Los movimientos pendulares son casi norma en las sociedades humanas y la decadencia suele aparecer justo después de alcanzar extraordinarios desarrollos. No hablo solo de grandes imperios o evolucionadas civilizaciones que acaban cayendo en la ignorancia y el oscurantismo. Los avances sociales, el humanismo, los derechos humanos pueden también ser víctimas de la ley del péndulo. Pueden. Pero no necesariamente.

«… los derechos humanos pueden también ser víctimas de la ley del péndulo. Pueden. Pero no necesariamente»

Nos encontramos ahora en un punto crítico, cuando el péndulo social, completado el ciclo, cesa en su movimiento y, apenas por un instante, queda varado en el tiempo. De no hacer nada, su vuelta atrás ocasionará una regresión que, por desgracia, afectará a todos los ámbitos ideológicos, pues derechas e izquierdas convergen cuando las luces se apagan y, los otrora enemigos, se amartelan en la negrura generando un mismo discurso. Una misma palabra.

El universo de las palabras es la herramienta más poderosa para reconocer, conformar e integrar el mundo y sus devenires. Las palabras pueden destruir sueños y proyectos, arrastrándonos en una vorágine de rabia. Pero, a la vez, son instrumentos para resistir el embiste de lo irracional y nos ayudan a recuperar un humanismo siempre preciso, a ratos frágil pero nunca doblegado. La palabra mutila y mata. La palabra cura y protege.

Tomemos, por ejemplo, el término fobia. Expresión que designa un trastorno médico pero que, en la construcción social de las palabras, se ha convertido en sufijo para definir el odio y a los odiadores. Un vocablo peligroso para muchos, porque les retrata en toda su malicia y eso no suele gustar. ¿Qué hacen quienes se ven señalados por algún tipo de fobia? Pues negar la mayor y rechazar, por fas o por nefas, la existencia de dicha fobia. Desde la religión más ranciamente ortodoxa -que niega su homofobia-, hasta el más autoritario feminismo reaccionario -que niega su transfobia-, el sermón de los negacionistas coincide.

Quizás el alegato más claro de este negacionismo sea el artículo publicado en El País el pasado 20 de julio de 2019. El encabezado rezaba: Cuidado con las palabras que terminan en “fobia”. El uso de ese elemento indica que se quiere ganar en la retórica lo que se sabe perdido en la argumentación.  https://elpais.com/elpais/2019/07/19/ideas/1563530959_927255.html

Obsérvese el detalle: «lo que se sabe perdido en la argumentación». Y, por tanto, de un plumazo, se borra todo rastro de odio. La fobia no es real, es un artificio para disimular la falta de argumentos. Ni monseñor Reig Pla lo hubiese expresado mejor. Pero no, no es un alto jerarca de la Iglesia católica quien así habla. Tampoco es un destacado miembro de HazteOir o la trasnochada disonancia del Partido Feminista de España. Es Amelia Valcárcel, eminente socialista, Consejera de Estado y digna represente del feminismo cisexual, blanco y emparentado con el poder.

Considera la filósofa que cada vez que alguien sueña con mantenerse por encima de la opinión bien formada o del debate moral toma una venerable palabra médica, “fobia”, y la hace aparecer al final del asunto que quiere amurallar. Así hemos ido oyendo que existe la “islamofobia”, la “pornofobia”, la “transfobia” y hasta la “putofobia” y la “surrofobia”. (Por cierto, y con todo respeto, es subrofobia. Salvo que, en vez de raíz castellana, se prefiera declinar anglicismos derivados de surrogacy).

La lectura del artículo deja claro que no hay que creer en tales odios, como tampoco debe existir la homofobia, aunque la ley la reconozca. Ni, por supuesto, la serofobia, que discriminar y marginar a las personas HIV positivo no es fobia, sino invención. Y, para la autora, decir transfobia no es señalar una forma de odio, es querer decir a quien la practica: “cállate”. Un “cállate” absoluto. Si algo no te gusta o no te convence, nada de criticar, cállate.

«Porque la transfobia mata. Da igual de dónde derive el termino fobia, porque la realidad es que, en la España del siglo XXI, es palabra que delimita odios»

Pero Alan, Ekai, Edu, Thalia, José Matías, Itzel… no son una forma de decir cállate. Eran jóvenes trans. Son muertes. Porque la transfobia mata. Da igual de dónde derive el termino fobia, porque la realidad es que, en la España del siglo XXI, es palabra que delimita odios. Elsa Ramos, una niña trans de tan solo 8 años, contaba en la Asamblea de Extremadura, el pasado 2 de diciembre, que sus “compañeras y compañeros han comprendido cómo soy desde el primer día”. Las y los negacionistas no quieren comprender. Ni pensar. Ni oír. Para la ultraderecha y para el feminismo radical excluyente las mujeres trans no son mujeres y por tanto no es transfobia decir “son tíos, y digo tíos porque son tíos”.

Hay que nombrar las fobias. Y definirlas. Es la única forma de defenderse de ellas, de la homofobia, de la transfobia, de la subrofobia, de la plumofobia…. Hay que conocer su existencia para poder denunciarlas.

Antes, a las ideas les costaba deambular entre las gentes y arraigar. Ahora, la red de redes posibilita que cualquiera pueda transmitir su ideología y que cualquiera pueda recibir esa trasmisión. Con esta ayuda, sectores fundamentalistas a izquierdas y derechas han emprendido la persecución de herejes y quieren borrar del lenguaje la realidad y el odio que vive en ellos. A nosotras, a nosotros nos toca actuar porque, si dejamos que prosperen, el péndulo invertirá su movimiento y nos llevará a un tiempo saturado de aromas inquisitoriales.

Los ultras, sean del signo que sean, comparten un mismo rechazo a los mestizajes, a las diferencias, a lo queer. Siempre al acecho, buscarán redimirnos del pecado de ser homosexual o del error de ser trans o aplicarán un pin parental que recorte el mundo de niñas, niñes y niños para hacerlo a su imagen y semejanza.

¿Cuidado con las palabras que terminan en “fobia”? No, señora, no. Cuidado con las y los muñidores del odio. Porque, nunca lo olvidemos, los odios hieren. Los odios matan.

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