Fernando Fernán Gómez, en su magnífica autobiografía llamada El tiempo amarillo, hace memoria de los años de la guerra civil y recuerda al recorrer esos tiempos duros que en la calle, para hablar de la guerra, nunca se mencionaba esa palabra, porque la desgracia siempre crea un intenso tabú en torno a la expresión clave, como si el mero hecho de ponerla en nuestros labios pudiera agravar lo que ocurre.

«Al hablar a los suyos, se recordarán empleando las palabras que dan nombre a este artículo: “Cuando todo esto acabe»

Durante esta fatídica pandemia, ese mecanismo de elusión de términos también se ha activado en nuestro cerebro. De una manera inconsciente, ustedes también habrán dado un rodeo para no mencionar la bicha. Al hablar a los suyos, se recordarán empleando las palabras que dan nombre a este artículo: “Cuando todo esto acabe”. Con la vacuna como esperanza de salvación, todos hemos hecho planes para cuando el contagio masivo no sea más que un amargo recuerdo. Haremos un viaje, volveremos a ese restaurante que tanto nos gusta, los abuelos vendrán a vivir con nosotros.

En la esfera privada y familiar, todos nos hemos hecho ya promesas de felicidad para cuando todo termine. Cada cual tiene ya una lista mental de sueños e ilusiones para el día en que las mascarillas vuelvan al ámbito exclusivo del quirófano. Eso está muy bien en el ámbito privado, pero sería importante que en una dimensión general, internacional, se tomaran grandes decisiones que demuestren que todos estos rigores y la desgracia que ha llegado a tantas familias dejan unas lecciones. Necesitamos un lista de deseos pública, que obren cambios en un sistema que no podemos mantener. La Tierra no aguanta la presión a la que la estamos sometiendo, y negar cuestiones como el cambio climático y la inviabilidad de nuestro  modo de vida actual es tener una venda delante de los ojos. Nuestro mundo es insostenible, el calentamiento global imparable, y resulta evidente que someter el planeta a este nivel de estrés solamente puede traernos nuevas desgracias. En la agenda global, hay ciertos temas que deben repensarse, porque ponen en peligro al planeta y quienes lo habitamos. La detención prolongada de nuestra frenética actividad nos debe haber dejado el suficiente tiempo para darnos cuenta de qué funciona y qué no en nuestra sociedad. Qué nos beneficia y qué nos hace daño. Y actuar en consecuencia cuando pase.

Cuando todo esto acabe, hay que pensar en los daños para la salud y el medio ambiente de la producción alimentaria actual y el monocultivo, que agota los ecosistemas y esquilma cualquier forma de vida que no pueda adaptarse a ese paisaje monótono. No dejen de leer el libro Grandes granjas, grandes gripes, de Robert G. Wallace que ha publicado  Capitán Swing. En él se explica bien por qué el camino de la hiperproducción mediante manipulación genética solamente puede llevarnos a la creación de nuevas enfermedades.

Tenemos que repensar qué se pierde y qué se gana con el turismo de masas. La contaminación que arrastra tras de sí nuestra foto con la Gioconda, nuestra visita de una hora a la Gran Muralla China. Quizá haya llegado el momento de limitar el alcance y frecuencia de nuestras vacaciones planetarias para rebajar el impacto medioambiental. Urge una agenda global que establezca un plan serio, constructivo y firme para acabar con las desigualdades económicas y la explotación del Tercer Mundo, para acabar con ese éxodo de África a Europa que tantas vidas está costando.

«Si nada cambia cuando la pandemia por fin nos dé tregua, habremos fracasado como sociedad. Tenemos que renacer diferentes después de la crisis»

Si nada cambia cuando la pandemia por fin nos dé tregua, habremos fracasado como sociedad. Tenemos que renacer diferentes después de la crisis. Si no hacemos nada, si seguimos hasta ahora, otros azotes vendrán por el mismo lado. Nos habríamos convertido en un mundo tan pagado de sí mismo que no sabe interpretar las señales. No podemos continuar la fiesta sin más, despreocupados, hasta que nos topemos con la siguiente desgracia global. El mundo globalizado que hemos creado por puros intereses económicos y hedonistas, en el que la movilidad es infinita, queramos verlo o no, es el culpable de que esta pandemia no empezase y muriera en China.

No sé si nuestros políticos –y estoy pensando a escala global, no de España– estarán a la altura del momento histórico, y sobre todo qué tipo de batalla dinamitadora del bien común emprenderían las empresas de los sectores que más sufrirían estos cambios de modelo. Para ser un mundo globalizado y en el que la tecnología permite que todo sea instantáneo, los gobernantes se han instalado en un cortoplacismo que no va más allá de su legislatura. Ese proceso trillado de alcanzar el poder y a partir de ese momento limitarse a asegurar la reelección no entiende de grandes logros sino de pequeños gestos, y lo que necesitamos para forjar un nuevo mundo del dolor de esta crisis son cambios de gran calado. La cuestión es, como recoge nuestro refranero, quién será capaz de poner el cascabel al gato cuando todo esto pase.

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