Debido a la crisis socio-económica que ha vivido Venezuela en los últimos años, más de cinco millones de venezolanos se han visto obligados a dejar el país. Sin embargo, todavía quedamos más o menos veinte millones de venezolanos caminando las calles de un escenario en ruinas.

Pero, intentando observar la crisis desde la perspectiva de un extranjero, me di cuenta que todo nuestro sufrimiento es contado desde las acciones de Maduro, Guaidó, Trump e incluso Irán. Pero, no desde nosotros. Nosotros, los ciudadanos que padecemos esto, somos una categoría abstracta que se menciona para dimensionar el impacto de las acciones realizadas por estos actores.

Por eso, yo quiero contarles mi historia.

 

¿Quién soy yo?

Me llamo Marissandra, tengo 34 años y estudie Historia del arte. Actualmente, soy profesora en La Universidad de Los Andes, uno de los centros de estudios universitarios más importantes del país (Aunque debería ser más específica y explicar que: FUE una de las universidades más importantes del país, ahora es solo un cascarón vacío).

Vivo en Mérida, un estado andino ubicado en el occidente del país que vive del turismo y del dinero que dejaban los jóvenes foráneos que se establecían acá con la idea de estudiar en la universidad.

 

¿Necropolítica o preparación para el apocalipsis?

Muchos dirían que el enfoque de Maduro a la hora de manejar el gobierno ha sido necropolítico, esa categoría trabajada por Foucault que explica, básicamente, que el Estado se otorga la potestad de decidir quién vive y quién no.

Sí, la Necropolítica es lo único que explicaría cómo es posible que, de a poco, el gobierno venezolano nos está preparando para el apocalipsis. Si no me cree, déjeme contarle los sucesos que en menos de diez años hemos vivido los venezolanos: escasez de alimentos [2013-2019], escasez de medicinas [2013-2019], situaciones violentas a nivel social que nos obligaron a encerrarnos en nuestras casas por tres meses [Guarimbas 2014 y Guarimbas 2016], el nombramiento de dos presidentes, la creación de una  Asamblea Nacional paralela más una Asamblea Nacional Constituyente, la constitución de 1 Tribunal Supremo de Justicia paralelo, elecciones presidenciales que terminaron en violencia [2013], saqueos y por supuesto, la muerte de dos conos monetarios [Bolívar fuerte-Bolívar soberano], hiperinflación en dólares, entre otros sucesos que en este momento estoy tratando de recordar.

Pero, si hubo una situación que nos llevó al límite creo que debería ser el apagón nacional que ocurrió el 7 de marzo del 2019.  En horas de la tarde de ese día, la luz se fue. Para nosotros era normal tener cortes de luz, así que no fue una situación que generara preocupación.

Yo quiero que usted que me está leyendo, imagine por un segundo que la electricidad se va, pasan las horas y no regresa. Al otro día, se levanta de la cama y aún no tiene luz. Los rumores, los murmullos y los chismes empezaron a aparecer, al punto de que el vecino le toca la puerta y le comenta que se enteró por un amigo en Caracas (la capital) que el apagón era en todo el país, pero no puede decirle más porque se descargó su celular.

Las horas se convirtieron en días y la penumbra se hizo costumbre. La experiencia para los que teníamos gas doméstico, era digna de un hotel cinco estrellas. Pero, los que lo tenían, tuvieron que cortar leña para poder cocinar.

Tomen en cuenta la cantidad de gente en terapia intensiva que murió, la cantidad de alimentos que se perdieron, la cantidad de aparatos eléctricos que se dañaron; o sea, quiero que tomen en cuenta todo lo que implica que un país entero se quede sin electricidad por 120 largas y dolorosas horas.

Por si lo preguntan. No, el apocalipsis ocurrió en esos cinco días. Se estableció una red de solidaridad entre todos que fue clave para superar el simulacro apocalíptico. Algunos comerciantes regalaron comida, vecinos se ayudaron y en medio de todo, salió a flote las cualidades más hermosas del ser humano. Pero, el miedo asomaba su cara: ¿Qué estará pasando?, ¿Cómo vamos hacer?, ¿Cómo vamos a comprar comida?…

Todas estas preguntas comenzaron a emerger, pues sin electricidad no hay internet y sin servicio de internet no es posible realizar transacciones electrónicas. Y así, es imposible comprar alimentos, recuerden que en Venezuela no se maneja dinero en efectivo ya que hay escasez de billetes. Pero, más allá de eso, así hubieses billetes en demasía, el de mayor denominación no alcanza para comprar un caramelo.

Así pasan cuatro noches y cinco días, así pasan 120 horas de tu vida en las que, lógicamente todo se detuvo. Y, cuando por fin regresa la luz, literalmente la respuesta del gobierno es una historia de vaqueros con ataques cibernéticos incluidos en la narrativa.

 

¿Cómo se vive un apagón nacional?

Lógicamente en un país de América Latina, cinco días de electricidad remite directamente al fantasma de los golpes de Estado. Esa fue la reacción de casi todas las personas mayores que vivieron los golpes del 92. Sin embargo, a medida que pasaban las horas era sencillo asumir que, por la poca presencia militar en las calles, Maduro seguía a Miraflores.

Ahora bien, en lo que refiere al ámbito personal, quizás la mejor manera de ilustrarlo es tomando como referencia a Jack Torrance, el protagonista de “El resplandor” de Stephen King. Si, tal y como Jack Nicholson en la película de Kubrick, de a poco se iba perdiendo la cordura. Yo pasé del estupor a la rabia; de la rabia a un estado catatónico hasta llegar a un brote psicótico y así, estos estados de ánimos se convirtieron en un loop constante hasta que el bombillo de mi cuarto prendió de nuevo.

Al principio, nos reunimos alrededor de mesa con juegos de mesa, intentamos reírnos de la situación, pero supongo que, en el fondo, todos presagiamos que esta situación como el prólogo a una situación aún más compleja.

Vivo con cinco personas más, cada uno con sus miedos y sus frustraciones trataba de comprender lo que estaba pasando. Calibrar los miedos en un espacio reducido, implica intentar negociar con nuestro lado más primitivo y la mayoría de las veces, razonar no es posible. Es como si tu pesadilla se hiciera realidad y mientras la vives, piensas en todos los posibles escenarios que pueden ocurrir, por lo que el apocalipsis se ve como hecho factible dadas las circunstancias.

Nosotros sobrevivimos porque teníamos un sistema de apoyo importante, eso sin olvidar que estábamos dotados con café y cigarrillos en nuestra alacena. Pero, la realidad es que hubo mucha gente que no contó con tanta dicha.

Quiero escribir sobre este tema porque, a nivel global vivimos un momento en el que las noticias corren a velocidades impresionantes que es imposible digerirlas. Pocas noticias, logran causar un impacto profundo en nuestra psiquis. Si no me creen, solo basta con ver la cantidad de gente que, frente al Covid-19, no toma las precauciones necesarias o sencillamente, lo toma como un asunto de fe y no cree en el virus.

Incluso para nosotros los venezolanos, todos los días pasa algo nuevo que pone nuestras experiencias pasadas en el olvido. Además, escribir sobre nuestras experiencias en medio de un país en crisis, le permite al extranjero entender la dimensión del problema desde lo íntimo, sitio en el que no caben las ideologías ni los intereses políticos.

Además, hay que recordar cada una de las situaciones límite que hemos pasado, hay que recordar cada ausencia, cada momento de desesperación para tratar de entender el momento, esa es una forma de resistencia ya que permite superar el límite del tiempo y el espacio.

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