Para llegar al Museo de Historia Política de Rusia uno tiene que bajar en la parada Gor’kovskaya, en el distrito-isla de Petrogrado, y luego caminar un ratito. Tanto aquí, en San Petersburgo, como en Moscú, llama la atención la gran distancia entre estaciones. Pero, más aún, sorprende la suma de rasgos de un metro tan distinto del nuestro. En Barcelona, estaciones cercanas, trenes que no se deciden a acelerar, frecuencia irregular de paso, autoridad invisible y limpieza relativa; en las ciudades rusas, estaciones alejadas, trenes que literalmente vuelan, pasan cada minuto y medio o menos, pulcritud cuartelera y vigilancia bien visible en accesos, pasillos y andenes. Impactantes arcos detectores de metal en unas entradas invariablemente bien nutridas de empleados y policías atentos, sin duda por la experiencia de los atentados de años atrás. El metro, sin forzar mucho las cosas, funciona como curiosa metáfora del combate entre los valores y el modo de vida que las democracias que llamamos iliberales –o los nuevos autoritarismos que conservan el cascarón de democracia- han empezado a librar a Occidente. Metáfora de las fortalezas y debilidades respectivas y de lo que cada cual ofrece a sus ciudadanos para intentar legitimarse. Contra lo que podría suponer un pensamiento autocomplaciente, muy nuestro, en esta lucha por el favor público el resultado aún no está escrito.

«El metro funciona como curiosa metáfora del combate entre los valores y el modo de vida que las democracias que llamamos iliberales –o los nuevos autoritarismos que conservan el cascarón de democracia- han empezado a librar a Occidente»

El museo impresiona. De entrada, como tantos lugares de esa ciudad, por la rotundidad de los acontecimientos evocados. El palacio que lo alberga fue, en origen, la exquisita residencia de Mathilde Kschessínskaya, prima ballerina rusa y amante del futuro zar Nicolás II. Poco después, fue el edificio desde cuyo balcón Lenin arengó a las masas tras su vuelta, una vez consumados los hechos de febrero de 1917. Pero, sobre todo, el lugar se convirtió, de marzo a julio de ese año, en cuartel general bolchevique. Fue, pues, el centro exacto de la conspiración que lograría, con el putsch de Octubre, abortar lo que había comenzado como revolución liberal-democrática, para empezar a levantar -en paralelo a una cruenta guerra civil- el andamiaje de la férrea dictadura de clase que aguantó en pie y reclamó la mirada política del mundo por más de setenta años.

Además, el museo impresiona por su configuración, por la exuberante organización de materiales que propone. Ya dentro, me recuerda de modo automático a los que me parecen sus análogos indiscutibles en otros países del extinto Telón de acero: el Museo del Alzamiento, en Varsovia; la llamada Casa del Terror, en Budapest. El mismo diseño de modernidad impactante, con mezcla de formatos y materiales, con despliegue de audiovisuales, profusión de objetos, de testimonios y experiencias que en un continuo y eficacísimo vaivén hacen oscilar la percepción de la Historia desde el ámbito del acontecimiento crucial a la escala de lo humano. Una propuesta interactiva para el visitante, íntima, servida en bandeja de sobriedad impoluta. El mejor vehículo para transmitir un relato: apariencia de distanciamiento y de rigor expositivo y fáctico de la mano de una emotividad bajo control, pero siempre latente. En los museos de Varsovia y Budapest el discurso era sencillo: reafirmación nacionalista a partir de la exposición y la denuncia del martirio sufrido. En La casa del Terror de Budapest la barbarie es mostrada sin ambages como producto ajeno, extranjero, como imposición importada por la fuerza desde el imperio invasor, la URSS, sinrazón que encuentra unos acólitos internos dispuestos a implantar el injerto. En Varsovia, si bien el foco es arrojado, simultáneamente, hacia la resistencia ante el nazismo y el Holocausto de los judíos polacos, el cálculo imperialista soviético se subraya en la denuncia de un Ejército Rojo expectante y quieto a las afueras de Varsovia mientras se deja desangrar a la resistencia blanca interna. Un Ejército Rojo que -como había sucedido tras Octubre del 17- se convertía en el actor decisivo para la imposición del inapelable diktat en los países periféricos. Intuyo que lo que encuentre aquí no puede ser lo mismo. ¿Qué discurso transmite el hermético aparato de Putin sobre su Historia más reciente? ¿Qué noción del comunismo brindará un museo que arrancó, precisamente, como Museo de la Revolución, poco después del triunfo bolchevique? ¿En qué medida el actual líder quizá resiste por la interiorización de ese discurso?

«… así que empiezo a caminar por las salas, fascinado. Trato de atender a todo lo que veo a mi alrededor, al aluvión de estímulos, mientras a la vez oigo en mis auriculares la voz que en español latinoamericano va desgranando un discurso»

Así que empiezo a caminar por las salas, fascinado. Trato de atender a todo lo que veo a mi alrededor, al aluvión de estímulos, mientras a la vez oigo en mis auriculares la voz que en español latinoamericano va desgranando un discurso. La exposición de la época zarista en el s. XIX, de la pugna entre la autocracia y un liberalismo incipiente que intenta abrirse paso, me parece coherente y sin sesgos llamativos. La industrialización parcial, pero importante, en algunos enclaves del país a partir de la mitad del siglo, la eclosión del movimiento obrero, de un socialismo heterodoxo y agrario, del terrorismo de Naródnaya Volia (La voluntad del Pueblo), focalizado en atentar contra los zares: aquí, si acaso, me intriga lo que me parece énfasis claro en el hecho de que sus miembros provinieran, en su mayoría, de la alta burguesía o de la propia aristocracia. Las revoluciones, 1905 y febrero de 1917, la abdicación del zar, Octubre, la guerra civil entre rojos y blancos, expuesta con distanciamiento, dos ideas de Rusia: patriotas todos, a fin de cuentas. Y por fin entro al meollo, a la explicación del régimen que ha precedido al presente del país y que hay que integrar y digerir de algún modo.

