Hoy se cumplen tres años del fallecimiento de Carme Chacón Piqueras. Un día negro para todos los que la quisimos; un día complicado para todos aquellos que tuvimos el placer de disfrutar de su cariño, de su amistad.

«Carme tenía la capacidad de hacer mundos mejores y de construir proyectos que albergaban una esperanza honda, una honesta alegría»

Carme Chacón era luz y alegría, pura vida. Carme tenía esa luz que describía tan bien su admirado Pedro Salinas, tenía la capacidad de hacer mundos mejores y de construir proyectos que albergaban una esperanza honda, una honesta alegría. Carme fue mucho más que la primera mujer Ministra de Defensa de España, o la primera mujer que casi logra liderar el Partido Socialista Obrero Español. Todo eso, el ministerio de defensa y el intento de liderazgo del PSOE, eran solo las consecuencias inevitables de una personalidad arrolladora y decidida, las obras de un ser luminoso.

La Carme Chacón pública era diligente y atenta, abnegada al trabajo y de firmes convicciones, pero la Carme Chacón privada, además, era divertida, bailonga, disfrutona y alegre. Sabía perfectamente de qué iba esto de vivir, conocía ciertamente las costuras de las que está hecha la vida y sus avatares, creo que conocía bastante bien la esencia de la vida misma. Carme se entregó a la vida abnegadamente,  la vivió hasta las últimas consecuencias. Carme Chacón vivió la vida apropiadamente.

La icónica imagen de la toma de posesión como ministra de Defensa, pasando revista a las tropas, la necesaria –y exultante- imagen en la Pascua Militar, los viajes a Afganistán, el embarazo de su hijo Miquel al inicio de su etapa en el ministerio de defensa… Todo lo que hacía lo hacía consciente y serena. Responsable y decidida. Y, sobre todo, lo hacía cargada de amor por el trabajo y por la ciudadanía.

Si algo entendía bien Carme era el amor. El amor por los demás, el amor por la poesía, el amor inconmensurable por su hijo. Era el amor y el respeto por todos los seres humanos lo que hacía de Carme ese ser de luz tan especial y tan rotundamente necesario en cualquier época.

«A veces me imagino volviendo a una de esas fantásticas cenas en su casa, o simplemente partiendo un poco de queso mientras debatíamos sobre cuestiones políticas»

A veces me imagino volviendo a una de esas fantásticas cenas en su casa, o tomando una copa de vino riéndonos del último despropósito, o simplemente partiendo un poco de queso mientras debatíamos sobre cuestiones políticas. Cosas simples que hecho terriblemente de menos. Y que ya no podrán ser. Cosas que fueron y que se escaparon sin remedio, pero quedan en el corazón y en la memoria.

Me cuesta mucho escribir sobre Carme; me cuesta y me duele recordar los momentos felices de Carme y, sobre todo, con Carme. Pero recordar (re cordis) es, originalmente, volver a pasar por el corazón. Y, aunque duela, es obligatorio volver a pasar por el corazón cuando pienso o escribo sobre Carme. Escribir es, también, un ejercicio de honestidad con los afectos; es por eso que te escribiré siempre, querida Carme, mientras te pienso con un buen vino blanco a temperatura Chacón. Para volver a pasar constantemente por el corazón.

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