Este domingo, el gobierno de Nicaragua repartió urnas y papeletas por todo el país, pero, por favor, no lo llamemos elecciones. Después de meses arrestando a líderes de la oposición que amenazaban su tercera reelección consecutiva, Daniel Ortega parece genuinamente sorprendido porque los nicaragüenses no quieran ir a votar.

Tan mal pintaban las perspectivas de participación, que al medio día, matones del Frente de Liberación Sandinista, partido de Ortega, recorrieron las calles de las principales ciudades del país, en furgones y camionetas. Puerta por puerta iban llamando para “invitar” a la gente a votar. Con una amabilidad intimidante, se ofrecían a llevarles al colegio electoral en sus vehículos.

“Daniel Ortega parece genuinamente sorprendido porque los nicaragüenses no quieran ir a votar”

A media tarde cambiaron de estrategia. Quizás por ahorrar gasolina, con tantas idas y venidas, sacaron las urnas del colegio electoral y las pasearon por las calles para que la gente pudiera votar en su portal.

Desconocemos si alguien votó más de una vez, si hay en las urnas votos sin votante o cuánta gente ha votado bajo coacción. De lo que estamos seguros es la ausencia de observadores y medios internacionales, de una junta electoral independiente y de una judicatura que ponga límites al despotismo de Ortega.

Cada vez es más frecuente ver casos como Nicaragua, donde la democracia degenera en dictadura por la puerta de atrás. A la oposición se le permite seguir existiendo dentro de la legalidad. Incluso ocupará algunos escaños y un puñado de alcaldías. Pero llegar al poder le resultará imposible en la práctica.

“Desconocemos si alguien votó más de una vez, si hay en las urnas votos sin votante o cuánta gente ha votado bajo coacción”

Con los medios de comunicación y los servidores estatales de internet bajo control del gobierno, las voces de la oposición se ven marginadas o, directamente silenciadas. Si a pesar de todo, la impopularidad del mandatario se dispara, las desapariciones misteriosas y los arrestos sin fundamento descabezarán a la oposición.

Y si las demás alternativas se agotan, siempre queda el fraude electoral.

La figura de Ortega entristece doblemente. No es un político más, corrompido por las ansias de poder. En los años 70 fue el rostro de la guerrilla sandinista contra la atroz dictadura de Somoza. Cuando este fue derrocado asumió el poder en 1979 y lo mantuvo durante una década.

“Ortega… en los años 70 fue el rostro de la guerrilla sandinista contra la dictadura de Somoza”

En 1990 los sandinistas aceptaron su derrota frente a la coalición opositora liderada por Violeta Barrios De Chamorro. Aunque había trabajado con Ortega entre 1979 y 1985, la primera mujer electa Jefa de Estado en América supo agrupar entorno a sí una coalición de liberales, conservadores, socialdemócratas y sandinistas moderados que no querían que Nicaragua siguiera los pasos del castrismo.

Pese a permanecer más de 15 años en la oposición, los sandinistas se consolidaron como fuerza política estable, frente a las coaliciones de partidos contra ellos que se formaban y se dispersaban con la misma agilidad. Su buena prensa internacional seguía creciendo. La corrupción y abusos de los gobiernos de Alemán Lacayo y Bolaños, sucesores de Violeta Barrios, renovaron aún más la popularidad de Ortega a la vez que hacían temer el retorno a las oscuras prácticas de Somoza.

“En 1990 los sandinistas aceptaron su derrota frente a la coalición opositora liderada por Violeta Barrios De Chamorro”

Aún recuerdo que en esos años, mi canguro, una chica que viajaba cada año a Nicaragua, me hablaba de aquel país. Si algo me quedó claro es que habían sufrido mucho por culpa de un dictador (Somoza) y, aunque nunca pronunció la palabra sandinista (o yo no lo recuerdo) sí me dijo que había grupos de gente buena que habían echado al tirano.

En 2007 Ortega vuelve al poder y ya no lo ha soltado. Los abusos de poder empezaron con el control de los jueces y de las fuerzas armadas. Año tras año, sus prácticas se han vuelto más y más autoritarias. Desde 2017, su esposa Rosario Murillo, como vicepresidenta. Si Ortega falleciera o quedase imposibilitado por salud para ejercer el poder, su mujer le sucedería.

Mientras tanto, el país sigue hundiéndose en una espiral de miseria, corrupción y migración forzosa.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here