Pronto siento que mi intuición toma forma. El protagonista es Stalin: los planes quinquenales y su reverso en coste humano de aquella industrialización a cualquier precio. Las depuraciones y asesinatos masivos de la década de los ’30, con impactante puesta en escena: archivadores con informes de delación, profusión de documentos que dan fe de la barbarie, sordidez de los negociados administrativos del mal recreada con notable habilidad. ¿Es hoy esa narrativa sobre el pasado, en esencia, la misma de Jruschov en su célebre discurso del XX Congreso del Partido, en febrero del 1956? Lo es, con el añadido actual del reconocimiento de la destrucción del campo ruso y de las hambrunas debidas la colectivización impuesta desde arriba, algo que hoy puede reconocerse, pero que Jruschov aún mantuvo en secreto en su ataque decidido a la figura del dictador muerto. Así que el Gulag, su engranaje de terror, el drama humano de la deportación de campesinos e intelectuales, disponen del foco central en esa parte del recorrido. Y, entonces, algo ocurre. Algo que rubrica mi intuición.

«La URSS de Jruschov y Bréhznev se convierte para el visitante en algo amable, evocador, en una memoria estética, la exhibición de objetos de todo tipo, de aparatos electrodomésticos que llegaban a los hogares soviéticos y hacían la vida más cómoda»

Al ingresar en la fase post-Stalin me golpea el cambio de tono. Un viraje sustancial, casi abrupto. El discurso ya no es incisivo: se afloja. La anterior personificación del mal -el hombre y el engranaje que armó a su alrededor- ha dado paso a una sensación Cuéntame: un país en tonos sepia. La URSS de Jruschov y Bréhznev se convierte para el visitante en algo amable, evocador, en una memoria estética, la exhibición de objetos de todo tipo, de aparatos electrodomésticos que llegaban a los hogares soviéticos y hacían la vida más cómoda. Se había ilustrado salas atrás el trance de la Segunda Guerra Mundial –veinte millones de muertos, la Gran Guerra Patriótica-, pero ahora no hay análisis geopolítico y de la Guerra Fría digno de ese nombre: la invasión del 68 de Checoslovaquia se aborda mediante la narrativa de los jóvenes que protestaron en la Plaza Roja contra el atropello. Praga queda implícita, invisible. Sensación entrañable, jovencitos que protestan en fotografías de color pastel: un ruso al ver esas imágenes debería experimentar la evocación vaporosa de algo arrumbado en el recuerdo, o si es aún joven solo imaginará un sistema que te detenía, pero ya solo un poquito, en una especie de reflejo condicionado casi simpático. Nostalgia, en fin, como si pensara yo ahora en el concierto de Woodstock.

Último tramo: fin de la URSS. El bombardeo en incontables monitores se impone a los paneles con narración de hechos y vasta cronología. Estímulos familiares que reconocemos: Gorbachov ante la tarima, el golpe del aparato aquel verano, Yeltsin y su arenga de pie encima del tanque, su renuncia y la primera aparición de Putin. Miro a una de las paredes y mi vista se estrella contra otros paneles, éstos enormes, centrales y alineados, que absorben la atención. Paneles con citas de aquellos días de incertidumbre entre lo viejo y lo nuevo: la guinda del pastel. Ahí deben residir las claves, en esa indisimulada síntesis. ¿De quiénes son las citas? ¿Con qué ideas? El puente se traza desde el mismo Gorbachov: nos dice, poco antes del fin, que están creando un estado moderno. Que el criterio para la grandeza no puede ser igual que en el pasado: ya no una sociedad que acepta ser dirigida desde arriba y controlada en cada aspecto de su vida diaria, sino consenso democrático, libertad, iniciativas privadas y altos estándares de vida para sus ciudadanos. A Gorbachov se le une Yagor Gaidar, el ministro de economía de Yeltsin que lanzó la terapia de choque para liberalizar precios, privatizar y reducir al máximo el gasto público, todo ello en el menor tiempo posible: Gaidar nos habla, en cita de su “Estado y evolución” (1994), de la bondad de una sociedad con tradiciones, entre las que debe destacar la convicción profunda en la independencia de las personas y sus propiedades de la voluntad del Estado. Anatoly Sobchak, alcalde de San Petersburgo y mentor de Putin, nos recuerda que “los derechos legales no son más que los medios necesarios para mantener el orden en la sociedad”. Y al final, el propio Putin, en alusión a Galina Starovoytova, política y activista rusa que defendió la depuración en los servicios de seguridad, que se interpuso en el camino de comunistas y nacionalistas en el período de Yeltsin y sería asesinada en 1998: “en su vida ella probó que la política no tiene por qué ser un negocio sucio, sino una vocación que exige coraje civil y el mayor nivel de profesionalidad y pureza moral”.

Salgo del museo dándole vueltas a la cabeza: tendré cuatro días en Moscú, desde mañana mismo, para pensar en el cóctel Putin. Ahora camino hacia un muelle no muy lejano en el Nevá, para visitar el Aurora, el crucero que sobrevivió a la guerra ruso-japonesa de 1905 y, doce años más tarde, lanzó el cañonazo que ordenaba la toma del Palacio de Invierno. Aprieto el paso durante unos buenos diez minutos, pero al llegar se han terminado las visitas. Lo contemplo un rato. ¿Por qué no construyen así de bonitos hoy los barcos de guerra?

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