Como resultado de las denuncias presentadas en 2018 por Societat Civil Catalana y Abogados Catalanes por la Constitución, el Tribunal de Cuentas comunicó la semana pasada a Carles Puigdemont, a los miembros de su Govern y a una serie de dirigentes implicados en el procés que deberán pagar algo más de cuatro millones de euros por los gastos ilegales en que incurrieron para llevar a cabo el simulacro de referéndum del 1-O. También se les anticipó que se añadirán a la cuenta de dinero público desviado los gastos en acción exterior, y eso hará que la suma a devolver se sitúe alrededor de los veinte millones. Como era previsible, el expresident publicó un tuit de inmediato –Si votaste el 1-O, te necesitamos-, con el correspondiente número de cuenta. ¿Y cuál fue la reacción de muchos de sus seguidores en sus réplicas? Más bien airada, pero no porque se sintieran estafados, sino más bien decepcionados por la tibieza de Puigdemont: no iban a dar un euro a quien no fue capaz de llevar las cosas hasta el final. Sin embargo, había otros que confirmaban ya haber hecho la donación y le sugerían, con sumo tacto, que en justa contrapartida procediera a levantar la suspensión de la DUI: de modo llamativo, camino de tres años después de topar con el principio de realidad, aún concedían la facultad para trastocar algo tan poco virtual como es la configuración estatal internacional, y ello a partir de la mera pronunciación de unas palabras, a un prófugo que no puede pisar su país sin ser detenido.

En cuanto se empiece a decir la verdad, todo se derrumbará: ésta es la cristalina cita de Alexandr Solzhenitsyn con que Emmanuel Carrère arma su reflexión al abordar, en su obra Limónov (2011), el inicio del fin del comunismo de la URSS. Solzhenitsyn, disidente condenado en 1956 a ocho años de trabajos forzados en Siberia, había irrumpido como divulgador del gulag durante la primera tentativa de deshielo parcial del régimen -la era Jruschov– con la publicación en la revista Novy Mir de su novela Un día en la vida de Ivan Denísovich (1962). El trastorno provocado por su testimonio había sido uno de los motivos principales para que el poder echara el freno y virara de nuevo hacia la opacidad con el mandato de Brezhnev. Más tarde, el escritor asestó otro golpe con su monumental Archipiélago Gulag (1973), publicado primero en París -una vez que la KGB hubo interceptado una copia del manuscrito- y después en 1990 en la propia Unión Soviética, en el ambiente de la glasnost desencadenada por Gorbachov. Carrère nos llama la atención sobre algo que todavía hoy nos impresiona: ¿quién podía intuir en 1985 que en solo seis años todo aquel mundo sería arrumbado, casi de un día para otro? A Gorbachov probablemente le tomaron la palabra, y lo que propició –abrir algo la mano para vigorizar el régimen, situar las cosas otra vez más o menos en el punto en que Jruschov tuvo que dejarlo- enseguida derivó en la dinámica que condujo hacia un desenlace inevitable. Lo que trastocó todo, nos recuerda Carrère, fue que durante esos años pudo al fin hacerse historia libremente. El régimen abrió la puerta a la realidad, y ésta no tardó apenas en carcomer sus anquilosadas y vulnerables estructuras. Muchos ciudadanos leyeron con avidez todo aquello que iba cayendo en sus manos y de tal forma sometieron al statu quo a un fact checking mortal de necesidad. Si damos crédito a Carrère, la mentalidad que emergió decisivamente no fue la del nuevo hombre soviético pregonado por la propaganda interior, ni tampoco la de su estereotipo opuesto, el indolente homo sovieticus, sino una tercera vía menos caricaturesca: personas que, simplemente, una vez libres del miedo, pretendieron conocer esa realidad hasta entonces velada.

¿Podríamos imaginar en Cataluña un desenlace semejante, el colapso inesperado y repentino de la ideología hegemónica, del nacionalismo? Al entender que no, que de ningún modo, nos colocamos en la pista que nos lleva a intuir lo fundamental: la abrumadora superioridad del nacionalismo, en el plano psicológico, respecto del comunismo. A diferencia de la URSS, la realidad ha estado aquí en los últimos años, como corresponde a una democracia, al alcance de cualquiera. Ni los datos, ni los argumentos, ni las falacias desmentidas por una realidad tozuda han servido para desligar a un solo secesionista catalán de lo esencial de sus creencias: no existe equivalente psicológico en los estertores del procés del ciudadano tardosoviético que dibuja Carrère, ese que madruga y hace cola en el quiosco para conseguir, el mismo día de su puesta en circulación, la última obra liberada de la censura. Como se ve con la colecta de Puigdemont, predominan dos tipos de perfiles sobre los que ha percutido la decepción, el de los enfadados con el líder por su debilidad, o incluso por su traición, y el de quienes –más ajenos a toda realidad- siguen rascándose el bolsillo. No vemos por ninguna parte secesionistas de base que concluyan y reconozcan que han sido sometidos a una vulgar tomadura de pelo, que todo es un elaborado cuento escrito por los de arriba: la cosa ha sido y sigue siendo legítima, aunque esta vez no nos haya salido bien.

Vista hoy, la vía soviética para la ocultación de la realidad se revela extrañamente burda, casi literaria. Carrère nos vuelve a poner sobre la pista: cuando tras la muerte de Stalin se decide eliminar a Beria, jefe del NKVD –el KGB antes de llamarse KGB- y responsable máximo de la gigantesca represión de los años treinta, se decide recortar en todos los ejemplares de la Enciclopedia Soviética en las bibliotecas el artículo hagiográfico que se le había dedicado. Se elimina la entrada Beria y se pega en su lugar, para conservar el orden alfabético, otra dedicada al estrecho de Bering. Además, se le indica a la gente que colecciona la enciclopedia por fascículos que haga lo mismo en casa. ¿Podían semejantes mecanismos crear fieles auténticos? Lo ocurrido entre 1985 y 1991 nos sugiere que la propaganda comunista era del todo incapaz de compensar el desgaste del régimen, probablemente porque no podía afectar de modo decisivo al elemento capital: la actitud psicológica hacia la realidad imprescindible para dar a luz a esos creyentes. El comunismo, puesto en práctica, tiene bien poco que ofrecer, y por supuesto no puede competir en términos de promisión con ningún nacionalismo que se proyecte hacia el futuro: por ello se basó por completo en un aparato represivo imprescindible. Así, cuando la URSS de Gorbachov ve caer el miedo desaparece, no en todos pero sí en los suficientes, esa aparente –solo aparente- voluntad de no querer saber. En el poderoso nacionalismo del procés, muy al contrario, el verdadero policía que mantiene el orden no es externo, sino interior, y por ello incansable e incomparablemente más eficaz. Liberarse del represor externo fue liberador en la URSS, supuso un reencuentro natural con la realidad y la inevitable cuenta atrás para el régimen. Doblegar al policía interior para propiciar ese mismo reencuentro tiene, aquí y ahora, un coste que ningún creyente parece estar dispuesto a pagar.

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