Greta sí, Greta no. Esa es la cuestión. En el siglo XXI tenemos una duda hamletiana, en torno a cuándo estamos siendo sensatos ecológicamente hablando y cuándo no, porque la frontera entre la hipocresía, el fariseísmo, la mera ridiculez y las buenas acciones es muy difícil de discernir. Por supuesto que la aventura de Greta cruzando el Atlántico en catamarán para no contaminar es ridícula. De una ridiculez bochornosa. Claro que es un fantoche que se mece al viento de los tiempos. De acuerdo que una menor debería estar formándose y viviendo su juventud sin ese derroche mediático a su alrededor. Pero también resulta innegable que es un símbolo necesario. El ruido de Greta, de todo lo que se mueve alrededor de ella, está haciendo un servicio impagable a la sensibilidad ecológica global. Todos los movimientos generales de cambio necesitan de esa especie maldita de los locos egregios, esos individuos de carácter excesivo y algo autodestructivo, que son quienes consiguen los grandes cambios. No me negarán que no hay un punto de suicida ilustre en Gandhi, Santa Teresa de Calcuta, Luther King, Mandela. Si Greta fuese una chica sensata con unos padres sensatos se quedarían en casa viviendo sus vidas y pensando en que alguien debería hacer algo. Como mucho, comentarían en la conversación de su desayuno cálido y doméstico que debemos cambiar nuestros hábitos para que el mundo no muera de contaminación, para que nuestros bosques no desaparezcan, nuestros puertos no se inunden ni el hielo polar se derrita. Fruncirían el ceño, entornarían los ojos con pena sincera por la realidad futura y después continuarían con sus vidas como si nada.

«Pero también resulta innegable que es un símbolo necesario. El ruido de Greta, de todo lo que se mueve alrededor de ella, está haciendo un servicio impagable a la sensibilidad ecológica global»

Si algo está claro en este siglo XXI de incertidumbres y descreimiento, es que los occidentales estamos atrapados por la anécdota. Los políticos han entendido mejor que nadie que en el siglo de la información la gente apenas se informa. En España somos testigos cada día de que en política, más que ofrecer grandes ideas hay que brindar grandes gestos. El público muda su opinión por una imagen, por una sensación, por un puñado de me gustas. El fenómeno Greta es más aparente que profundo, de acuerdo. Pero funciona. El circo ecologista que rodea esas cumbres grandilocuentes en las que nada sucede oficialmente hablando al menos sirve para que la gente de a pie despierte. Hace unos días, paseando con mi hija por una de las playas de mi Andalucía, encontramos a un par de hombres que intentaban sacar del mar una rueda de camión que había aparecido en la orilla, seguramente arrastrada por las riadas de las fuertes lluvias de diciembre. Todos luchamos para desenterrarla y llevarla a la recogida de basura más próxima. Eso no hubiera ocurrido hace diez años, en los que la imagen del Mediterráneo como vertedero ni siquiera estaba instalada en nuestra conciencia.

«Este año que recién inauguramos vamos a oír mucho la palabra Flygskam. Su traducción nos lleva a un movimiento que nace en Suecia, que define la idea de la vergüenza que debemos sentir por volar en un avión que contamina tanto»

Este año que recién inauguramos vamos a oír mucho la palabra Flygskam. Su traducción nos lleva a un movimiento que nace en Suecia, que define la idea de la vergüenza que debemos sentir por volar en un avión que contamina tanto. Tiene mucho de tontería y postureo, sin duda, pues la idea de prescindir del transporte aéreo, hoy por hoy, es una imposibilidad. Pero es el primer paso para racionalizarlo y disminuirlo. Que se denuncie que volar indiscriminadamente contamina y mucho, aunque lo hagan personas que probablemente vuelen bastante más que la media (les écologistes divines van a reemplazar a la gauche divine en hipocresía práctica), es radicalmente bueno. Una piedra angular para el cambio.

El fenómeno Greta es ruido, cierto. Pero al planeta le conviene bastante más el ruido bien intencionado que el silencio cómplice.

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