Quienes somos de izquierdas y, en coherencia, defendemos sin complejos la igualdad y la unidad cívica de España (razón por la cual algunos nos consideran de derechas), nos encontramos sin representación en el actual Congreso de los Diputados… y sin perspectivas de obtenerla este próximo domingo, día en el que se celebran unas nuevas elecciones generales. Sin perspectivas de obtenerla porque no hay partido político con posibilidad de obtener representación que combine dos cuestiones que muchos queremos que se defiendan conjuntamente y a ninguna de las cuales queremos renunciar: por un lado, defensa de las políticas y los derechos sociales y, por otro, defensa de la unidad de España frente a quienes quieren levantar fronteras entre conciudadanos, precisamente para que sea más factible alcanzar una sociedad más justa. La oferta política a la que aspiro poder votar algún día se completa con un buen ramillete de reformas: desde la reforma de la ley electoral para que el voto de cada ciudadano valga igual independientemente del lugar desde donde se emita hasta la despolitización de la Justica, pasando por la supresión de los privilegios fiscales vascos y navarros, una política fiscal progresiva, la lucha contra la corrupción política y por la regeneración de la democracia, la laicidad del Estado, la defensa de una Europa más democrática o la defensa de determinados derechos individuales, como la eutanasia. Y, como colofón, la anteposición del interés general a los intereses partidarios, el abandono de cualquier tipo de sectarismo, la honestidad política y el trato respetuoso al oponente político, todo lo cual facilitaría el diálogo entre distintos y, por tanto, la gobernabilidad de España.

Desgraciadamente, no hay partido político que cumpla estos requisitos, ni líder político que tenga la más mínima intención de defenderlos y estar a la altura de las circunstancias. Es por ello que, visto lo visto, me traicionaría a mí mismo si decidiese votar al menos malo de entre todos ellos. La alternativa era hacer posible una opción política que cumpliera un programa de mínimos como el arriba indicado, liderada por auténticos servidores públicos y con visión de Estado; como esto también lo hemos intentado y hasta el día de hoy no ha sido posible, mi opción es no votar a ninguno de los principales partidos y votar en blanco. Votar al menos malo dejó de ser para mí una opción, por mucho que respete a quien considera que estoy equivocado. Votar a quien no representa mis ideas políticas y además ha antepuesto sus intereses particulares a los intereses de España iría contra mis principios. Obviamente, no es que olvide mis responsabilidades como ciudadano, sino que seriamente las ejerzo como creo que debo: ante lo que se me ofrece, voto en blanco. Y no escribo esto para convencer a nadie. Al fin y al cabo, vengo de una época en la que traté de convencer a los ciudadanos para que votaran a una opción política determinada y de una época posterior durante la cual traté de recabar apoyos para hacer posible una auténtica izquierda española; ahora me conformo con no fallarme a mí mismo.

Incluso sin esa izquierda razonable a la que aspiro, hoy podríamos tener un gobierno estable para España. Bastaba con que el PSOE y Cs se hubieran mostrado dispuestos a pactar un gobierno progresista, incorporando lo mejor de sus programas electorales. Muchos lo reclamamos hasta la extenuación, sabiendo que quizás no era la opción óptima a la que aspiramos pero sí la opción más razonable dadas las circunstancias. Queríamos que al menos lo intentaran. Sin embargo, ni Pedro Sánchez lo buscó ni Albert Rivera quiso ser un instrumento útil para España, obsesionado con sustituir al PP en el flanco de la derecha, razón por la cual, por cierto, sufrirá un varapalo considerable este próximo domingo. Podemos defiende políticas sociales atractivas, algunas de las cuales uno las observa con cierto entusiasmo… pero se convierte en una opción imposible de votar al estar más cerca de los nacionalismos reaccionarios y los golpistas catalanes que del Estado de Derecho, y bien sabido es que sin Estado no puede haber Estado del Bienestar. Al PP lo lastra su corrupción reciente, su conservadurismo, su liberalismo económico y su insensibilidad ante los problemas sociales de los que se encuentran en peor situación. Y Vox combina la necesaria defensa de la unidad de España (aunque con excesos inaceptables y argumentos inapropiados) con propuestas políticas populistas y extremas de las que me encuentro muy alejado. Así que, por todo ello, mi opción es votar en blanco, no porque haya dimitido de mis responsabilidades ciudadanas… sino porque precisamente quiero ejercerlas con honestidad y coherencia.

Con estos mimbres, espero que los líderes políticos que no tengan que dimitir tras el 10N, se muestren dispuestos a dialogar y negociar para conformar el mejor gobierno posible. Espero que antepongan los intereses de los ciudadanos a los suyos propios. Espero que abandonen su sectarismo, su cortoplacismo y su demagogia. Espero que impulsen las reformas políticas que España necesita. Espero que atiendan las necesidades reales de los ciudadanos, especialmente las de aquellos que se encuentra en peor situación económica. Espero que hagan frente a la recesión económica sin olvidar los programas sociales. Espero que defiendan la igualdad y la unidad cívica de España frente a los reaccionarios que pretenden romperla. Espero que se comporten de forma diferente a como se han comportado hasta ahora. Por eso he decidido no votarles y votar en blanco. Para que hagan lo que no han hecho hasta ahora. Y para no fallarme a mí mismo.

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