La paranoia es algo terrible y destila un atractivo difícil de resistir. Su fascinación, para los aún cuerdos, proviene en parte del abismo que les señala y al que parece querer invitarles cuando se ofrece ante sus ojos. Nadie es inmune, y la sima que se vislumbra se ha abierto enfrente para engullir a cualquiera a la más mínima ocasión: hay una perplejidad de amenaza difusa, un vértigo sutilmente autodestructivo en quien escucha razonar a un paranoico.

«La paranoia es algo terrible y destila un atractivo difícil de resistir. Su fascinación, para los aún cuerdos, proviene en parte del abismo que les señala y al que parece querer invitarles cuando se ofrece ante sus ojos»

Por lógica, esta turbulencia de nuestra psique tenía que brindarse a la narrativa y a la creación para optar a metas elevadas. Ejemplo obvio, hoy casi olvidado, es el efímero género del thriller conspiranoico de la primera mitad de la década de 1970. A años luz en ambición de las infantilizadas propuestas actuales, aquellos artefactos ideados por directores norteamericanos deudores de la ideología europea del cine de autor –el control radical del film por su realizador- se atrevían a ir tan lejos como fuera posible: en El último testigo (The Parallax view, 1974), Alan J. Pakula logra, ni más ni menos, que la misma forma de la película sumerja al espectador en una experiencia perceptiva y psicológica análoga a la paranoia. El triunfo artístico llega a través del manejo consciente –y radical- de todos los elementos narrativos y de estilo y se condensa en una única idea: el maltrato al espectador, que no logra jamás acomodarse en el relato que se le presenta. El punto de vista narrativo y el manejo de la información, que acaban por unir al espectador al destino de un protagonista sobrepasado por la trama; el modo de filmación de los momentos clave –y del desenlace-en dilatadas secuencias temporales y a base de grandes planos generales que dificultan la identificación de lo esencial en juego; el desdichado final de un héroe que sucumbe a la maquinación: todo contribuye a una percepción pesimista y confusa, todo consigue impregnarnos de la idea de un poder incomprensible, de una especie de oscuro designio de lógica y engranaje inmisericordes. La política como enigma inextricable y fuente de un mal ontológico. Un tipo de cine de personalidad marcada, que duró poco tiempo y respondía a unos años de desconfianza total en los políticos y abrumadora crisis de identidad –Watergate, Vietnam-. Eso sí, cine de una era dorada para la experimentación y el atrevimiento en la cultura popular.

«Pero lo que es estimulante en el arte puede ser letal para la política: una democracia que normaliza un estilo de pensamiento paranoico es una democracia enferma»

Pero lo que es estimulante en el arte puede ser letal para la política: una democracia que normaliza un estilo de pensamiento paranoico es una democracia enferma. Y habrá que insistir en algo que suele pasar inadvertido: tal estilo no se aparta de un modo inequívoco y rotundo de las formas habituales mediante las que razonamos la política, solo las radicaliza. No es cuestión de fronteras nítidas, sino de gradientes progresivos. Los sesgos de confirmación, las disonancias cognitivas que eliminamos a través del autoengaño para mantener la coherencia de nuestras preferencias, la atribución sistemática de características negativas al rival, todo el abrumador arsenal de nuestra psicología política cotidiana: nada de eso está lejos del estilo de pensamiento que atribuye todo el mal a inconfesables motivos y a maquinaciones externas. Una notable rigidez cognitiva nos define como ciudadanos. Y aunque reconozcamos el pensamiento paranoico al tenerlo enfrente, no sabemos en qué momento preciso ha dado el salto desde nuestra rigidez normal hacia esa otra que, sin ser aún patológica, se hace tan característica.

Un riesgo tan sutil, siempre latente, debería alertar a la clase política, pero es la clase política la que origina, en todos los casos, la implantación de la paranoia. A veces sin pretenderlo, como cuando la prensa deja al descubierto cierto tipo de vergüenzas y corruptelas del poder; otras, por el contrario, de modo deliberado, cuando políticos sin escrúpulos no dudan en inocular la suspicacia para arrinconar a sus rivales. La responsabilidad no puede ser la misma en ambos casos, pero en cuanto a los efectos que se provocan, no hay una diferencia sustancial. La célebre frase Si te persiguen no es paranoia, con origen en la gran pantalla, no podría llevar a mayor confusión: la paranoia no deja de serlo porque haya una base fáctica que la pueda, de algún modo, justificar. Lo que de verdad debería importar a una sociedad autoconsciente es que, una vez implantada en una fracción sustancial de la opinión pública, es muy difícil de erradicar.

«El secesionismo catalán traspasó hace unos días una nueva línea roja en su impactante carrera hacia el descrédito y la bunkerización. Su principal motor de agitación y propaganda, el Govern de Quim Torra, no ha tenido mayor reparo en utilizar los atentados de hace dos años en Cataluña para proyectar una sombra de miseria criminal sobre el Estado español»

El secesionismo catalán traspasó hace unos días una nueva línea roja en su impactante carrera hacia el descrédito y la bunkerización. Su principal motor de agitación y propaganda, el Govern de Quim Torra, no ha tenido mayor reparo en utilizar los atentados de hace dos años en Cataluña para proyectar una sombra de miseria criminal sobre el Estado español. En una secuencia in crescendo muy fácil de acotar, la máquina de intoxicación de la plaza Sant Jaume ha contestado a cada uno de los reveses nacionales y comunitarios recibidos en las últimas semanas con una nerviosa escalada argumental: falsas resoluciones de la ONU a favor de la liberación de algunos de los presos políticos, campaña en redes #stopBorrell contra la candidatura a Mr. PESC del actual ministro de Exteriores, creación del eslogan #Borrellgate sobre el supuesto espionaje desde ese ministerio a las embajadas de la Generalitat y, finalmente, Estado cómplice de los atentados de 2017 con el supuesto fin de evitar el inminente referéndum de octubre.

Solo había que navegar un minuto por las redes para comprobar la magnitud del daño creado, para constatar de qué forma los últimos años de intensa labor de zapa han desquiciado el modo de razonar de muchos de nuestros conciudadanos. La brillante respuesta que se ha dispensado a la patraña -no molestarse en responder- ha provocado en muchos fieles de la causa secesionista una reacción típicamente paranoide: interpretar el silencio como prueba definitiva. Difícilmente podría exagerarse, en este medio ambiente viciado, la influencia de los medios de comunicación locales, públicos y privados, en su servil papel de correa de transmisión de las delirantes consignas del poder. Los unilateralistas, en su acostumbrada autocomplacencia, no dudan en comparar a los políticos fugados –y en compararse a sí mismos- con figuras señeras de las grandes causas por la libertad en el siglo XX. ¿Han llegado a creerse su propia ficción o son conscientes de que el referente obvio en su afán de inocular la paranoia no es Mandela o Luther King, sino McCarthy?

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