La crisis de referentes en España no es algo repentino, sino que viene labrándose en los últimos años. Los escritores, periodistas históricos o músicos ideales no son más que figurantes en el escenario de la idolatría. Uno se fija en el que ve o escucha más a menudo, y con un país donde la televisión es el oráculo de gran parte de la población, la etiqueta de líder de opinión se la han ganado aquellos que entretienen, bien en programas informativos o simples magazines de sociedad.

Durante la crisis del coronavirus ha habido tiempo de sobra para poner los ojos -y la mente- en algún rostro de la pequeña pantalla de los salones nacionales. Sin embargo, salta la sorpresa cuando las dos caras del país se han plasmado en un espacio como Sálvame. Un formato completamente antagónico a la política en su definición temática, pero perfectamente representativo a nivel de acting. Pocas diferencias hay entre los golpes a las tribunas en el Congreso y una buena pelea entre colaboradores.

El programa de Telecinco ha permitido ver las dos Españas que hoy en día predominan en nuestra sociedad. La de la crítica al Gobierno y la de la defensa a ultranza del Ejecutivo progresista. Pero, además, con un mero análisis se puede ir más allá. Sálvame ha servido como experimento social para observar cómo la ideología estrella del 2019, el sanchismo, utiliza cualquier táctica para salirse con la suya aunque ello implique derribar a un amigo. Y, sino, que se lo digan a cualquiera de los procesados por el Presidente.

Vayamos al caso concreto: Jorge Javier Vázquez, presentador y seguidor confeso de Pedro Sánchez. Belén Esteban, colaboradora y abiertamente de centro. Ambos, grandes amigos. El primero ha estado durante todo el confinamiento promoviendo su discurso, pues para eso es su programa, e incluso prohibiendo a otros colaboradores meter cuñas políticas de otros partidos como VOX. O PSOE o a la calle, venía a ser el modus operandi. La segunda, conocida popularmente como «la princesa del pueblo» por su campechana y muchas veces vulgar personalidad, solo ha tenido un programa para dar su visión de la crisis del Covid.

En su reaparición, Belén Esteban aprovechó para criticar la gestión del Gobierno Central, para aplaudir a alcaldes como el de Torrejón (PP),Vigo (PSOE) o Madrid (PP). También mostró su decepción con Isabel Díaz Ayuso y el fracaso de todas las formaciones políticas, incluso a las que había votado (Ciudadanos). Recalcó que jamás ha votado ni votará a Podemos y VOX y pidió refuerzos para todos los sanitarios que han luchado en esta crisis del coronavirus sin los medios necesarios. Ella es diabética, su pareja sanitario, su madre tiene una triste pensión y sus amistades trabajan directa o indirectamente en focos de contagio.

Un discurso de casi 15 minutos en la noche de Telecinco que, aparentemente, tendría que haber sido defendido por cualquier persona con una cierta estabilidad mental y una racionalidad ideológica que le permita criticar cualquier gestión más allá de las siglas políticas. Sin embargo, estabilidad y racionalidad son términos que, visto lo visto hasta el momento, no casan en absoluto con el sanchismo. Oxímoron elevado a su máxima potencia.

Belén Esteban, una de las caras que más apoyo ha suscitado entre parte de la población española (un estudio en 2010 de Sigma Dos otorgaba hasta cinco escaños en el Congreso a la madrileña en caso de crear un partido), perdió su condición de una ciudadana más para convertirse en una cayetana. La muleta de Pedro e Iván Redondo en el plató, Jorge Javier, se lo dijó. Y aprovechó para burlarse de su discurso, pedir que todos hablaran solo de lo que sabían (pese a que el presentador escribió en Lecturas un artículo criticando a Díaz Ayuso) y santificar la figura de Fernando Simón pese a las contradicciones de sus ruedas de prensa o los miles de muertos sin cuantificar.

Jorge Javier estalló, la pidió que se callara y abandonó el plató. El relato iba a ser el suyo o se acababa el programa. Sanchismo en estado puro que recordaba al mantra de «o votáis el Estado de Alarma o seréis culpables de un desastre en España». Las redes, espejo de lo que sucedía en plató, multiplicaron por miles los dos discursos: el que mantenía a Belén Esteban como princesa del pueblo y el que la transformaba en madre de cayetanas.

Sálvame puede ser un programa cutre, entretenido o simple telebasura. El ADN del formato ya lo establece el telespectador como crea conveniente. Pero ha sido la cobaya idónea para analizar la España de hoy en términos políticos. La monserga del Gobierno, por muchas idas y venidas, debe ser respaldada en todo momento e incluso fomentada. Y el que se atreva a disentir, deberá bajar tres peldaños para no arrebatarle la superioridad moral que siempre se ha otorgado el sector de la izquierda (ahora dividido entre PSOE y Podemos). El carisma no depende de las acciones, sino de la ideología. Y el clasismo contra el que siempre ha luchado el progresismo, es ahora la excusa para desacreditar a una frente al otro.

Al fin y al cabo, el sufrimiento será de Sánchez o no será. Pero no hay nada que temer: «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado».

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