La colección Schøyen, el conjunto privado de manuscritos más grande del planeta, conserva documentos que abarcan 5000 años de historia. En uno de ellos, una tablilla de arcilla de hace 4400 años, aparece una recopilación de los dioses sumerios: Enlil, Ninlil, Enki, Nergal, Inanna-Zabalam, Nanna… Hace más de cuatro milenios lo fueron todo. En su nombre, en su verdad revelada, se legisló, se vivió, se murió… y hoy no son nada. Así sucedió también con el mitraísmo, el maniqueísmo, la religión egipcia y tantas otras cuyos dogmas se esfumaron tras levantar templos, provocar guerras, promulgar leyes y, por supuesto, asegurar la sumisión de los creyentes.

 

Cientos de religiones han surgido y desaparecido a lo largo de los siglos pero, más allá de ellas, el comportamiento religioso aplicado a cuestiones cotidianas es una constante de la humanidad.

Se trata de pseudoteologías, unas posturas vitales, de carácter populista, caracterizadas porque medran y se expanden pese a que se demuestre la falsedad de la idea primigenia. En esta disposición encontramos viejos sistemas, como el terraplanismo o el racismo, y creencias recientes, como la teoría QAnon. Como sea, comparten el rasgo común de una fe ciega en los principios fundacionales y un rechazo, más o menos violento, hacia todo lo que los cuestione.

Con el acceso generalizado a la Red de redes, y la facilidad para diseminar ideas que acarrea, bulos y medias verdades han tomado carta de naturaleza y, si bien muchos son apenas flor de un día, otros se asientan y propalan con carácter epidémico. Especialmente cuando ciertas camarillas políticas o personas relevantes se posicionan a favor del infundio. Ahí tenemos el ejemplo de la ultraderecha española o polaca dando aire a los movimientos homófobos y justificando agresiones como las terapias de conversión.

Una de las más recientes de estas pseudorreligiones es el negacionismo de la Covid-19, corriente que considera que la enfermedad infecciosa causada por el virus SARS-CoV-2 y la actual pandemia no son reales o, en todo caso, que su gravedad no es elevada. Un movimiento que cuenta con ideólogos destacados (de Jair Bolsonaro a Miguel Bosé) que actúan como antena difusora de la «verdad».

El colapso sanitario, las filas de ataúdes esperando la incineración, los miles de personas boqueando mientras intentan respirar, no es algo a considerar por ellos. El dogma central dice que no es verdad y lo demás resbala sobre una impermeable envoltura doctrinal.

Cambio climático, coronavirus, holocausto… las materias son múltiples, pero siempre el creyente las vive como cuestión de fe y, homo fidelis, rechaza toda evidencia que no concuerde con sus convicciones.

Preciso retrato de este comportamiento es No mires arriba, el filme que examina reacciones sociales ante el descubrimiento de un enorme cometa en rumbo de colisión directa con la Tierra.

Con independencia de sus valores artísticos, la película no solo es un cuadro costumbrista de esta sociedad, cada vez más aborregada, sino también un retrato cabal de la casta política. De ahí que resulte imposible no establecer correlaciones entre la peliculera presidenta Janie Orlean y nuestras políticas y políticos. Y todas y todos son Orlean. Todos retuercen la realidad para volverla útil a sus aspiraciones de poder; todos prometen una cosa y su contraria sin que se les altere el maquillaje; todos aventan consignas para manipular a sus seguidores; todos usan los medios como orejeras mulares para que los fieles sigan, sin dudar, el camino marcado.

«Para ser creyente no conviene pensar mucho», dice Vargas Llosa, y eso resume la actitud mental de muchos de nuestros coetáneos, dispuestos a aceptar cada nueva revelación del líder, sea carnal o habitante del metaverso, como la única fe verdadera.

En unos casos será el rechazo a los derechos de las personas trans, en otros la refutación de la violencia machista, el lugar de la lengua vernácula, la oposición a la gestación subrogada o lo verde de las centrales nucleares. Cualquier tema es susceptible de ser teologizado y, negando la mayor, configurar un credo en torno a una nueva verdad. Un credo que impida que se reflexione, que se escuchen otras voces, que se curiosee en la dirección prohibida.

Un credo que impida que levantemos la vista, no sea que, al mirar, descubramos que en verdad el cometa se dirige, justo, al centro de nuestros ojos.