¿Aún hace falta el Orgullo? ¿Es contraproducente? ¿Cómo es la homofobia en España? Estos días de fiesta por excelencia para el colectivo LGTBI le he estado dando vueltas a todo esto.

La primera pregunta la tengo clara: sí, sin duda hace falta el Orgullo. No os voy a engañar. He ido una única vez en mi vida, con 16 años, porque me arrastró un novio de entonces. Al pobre le cayó tamaña bronca… Salí muy enfadado. Admitámoslo, llevar allí a alguien que sufre pánico a las multitudes no fue la idea del siglo. Igual, la angustia condicionó mi desagrado, pero, lo cierto es que durante años, mi opinión del Orgullo no fue muy buena. Me parecía un evento estereotipado. Sin embargo, ya hace mucho que he reconsiderado esa posición.

«… durante años, mi opinión del Orgullo no fue muy buena. Me parecía un evento estereotipado. Sin embargo, ya hace mucho que he reconsiderado esa posición»

Por toda Europa occidental, los partidos de centro derecha han dejado de apostar sólo por la familia tradicional, para ser favorables a las familias homoparentales. En Gran Bretaña, los conservadores impulsaron la ley de matrimonio y adopción LGTBI. Aquí, nuestro PP pasó de recurrir el matrimonio igualitario ante el TC, a decir que le parece perfecto.

La increíble capacidad de convocatoria del Orgullo dentro y fuera de España y otros eventos LGTBI, tales como el Circuit en BCN, han tenido mucho, pero que mucho que ver en estos cambios de actitud. Gracias a ellos, en una época en que los partidos mudan de ideas a golpe de encuesta y la economía manda, el colectivo LGTBI se ha hecho respetar por los políticos y por las empresas occidentales.

Y es que, donde la ultraderecha ve a un demoníaco Lobby Gay capaz de controlar los entresijos del poder, yo veo estrategias electorales y estrategias de mercado.

Obviamente, no todo se reduce al lenguaje de los votos y el dinero. El cambio social ha sido posible gracias a que, en grupo o individualmente, muchas personas han mostrado a la sociedad y a su entorno su orientación social. Aunque pagando a menudo el duro precio del rechazo, estas salidas del armario han sido la clave para destruir los tópicos negativos que existían entorno a los LGTBI y lograr un cambio de opinión en la sociedad. ¿Cómo explicar de otro modo que una sociedad tradicionalmente tan conservadora como la irlandesa aprobara en referéndum el matrimonio igualitario y la adopción homoparental?

Esto no vale solo para nuestro entorno cultural. Fuera de los países occidentales, sólo en los últimos cinco años en Mozambique, Belice, Nauru, Angola, Gabón, la India y Botswana, entre otros, han despenalizado la homosexualidad. Sería ingenuo ignorar que medidas como estas, persiguen a menudo, facilitar inversión exterior y capitalizar turismo LGTBI, pero sería injusto despreciar las difíciles situaciones que los activistas por los derechos LGTBI han atravesado y siguen atravesando en esos países por la causa de la igualdad.

«En términos políticos, el Orgullo sigue advirtiendo a los partidos que mejor no dar marcha atrás en sus derechos. En Países Bajos, hasta la ultraderecha se nos ha hecho gay friendly«

Alguien me dirá que hablo del pasado y de lo que pasa fuera, pero aún no le he dado un sentido al LGTBI en el presente español. Para empezar, aunque no soy el alma de la fiesta, me parece que una celebración puntual no necesita de grandes justificaciones. En términos políticos, el Orgullo sigue advirtiendo a los partidos que mejor no dar marcha atrás en sus derechos. En Países Bajos, hasta la ultraderecha se nos ha hecho gay friendly. Y es que las minorías no sólo deben ganar sus derechos, deben consolidarlos y mantenerlos.

Es un hecho que en España la homofobia es minoritaria. Todas las estadísticas reflejan que por abrumadora mayoría la población española apoya los derechos LGTBI. Es más, según la estadística, somos el país más LGTBI friendly del mundo. Desgraciadamente, si atendemos a las estadísticas de la UE, nuestra minoritaria homofobia se esfuerza en hacerse notar ya que es bastante agresiva.

Si la media de toda la UE, el 59% de los encuestados LGTBI asegura haber sufrido una agresión o acoso callejero, en España lo responde el 60%. ¿Tampoco nos pasamos tanto no? Bueno, tened en cuenta que la Europa del Este no es muy LGTBI friendy.

