadio racional que nos llevará al análisis del problema para lograr una posible resolución.

Esto no implica olvidarnos de la justicia, este punto hay que enfatizarlo un millón de veces. Pero una cosa es justicia y otra venganza, la primera está empujada por el bien común y la otra por el dolor; la primera busca culpables y los juzga, la segunda no sólo busca culpables sino chivos expiatorios; la primera en sanadora, la segunda no.

Entender esto, nos permitirá ejercer una ciudadanía activa que logrará concretar un movimiento que nos lleve a generar la presión interna que tanto necesitamos, entendiendo así que nuestro problema no es el que votó por Maduro o Chávez, nuestro problema es una cúpula “política” que cada día atenta contra nuestro bienestar. Todos somos necesarios, cada uno de los venezolanos que hacemos vida en cualquier rincón del mundo.

 

Referencias:

ARENDT, H. La condición humana , Paidós, 2014

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here