De la Europa Occidental, sólo nosotros, Italia y Malta superamos la media de la UE. Portugal nos iguala. El porcentaje aún abulta más si nos comparamos sólo entre los países que han regulado el matrimonio y adopción igualitario. Sólo Malta esta peor que nosotros, con un 68% frente al 43% de Suecia.

Dado que la European Union Agency for Fundamental Rights encuesta a personas, en lugar de basarse en datos judiciales, podemos asumir que estos datos son más exactos. Las denuncias siempre dejan una gran cifra oculta del delito.

¿Hay motivos para celebrar el Orgullo? ¿Para seguir reivindicando? Pues, sí, me parece que lo de aún queda trabajo por hacer no es ninguna frase hecha.

A menudo se oyen quejas de la importancia que los partidos dan a la cuestión LGTBI. Una aclaración: la defensa de los DDHH LGTBI no es incompatible con otras cuestiones: resolver el paro, ayudar a los autónomos etc. A ver, tengo poca fe en nuestra clase política, pero si nuestro Parlamento y Administraciones Públicas sólo son capaces de hacer una cosa a la vez, que Dios nos coja confesados.

¿Hay legislación populista? Bastante, las CCAA han pasado un montón de leyes que son un brindis al sol. El proyecto de Ley anti-LGTBI de la legislatura pasada apenas tenía un par de artículos útiles -los relativos a no exigir el matrimonio a una pareja lésbica que se inseminara para poder figurar ambas como madres del pequeño. Espero que en esta legislatura den con algo un poco mejor.

«¿Hay chiringuitos LGTBI en España? A ver… teniendo en cuenta la cantidad de chiringuitos con forma de fundaciones, instituciones etc. sorprende que los Observatorios LGTBI estén en el centro del debate»

¿Hay chiringuitos LGTBI? A ver… teniendo en cuenta la cantidad de chiringuitos con forma de fundaciones, empresas públicas, instituciones etc. que hay en España, sorprende que los Observatorios LGTBI e Institutos de la Mujer estén en el centro del debate. Como trabajador público creo que en muchos casos -aunque cada autonomía es un mundo- su trabajo y criterios de selección de personal son manifiestamente mejorables. Como jurista…, bueno, mejor lo hablamos otro día. Eso sí, como contribuyente, tengo la misma prisa por eliminar todo gasto público inútil, y, como en este asunto no encubro homofobia o machismo, me desagradan un poco más los 44 millones anuales del Senado, las Diputaciones Provinciales, algunas embajadas y residencias diplomáticas, así como los Consejos Comarcales catalanes. No digo que no se fiscalice a los Observatorios, pero igual se deberían priorizar otras cosas en el debate de recortar gastos inservibles.

Por último, a un nivel personal, como bisexual, creo que los movimientos LGTBI sí deberían reconsiderar dos aspectos. El primero es que ser portavoz de una organización LGTBI no te hace portavoz de todos los que comparten en esa condición. En general, yo me siento bastante representado, pero me preocupa un poco que haya buenos y malos LGTBI según sus opiniones políticas o personales

La segunda cuestión ya no es sólo problema de los LGTBI, ni de las minorías socialmente organizadas, ni siquiera de estos grupos y el feminismo. No, es un problema que creo que afecta a una parte mayoritaria de la sociedad. Me cuesta ponerle un nombre…, pero desde hace años parece que exigimos a la sociedad que nos procure autoestima y felicidad. Cuando esto no es así culpamos al sistema, las creencias tradicionales o recién llegadas, o a los masones.

Todos tenemos derecho moral a exigir leyes que impidan nuestra vejación por cualquier condición personal: orientación sexual, género, edad, religión, aspecto físico, salud etc. Ahora bien, la búsqueda de la felicidad y la autoestima es cosa nuestra.

Ser bisexual tiene algunos inconvenientes. En TODAS mis relaciones ha sido un problema, tuviera mi pareja el sexo que tuviera. Por suerte conozco casos muy distintos al mío. Siempre dicen que tengo mal gusto eligiendo.

El caso es que, durante mucho tiempo, culpé a la sociedad por esto. Ahora creo que la culpa de aguantar aquello fue exclusivamente mía. La sociedad no está obligada a enviarme personas a las que yo les guste tal como soy. Hacerme respetar por las personas que dejo entrar en mi vida y las que decido que permanezcan en ella -léase familiares- es mi deber y no puedo delegarlo en nadie. Así que desde hace ya un par de años, a la que percibo la menor sombra de incomodidad con mi orientación, se ponen las cartas sobre la mesa y si no me quedo satisfecho, esa persona sale expulsada de mi vida. Porque no, tampoco es mi deber dales tiempo para que maduren. Si les intereso que vengan con la madurez puesta de casa, que soltero se está muy bien.

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